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Viernes, 24 de Noviembre 2017

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- “Espectaculares”

- “Espectaculares”

- “Espectaculares”

“Después del niño aplastado… a retirar el ‘espectacular’”.

Se trata, en efecto, de una paráfrasis grosera, garrapateada para actualizar la recriminación implícita en el viejo adagio: “Después del niño ahogado… a tapar el pozo”.

-II-

El tema se ha tocado ocasionalmente, conforme ha habido denuncias en los medios acerca de los efectos perniciosos de los “espectaculares”. Se da esa denominación, convirtiendo en sustantivo lo que gramaticalmente sigue siendo un adjetivo, a los anuncios de gran formato instalados en la vía pública. Signo de estos tiempos, en que el consumismo pareciera ser la ley suprema, los dichosos “espectaculares” mostraron su lado más negativo en ocasión de los sismos del mes pasado en la Ciudad de México. En el recuento de las víctimas se concluyó que tres edificios que soportaban sendos “espectaculares” –cuyo peso fluctuaba entre cuatro y 10 toneladas–, se derrumbaron y ocasionaron la muerte de 33 personas.

No se pretende que los anuncios hayan sido la causa directa y única de la tragedia. Sin embargo, su presencia, sumada al terremoto, dio, en la suma total, las funestas consecuencias consignadas. Puesto que se les considera potencialmente peligrosos, porque pudieran desprenderse o desplomarse, en la capital del país están expresamente prohibidos desde hace siete años. Sin embargo, existen merced a los subterfugios legaloides –vulgo  “huisachadas” – de sus propietarios o concesionarios para burlar esa prohibición.

-III-

Independientemente del grave riesgo que para la vida y la integridad física de las personas representan, lo mismo porque un sismo puede hacer que se desplomen que un ventarrón puede desprenderlos, la presencia de los “espectaculares” ha sido cuestionada por dos motivos: uno, de orden estético; otro, de orden práctico…

En el primero, es evidente que se trata de elementos contaminantes, visualmente agresivos, que de ordinario afean el entorno y que en ningún caso –salvo prueba en contrario– lo embellecen. Es probable que tenga validez, en ese aspecto, la decisión que en varias ciudades del mundo, incluidas algunas de México –Guanajuato, Zacatecas, Morelia…–, han tomado las autoridades para prohibirlos. Así: definitivamente.

En el segundo, los propios profesionales de la publicidad dudan de su eficacia como agentes encargados de inclinar en tal o cual sentido las preferencias de los consumidores. Hay la teoría de que, lejos de favorecer el producto o servicio que tratan de promover, lo hacen repelente. En el caso de las campañas políticas, en los que su uso se ha vuelto generalizado, se siguen utilizando más por falta de creatividad de los publicistas que por su eficacia probada.

Si es cierto, como luego dicen, que “todo, con medida, es bueno”, los “espectaculares” serían, quizá, por peligrosos y contaminantes, el ejemplo perfecto de la desmesura.

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