Sábado, 23 de Enero 2021
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- Confrontación

Por: Jaime García Elías

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De entrada: no se trata de querer meter la cuchara en el puchero del vecino… pero sí de señalar el riesgo de que sucesos lamentables, trágicos incluso, similares a los del miércoles en Washington, pudieran ocurrir en México, si no como secuela de las elecciones intermedias a celebrarse en julio, sí de las presidenciales de 2014.

Mire usted…

-II-

Hubo consenso en que el asalto del Capitolio en la capital estadounidense fue instigado por el presidente Donald Trump. La explosión, difundida al detalle, en vivo y a todo color, por los medios de comunicación, fue causada por el discurso incendiario de un presidente incapaz de aceptar que, a diferencia de la mayoría de sus predecesores, no consiguió la anuencia del voto popular para reelegirse para un segundo mandato; fue su aseveración, tan obstinada como falaz, de que las elecciones fueron fraudulentas, y él, víctima de un despojo orquestado… Para sus simpatizantes más fanatizados, más radicales, más irracionales, esa teoría peregrina -como lo demostró el hecho de que ningún tribunal estatal diera entrada a las quejas interpuestas- en tono de alarido, fue un llamado a la anarquía, el desbarajuste y la asonada.

-III-

Si allá, al final del día -literalmente- hubo consenso en que el responsable del escándalo y el desgarriate ocurridos en la catedral mundial de la democracia, nada menos, fue un presidente que no supo perder una elección y de antemano había advertido que sólo aceptaría los resultados si le eran propicios, la obligada moraleja de la historia podría aplicarse a situaciones similares que se dan en otras latitudes: en México, por ejemplo, donde cotidiana, sistemáticamente, se alimenta la hoguera de la confrontación entre los críticos y los incondicionales del gobernante en turno.

Si allá la mayoría de las opiniones concuerda en que el gobernante saliente no supo perder, aquí hay preocupantes señales de que el gobernante en turno no supo ganar. Su lenguaje corresponde al del candidato confrontado permanentemente con “adversarios” imaginarios. Sus actitudes no corresponden al mandatario que, por haber ganado de manera legítima las elecciones, debe esforzarse por resolver los problemas colectivos de sus gobernados -seguridad, salud, educación, economía, ahora la pandemia…- y no por salvarse endosando culpas a sus predecesores, ni insistiendo en que quienes no están con él, incondicionalmente, están en su contra.

Ese clima de confrontación propició las atrocidades del ominoso 6 de enero en Washington; un caldo de cultivo similar -abundan los inquietantes indicios de ello- se está confeccionando aquí.

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