Hace unos días tuve un sueño de lo más extraño. Llegaba yo a una agencia Alfa Romeo y empezaba a ver los autos que me encantan de la marca italiana. Había un precioso Giulia color blanco. Luego, un Stelvio Quadrifoglio Vulcano Black Metallic. Por último, mi favorita estética, la Tonale, pintada en lo que la marca llama Alfa White. Todos me gustaban, pero aun así pregunté al vendedor qué otros colores estaban disponibles. Con el rostro absolutamente sorprendido, él me miró con cara de quien se preguntaba a sí mismo de qué estaba hablando yo. Como seguía sin decir nada, pese a que insistí en la pregunta, me puse a mirar alrededor y percibí que la agencia tenía el piso y el techo negros, con las paredes blancas. El sofá y los sillones, modernos y atrevidos como el diseño de origen italiano, eran inmaculadamente blancos. El vendedor estaba vestido de negro. Yo, de pantalón negro y camisa blanca. Mi cerebro no procesaba la información que mis ojos le mandaban. Volteé hacia afuera de la agencia y los árboles eran de troncos negros con hojas blancas, con algunos al revés y otros más monocromáticos. Pero los autos, las casas, los edificios, el asfalto, todo era blanco o negro. Y no era como ver una película en blanco y negro, porque no había grises. Por fortuna, me desperté antes de volverme loco. Pero me puse a pensar que el mundo, de alguna manera, está cada vez más parecido a ese sueño.En la vida real, el color blanco es el favorito de muchos, mío incluso. Es un color más fácil de mantener: la suciedad y los rayones se le notan menos, refleja más la luz en lugar de absorberla como los colores oscuros, y esa suma de virtudes lo hace tener mejor reventa. El negro es todo lo opuesto. Cuando alguien se decide por un auto de ese color, lo hace por estética o porque no había otra opción. Cuando están impecables, son muy bonitos; lo difícil es que estén impecables. Pese a lo complicado de convivir con él, el negro es el segundo color preferido, con 22% de las personas eligiéndolo como su favorito, solo por debajo del blanco, con el porcentaje ya mencionado en el título de esta columna. Es decir, 56% de las personas están en esos extremos y, sí, son mayoría, pero no son todos. El tema es que, socialmente, estamos transformando preferencias contrarias en enemistades. Muchos actúan como si el que no piensa como él no es alguien que tiene un gusto distinto, pero respetable: es su enemigo. En el mundo de los autos, es comprensible que, después de la Segunda Guerra Mundial, los judíos no quisieran comprar un auto alemán, por mejor que esos fueran. Pero no veo justificación para dividir al mundo entre “chairos” y “fifis”, así como no me parece inteligente imaginar que todos los autos alemanes tienen gran desempeño o son tecnológicamente superiores, aunque hace 30 años el promedio de la industria mostrara que así era. En la década de los 90, obviamente en el siglo pasado, los estadounidenses aún eran las marcas de mayor venta en el mundo, con General Motors en primero, Ford en segundo y Chrysler en tercero, lo que significa que había mucha gente a la que le gustaban sus autos, que eran las marcas con mayor número de fábricas y de distribuidores y que había mucho menos opciones en el mercado, no solo de Estados Unidos, sino global. Muchos han quedado con las verdades de entonces, sin entender o sin aceptar que las cosas cambian, aunque es también verdad que la mayoría entendió y aceptó que los japoneses son hoy los que fabrican los autos con la mejor fiabilidad. Poco a poco también están aceptando la calidad y fiabilidad de los vehículos coreanos y, eventualmente, esto deberá pasar con los chinos. Ya veremos.Lo que no puedo aceptar es que los dueños de autos blancos piensen que es normal querer chocar contra los de autos negros por odio y viceversa. Porque es tan válido estar de un lado como del otro, bien como también lo es abrir la puerta de la cochera, como lo hice hoy por la mañana, solo para ver ahí, estacionada, una hermosa Alfa Romeo Tonale Ti pintada en azul Misano, que seguramente hará que mi 2026 sea más divertido y bonito. Ojalá para todos sea también así. Y mucho menos radical.