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Sábado, 15 de Diciembre 2018

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* Autocrítica

Por: Jaime García Elías

* Autocrítica

* Autocrítica

En lo que se disputan las batallas decisivas de la guerra por el campeonato del Torneo Apertura 2018; antes de que se extingan los ecos de los bochornosos sucesos que impidieron la celebración del partido River Plate-Boca Juniors, el sábado pasado en Buenos Aires, sería recomendable, aunque sólo sea para no quedarse fuera de la jugada, pero también como ejercicio de pizarrón, para calcular en qué medida en México cojeamos de la misma pata, repasar el parlamento del periodista Martín Liberman, ampliamente difundido  ayer en muchos medios de comunicación y fácilmente accesible, a través de internet (#LIBERMANENLINEA), para los interesados.

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En algunas de las frases más duras, de los más de 12 minutos del monólogo, Liberman deplora “que vivamos en este país de porquería”; reprocha que muchos traten de salvarse, aduciendo que los desadaptados y antisociales “hinchas” del River que apedrearon el autobús de Boca, lesionaron a varios jugadores y ocasionaron la cancelación del partido, “son unos cuantos” o “son los menos”; señala que los agresores fueron cientos en las calles, y quizá miles en el estadio los barbajanes que generaron un clima de hostilidad y linchamiento; apunta que muchos profesionistas -abogados, médicos, arquitectos…- de comportamiento irreprochable como tales, en cuanto se ponen la camiseta de su equipo predilecto y van al estadio, se transforman: corean consignas amenazantes (“¡los vamos a matar…!”) o injuriosas; que esas actitudes las asumen sistemáticamente adultos de 70, e inducen a imitarlas a niños de tres años; asevera que la tendencia a ser “ventajistas” es la regla generalizada; que “somos una sociedad intolerante, ignorante, bruta, salvaje, violenta, donde todo el tiempo queremos sacar ventaja”. En fin…
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Se dirá, por supuesto, que no procede generalizar; que aunque muchos ciudadanos, sean o no aficionados al futbol, encajan perfectamente en ese patrón, hay, ciertamente, quienes, incluso en el rol de “hinchas”, saben comportarse como corresponde a las personas civilizadas, educadas, respetuosas de sus semejantes.

En cualquier caso, no estaría de más, como se apuntó al principio, hacer un examen de conciencia y tratar de determinar hasta qué punto el afán de imitar, de manera acrítica, modelos importados de países en que el futbol como fenómeno social ha tenido mayor evolución que en México (Argentina y Brasil, muy particularmente), nos permite, viéndonos en el espejo, advertir cierto preocupante parecido con el retrato hablado, bosquejado por Liberman en ese honesto, apasionado (y oportuno) soliloquio.

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