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Miércoles, 14 de Noviembre 2018

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Anidando en la nada

Por: Rosa Montero

Anidando en la nada

Anidando en la nada

Cada vez que paso cerca de los sin techo de mi barrio me asombro una vez más del increíble azar de nuestras vidas, de la suerte que he tenido.

Me gusta el frío, pero cada vez que irrumpe en Madrid el duro invierno no puedo dejar de pensar en los vecinos sin techo con los que comparto la ciudad. En mi barrio hay bastantes; la mayoría llevan muchos años aquí y me son familiares. Duermen en los mismos rincones cada noche y se mueven siempre en el mismo triángulo de la calle; si hay sol, en el banquito; si el frío arrecia o llueve, en las escaleras del metro, junto a las puertas, un lugar que proporciona cierto cobijo y el rebufo de calor del subterráneo. Con conmovedor empecinamiento, el 89% de los sin techo españoles (y probablemente de todo el mundo: los humanos tenemos tendencia al enraizamiento) fijan su residencia, por así decirlo, en un lugar concreto de la acera y de la ciudad. Es decir, hacen un nido de la nada. Y estoy segura de que, al despedirse de otros como ellos para irse a acostar al barullo de mantas y cartones que han dejado en un quicio, más de uno dirá: me voy a casa.

A los míos, ya lo he dicho, los conozco. Nos saludamos, en ocasiones charlamos. Hay una mujer en especial que es un encanto. Parece muy mayor, pero seguramente es mucho más joven que yo. La esperanza de vida de los sin techo es 30 años menor que la media española, y la tasa de mortalidad, entre tres y cuatro veces superior (los datos son de la asociación Aires). El año pasado esta mujer desapareció durante varios días. El atado de sus pertenencias seguía en su lugar, pero ella no estaba; temí que hubiera muerto, que hubiera sufrido algún percance; el 42% de los sin techo de Madrid han sido víctimas de alguna agresión, según un estudio que hizo el Ayuntamiento el año pasado.

Pero al cabo de un par de semanas mi vecina reapareció y retomó sus rutinas, como golondrina que regresa. Cada vez que paso cerca de ellos me asombro una vez más del increíble azar de nuestras vidas, de la suerte que he tenido de ser quien soy, de que ese conjunto efímero e indescifrable de casualidades que es mi identidad, de que no haya ido a caer en un destino tan duro como el de estos vecinos (y en el mundo hay vidas aún mucho peores). Quiero decir que mi existencia y la de cualquiera de nosotros podrían haber sido así. Hay una novela sobrecogedora, la primera que escribió Enrique de Hériz, que se titula El día menos pensado (Edhasa) y que cuenta la historia de un arquitecto que acaba viviendo a la intemperie a causa de un suceso catastrófico. Me impresionó el relato; aún recuerdo una escena tremenda en la que el protagonista se orina encima y esa húmeda tibieza le consuela momentáneamente del espantoso frío. ¡Y con qué facilidad terminaba sin hogar! La perdición nos ronda a todos con taimado paso de fieltro.

Casi todos mis vecinos sin techo están alcoholizados. Sin embargo, tanto el estudio del Ayuntamiento como la asociación Aires señalan que el alcoholismo es mínimo: un 7,6% en Madrid, un 4,1% en la media española según Aires. Es probable que en mi barrio haya más incidencia: hay un local de ayuda a alcohólicos en las proximidades. Pero también creo que en esto las encuestas no son del todo fiables, porque dependen de la propia valoración de los afectados. Por otra parte, el alcoholismo es una enfermedad; y no sólo puede ser la causa de vivir en la calle, sino también una consecuencia.
En cualquier caso, de lo que no cabe duda es de que la mayoría están en esa situación por falta de trabajo, por falta de dinero, porque la desgracia se cebó con ellos, en la línea del protagonista de la novela. Según el Ayuntamiento, el 58,9% poseen estudios superiores. Y les tenemos olvidados: están ante nuestras narices, pero no los vemos.

La asociación Aires, creada en 2015, intenta acercarse al problema no para paliarlo con centros de acogida provisionales, sino proporcionando apoyo y un alojamiento individual permanente y digno. Es decir, sacándoles de la calle y devolviéndoles la oportunidad de poseer una auténtica vida. En especial tienen un proyecto, La Morada, dirigido a mujeres (un 20% de los sin techo y creciendo) porque es un colectivo mucho más vulnerable. Recuerda que podrías haber sido tú y no cierres los ojos. Y entra en airesasociacion.org: necesitan voluntarios, dinero, de todo.

© ROSA MONTERO / EDICIONES EL PAÍS, SL. 2018.
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