Enrique Alfaro luce muy cómodo cuando le preguntan qué ha hecho bien como gobernante y sus planes para hacerlo mejor. Le gusta el elogio velado y los centros a modo para rematar tiritos a gol desde el micrófono. Es un gobernante, como todo político, ávido de ovación y gloria. Eso también lo hace muy transparente: político en edad de merecer, 48 años, busca votante recatado y en contra del centralismo de AMLO. Absoluta discreción. Eso leeríamos si se promoviera en el Aviso de Ocasión. En días recientes, en un par de entrevistas uno a uno, Alfaro mostró las cartas con las que jugará su futuro político. No me interesa tanto especular si le alcanza para convertirse en presidenciable en 2024 como desarmar su discurso de candidateable. La refundación no fue ni será, pero Alfaro antepone la gestión de la pandemia como el gran logro de su gobierno: primer estado en suspender clases y eventos masivos. Uso obligatorio de cubrebocas. Oposición a López-Gattel y bajas tasas de mortalidad. Su popularidad creció durante la crisis sanitaria de 28% a 51% de aprobación, según Mitofsky. La pandemia lo recolocó en la escena política cuando iba en picada. Otros «ases» que esgrime Alfaro (siempre que su interlocutor no lo cuestione): su resistencia a adherirse al Insabi, la conclusión del Peribús y lo que él asume como una transformación del modelo de transporte. Y sobre todo, en el rubro de seguridad, el mandatario insiste en que redujo a la mitad la incidencia delictiva. No obstante, a diferencia de 2012 o 2018, el gobernador arrastra nuevos negativos, el principal, lo que llamo su proceso de «obradorización» al victimizarse, descalificar a la prensa crítica y confrontar a víctimas y colectivos de la sociedad civil. En un nuevo episodio de intolerancia, ayer el mandatario insinuó que detrás de algunos grupos de familias que buscan a sus desaparecidos hay «otro tipo de agendas o de intereses». Parece que Alfaro se siente más cómodo al hablar de números que de personas o víctimas. En su última entrevista en Casa Jalisco, Alfaro aseguró que, a diferencia de AMLO, él no gobierna desde el discurso sino desde la realidad: «Siento que perdió contacto con la realidad porque ese es el riesgo en el gobierno, que tu equipo, que tus circunstancias, te alejen y creen una burbuja». Las palabras, en política, a veces son como un búmeran. De cara a 2024, podemos decir: adiós al gobernador de las promesas pendientes para Jalisco. Se alista el candidato de las promesas nada más, lo que mejor le sale a la clase política. P.D. Mañana, los pendientes de Alfaro.