Domingo, 18 de Abril 2021

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- Tradiciones

Por: Jaime García Elías

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Cuando Homero Simpson acuño -ya ha llovido desde entonces, por cierto- el aforismo de que “Las tradiciones son para romperse”, nadie, ni en la peor de sus pesadillas, se imaginaba que llegarían tiempos ni siquiera contemplados por San Juan en el Apocalipsis, en que aparecería en escena el monstruo invisible y con demasiada frecuencia letal del COVID-19 para hacerlo efectivo.

Es probable -y deseable, además- que se den las condiciones para que muchos hábitos que debieron abandonarse y muchas tradiciones que por ese motivo debieron interrumpirse, puedan reanudarse. Por lo pronto, el catálogo de las que se alteraron se hace cada día más nutrido.

-II-

Ahora mismo, en plena Semana Santa, por más que se busquen resquicios para eludir la amenaza latente y aprovechar el asueto para acudir a playas, balnearios y demás destinos vacacionales (tradiciones que muchas familias habían mantenido a lo largo de varias generaciones), es inevitable recordar que desde el año pasado las autoridades civiles y religiosas, de común acuerdo, conscientes de que era imperativo salvaguardar el bien superior de la salud y la vida, tomaron decisiones “dolorosas pero necesarias”. Entre ellas, cancelar tanto celebraciones en iglesias como dramatizaciones en calles, plazas y demás espacios públicos, de los pasajes que por estas fechas conmemoran los creyentes.

En ese aspecto, por cierto, ya las tradiciones se venían modificando desde que el Concilio Ecuménico Vaticano II, a partir de 1965, atenuó prácticas penitenciales aún vigentes hasta mediado el siglo pasado, como el ayuno y la abstinencia de carnes, obligatorias durante la cuaresma. La secularización de las costumbres -signo de los tiempos, por lo demás- alejó a mucha gente de las prácticas piadosas (los espectaculares sermones de monseñor José Ruiz Medrano en Catedral, por ejemplo) y la inclinó a la búsqueda de opciones para el descanso y la recreación.

-III-

Hubo otras tradiciones, a la mitad del camino entre lo religioso y lo profano, probablemente más folklóricas que devotas, que prevalecieron. Una de ellas -más difundida y arraigada en Guadalajara y sus alrededores que en otras ciudades del país, por cierto-, “La Visita de las Siete Casas” (o siete iglesias), principalmente en la Catedral e iglesias vecinas (La Merced, El Carmen, San Agustín, Santa María de Gracia, San Francisco, Aranzazú, San José, San Felipe, etc.)..., con las correspondientes escalas técnicas para cumplir -¡religiosamente, desde luego…!- con el sacrosanto precepto de que en estas fechas “obliga comer empanadas y no se puede trabajar”.
 

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