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Martes, 11 de Diciembre 2018

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Carmen Villoro

Por: Maya Navarro de Lemus

Carmen Villoro

Carmen Villoro

Siendo niña me gustaba perderme entre las páginas amarillentas de la revista Billiken para disfrutar su tira cómica “La familia Conejín”. El libro de oro de los niños era una publicación española de 8 volúmenes ilustrados: de esa fuente bebí las palabras y las imágenes que se convirtieron en mis propios sueños. Mis tardes infantiles transcurrieron en el Centro de Teatro Infantil del INBA, una vieja casona de la colonia Roma en la Ciudad de México; tardes en las que se fue construyendo al interior de mí la inclinación por la literatura y la pasión por las artes. Recuerdo especialmente el taller de don Pepe Díaz, el titiritero, aquel cuarto lleno de moldes de yeso, muñecos a medio construir, escenografías en miniatura y ropita de una hechura perfecta, y cómo cobraban vida esos pequeños personajes los domingos por la mañana en el patio de la casona. Salíamos a las calles de la colonia, disfrazados con enormes cabezas de cartón, zancos y cacerolas, para invitar a las familias a sumarse al desfile y terminar el recorrido en ese patio donde nos  sentábamos en el suelo a esperar la función. Luego estaban las clases de teatro con María del Carmen Farías con la que pusimos en escena “El nuevo traje del emperador” y muchas otras. Recuerdo el taller de pintura con latas enormes de colores donde podíamos meter las manos a nuestro antojo para después plasmarlas en papeles revolución clavados en la pared. Los fines de semana, era todo un acontecimiento viajar en una Combi, en compañía de mimos, payasos y actores, con un enorme magnavoz en el techo por el que se anunciaba el espectáculo mientras transitábamos por las callecitas del pueblo.

Estuve a punto de reprobar tercero y cuarto de primaria y los salvé ganándome el aprecio de mi maestra de español, la señorita Mejía, ya que me convertí en la recitadora oficial de poemas en las fiestas patrias. De la primaria en el Colegio Alemán guardo en el corazón las deliciosas clases de música con la Tante Dorita cuyo piano aún resuena en mis recuerdos, y la pasión por la conjugación de verbos que el profesor Carrillo me enseñó como si se tratara de un deporte olímpico.

En la adolescencia, formé con otros jóvenes una pequeña y romántica compañía de teatro. Mi profe de español, en la prepa, transmitía con tal entusiasmo su amor por la literatura que la contagiaba. Aún guardo mi cuaderno de apuntes de su clase. Algunos jóvenes de mi generación llegamos a la poesía por medio de la música. Juan Manuel Serrat y Paco Ibáñez nos acercaron a los poetas españoles.

En la preparatoria del Colegio Madrid se afirmó mi pasión. La maestra Margarita nos contaba el inicio de un cuento de Cortázar y los alumnos teníamos que escribir la continuación. Leímos también a Fuentes, a Arreola, a Borges.

A los 17 años asistí por un año al taller de poesía de Juan Bañuelos, en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y descubrí que la magia tiene una forma y el encantamiento una estructura. A los 25 años gané un concurso de poesía, entré al taller de Vicente Quirarte y sellé mi compromiso con este arte para siempre. Llegué a vivir a Guadalajara a los 26 años -hace ya 34- ciudad en la que habían vivido mis padres en el inicio de su matrimonio y en la que yo había sido concebida. Cuando llegué a esta ciudad hice contacto con el poeta Jorge Esquinca, quien me acercó al mundo literario de Guadalajara. En estos años he aprendido mucho de colegas de mi generación y de muchos jóvenes. Con los años pasé de ser una típica chilanga a una clásica jalisciense, ya que la Secretaría de Cultura de Jalisco publicó mi obra en su colección Clásicos Jaliscienses, y me otorgaron el Premio Jalisco 2016, mi carta de naturalización.

A mis 60 años miro a mis hijos florecer como buenas personas; Mariana es poeta y Federico artista visual, y en un rincón de mi mundo interno, un títere juguetón me guiña el ojo.
 

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