Sábado, 17 de Abril 2021

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- “Ateo… gracias a Dios” (y II)

Por: Jaime García Elías

- “Ateo… gracias a Dios” (y II)

- “Ateo… gracias a Dios” (y II)

Si la propia jerarquía eclesiástica admite (“Desde la Fe”, Editorial, I-31-21) que en México “prevalece una práctica religiosa sincera pero insuficiente, apoyada más en las tradiciones que en (…) una convicción que vaya más allá de la mera costumbre”, es probable que al menos una parte del 77.7% de los mexicanos que en el Censo de Población y Vivienda 2020 se declararon católicos, lo sean -como plantea Victoria Camps en el diálogo epistolar con Amelia Valcárcel “Hablemos de Dios” (Ed. Taurus, 2007)- “más por inercia que por convicción”; que bauticen a sus hijos, se casen por la Iglesia, entierren a sus muertos con ritos religiosos, “celebrando de esta forma momentos importantes de la vida, porque no le han sido dadas otras formas de hacerlo o porque le resulta más cómodo seguirlo haciendo como siempre”.

Si esto es verdad, vale una frase de José Antonio Marina (en “Dictamen sobre Dios, Ed. Anagrama, 2001): “Una creencia aceptada por presión social, sin argumentos y sin experiencia, está muy cerca de la superstición”.

-II-

Las sociedades, como las personas, evolucionan. Abandonan creencias conforme adquieren conocimientos. Como dice Michel Onfray (“Tratado de Ateología”, Ed. Anagrama, 2006), “No desprecio a los creyentes (…), pero me parece desolador que prefieran las ficciones tranquilizadoras de los niños a las crueles certidumbres de los adultos. Prefieren la fe que calma a la razón que intranquiliza, aun al precio de un perpetuo infantilismo mental”.

Por otra parte -de nuevo Amelia Valcárcel-, “a diario somos testigos de que la religión divide en lugar de unir”. Alan Wolfe, en un artículo publicado por la revista TheAtlantic.com, señala que “cada surgimiento de una nueva pasión religiosa, ha desestabilizado las leyes establecidas, ha alimentado la intolerancia y ha conducido a la violencia entre los elegidos y los malditos”.

-III-

Así, aunque todas aportan importantes elementos éticos y morales (no matar, no robar, amar al prójimo…), el fundamentalismo que las caracteriza, la convicción de que solo la propia es verdadera y todas las demás son imposturas, ha conducido a sociedades y personas, en ese aspecto, a pensar que es posible y deseable una ética laica, al margen y por encima de las religiones.

En eso, básicamente, consiste el secularismo -“creciente e imparable”, como lo califica Fernando de Orbaneja (“Lo que Oculta la Iglesia. El Credo a Examen”; Ed. Espasa Calpe, 2004)- al que la propia jerarquía eclesiástica atribuye, en buena medida, la tendencia decreciente del número de feligreses.

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