Sábado, 01 de Octubre 2022
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A manera de purga

Por: Augusto Chacón

A manera de purga

A manera de purga

Lo que a continuación leerán incurre en la culpa de la generalización que se desentiende de los matices. Por el abuso que entraña, tómese como mero ejercicio mental, similar, pero en sentido contrario, al que practican, y tiene consecuencias concretas, quienes se ofrecen para gobernar y para el servicio público: contentarse con generalizaciones políticas, morales, económicas, convenientes nomás para quien generaliza. Asidos a E.M. Cioran: “¿cómo hemos llegado a este punto (…) a las puertas de una realidad que sólo el sarcasmo hace tolerable?”; señoras, señores gobernantes, funcionarios, servidores públicos, acepten unas cuantas preguntas que, para su alivio, no necesitan respuesta: 

Si los medios de comunicación desaparecieran súbitamente, como deseo de los que solían conceder los genios legendarios ¿harían un mejor trabajo, serían mejores personas, profesionales eficientes y eficaces?

Si dejaran de colocar en estancos ideológicos, jurídicos y morales (según su propia noción de la ley y de la moral) a quienes no concuerdan con ustedes, digamos, si se abstuvieran de etiquetar con facilismos del tipo: nuestros adversarios; los conservadores; los traidores a la patria; aquellos que quieren que le vaya mal, o de plano no quieren a su estado; los de antes que en cuanto dejaron el poder -y un cochinero- se les notó la tara mayúscula que padecían: no ser como ustedes (aunque fueran del mismo partido). 

Si se les permitiera hacer exactamente lo que quieren y del modo que se les pegue la gana (que de por sí), sin tener que sortear escollos puestos nomás para molestarlos, como la transparencia, la obligación de rendir cuentas, el respeto a los derechos humanos, además sin los timoratos contrapesos estipulados por la Constitución: el Congreso, el Poder Judicial y el Ejecutivo (según corresponda), en breve: sin tener que dar explicaciones ¿sus gestiones serían recordadas por los buenos efectos que la gente obtuvo de ellas? 

Y ya mencionada la gente, si ésta dejara de exigir que “papá gobierno” haga lo que es su obligación, resolver las broncas de salud (que haya medicinas en los servicios de seguridad social), asegurarse de que la educación pública sea de buena calidad, hacer que las personas se sientan seguras hasta en los cajeros automáticos. En fin, si la población se conformara con lo que el gobierno ofrece, tal como lo ofrece, al evaluar el resultado de su trabajo ¿se afirmaría que hubo progreso social, desarrollo económico, igualdad y justicia?

Si la gente renegara de la realidad en la que ciertamente vive, por aquella que ustedes pergeñan en moldes discursivos y con adornos de su estadística particular… más sencillamente: imaginen que buena parte de la población, en un arranque de generosidad hacia sus autoridades, e impelida por el súbito desprendimiento de atavismos (como las ganas de no pasar hambre o de acumular días y noches sin la zozobra de la inseguridad) exclamara: el presidente (el gobernador o el alcalde) tiene razón, estamos muy bien, como nunca se había visto ¿en verdad cambiaría la vida objetiva de las personas, en automático se tornarían felices y sus tribulaciones, las que sean, serían sustancialmente menores?

Y si a las condicionales anteriores añadiéramos la oferta de dejarlos solos, solas, solísimos; quitarles de encima la monserga de simular que piensan en las niñas, los niños, los adolescentes, las mujeres y hombres, en sus necesidades y anhelos. El país, los estados, los municipios, nomás con ustedes, sus allegados y con el erario rebosante por quién sabe cuáles pases mágicos (así son las historias que hay que contar para digerir las complejidades de la convivencia y las que ustedes de por sí crean). Pero si además de su entorno, el diseñado y creado por ustedes, desaparecieran los sujetos -los hay- que sostienen que viene bien decirles la verdad, y se las dicen, los que intentan hacerlos mirar hacia paisaje en los que ustedes habitualmente no reparan, y permanecieran únicamente aquellas, aquellos que conforman la corte de los abyectos, esa que tiene la más alta influencia en sus modos y en las decisiones que afectan a todos. ¿Se volverían gobernantes estupendos, autoridades íntegras?

El secretario de Gobernación, Adán Augusto López, expuso hace unos días, en una frase, la esencia del arte de gobernar que ha primado: él no confía en las madres que buscan hijas, hijos desparecidos, es decir: no tiene idea de lo que ha de hacer en el cargo que aceptó. Sin remilgos ante la posibilidad de que paguen justos por pecadores (al cabo, los primeros no son suficientes para redimir a los segundos) y porque quedó advertido al inicio: sin matices, contestar a la pregunta que cierra el párrafo previo es fácil: no, ni eso, ni el hecho imposible de regir para nadie los haría competentes. Se las ingeniarían para no llegar a serlo, para regarla; es una pulsión que se adquiere en cuanto cualquiera desea un puesto de elección popular y que es susceptible de ser transmitida a los secuaces en el dizque servicio público. Entre ustedes mismos se harían trampa, expugnarían a sus colegas lo expugnable, falsearían, nomás porque sí, para ninguno, los datos, y de todos modos fallarían. Ese país imaginario, sin gente, sin instituciones, sin sociedad, sin más que ustedes y su legalidad, sería lo que ya va siendo merced a la intervención de la no imaginaria clase política mexicana: ingobernable.

agustino20@gmail.com
 

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