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Miércoles, 21 de Noviembre 2018

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- “¡Ah, raza…!”

Por: Jaime García Elías

- “¡Ah, raza…!”

- “¡Ah, raza…!”

Seguramente no es Guadalajara (y anexas) la única ciudad de México en que la proclividad al vandalismo -por definición, “espíritu de destrucción que no respeta nada”- de  muchos de sus habitantes, es notoria. Sin embargo, sería necio pretender que se hicieran los estudios de campo comparativos, entre cien o doscientas ciudades del país, para tener, al cabo, el muy discutible consuelo de que -pongamos por caso- Guadalajara y los tapatíos se encuentran apenas en el décimo o en el vigésimo lugar en ese rubro, y de que en México podría haber decenas de ciudades más dañadas por sus habitantes y más descuidadas por sus gobernantes.

-II-

Que haya ciudades y ciudadanos peores, como seguramente los hay, en otras latitudes, de ninguna manera justifica que aquí se hayan vuelto cotidianas, situaciones a todas luces reprobables…

Botones de muestra: así como se reportaba (EL INFORMADOR, XI-5-18) que el Ayuntamiento de Guadalajara “debe reponer un promedio de 15 papeleras de basura” cada mes en el Centro Histórico de la ciudad, “por daños que éstas sufren, principalmente por vandalismo”, situaciones similares se han vuelto recurrentes. Entre las relativamente recientes se cuenta el robo de una de las águilas del monumento a Ramón Corona en la Calzada Independencia, el robo de uno de los “niños miones” en una fuente de la Plaza Tapatía, el robo de letras de los pedestales de estatuas, el robo de la espada del “Amo” Torres en la plazoleta del Mercado Corona, el robo de algunos elementos de metal que circundan el monumento a Juárez en la Plaza del mismo nombre, el robo sistemático de tapas de alcantarilla y cables subterráneos del sistema de alumbrado público… y hasta el robo -reiterativo, además- de la cola del elefante emblemático del Centro Magno.

-III-

Podrá argumentarse que la gente roba por hambre; que se apodera de objetos metálicos, ornamentales o utilitarios, con la intención de venderlos en las fundidoras y tener algo que llevarse a la boca…

Nada justifica, sin embargo, la negligencia de las autoridades para vigilar con el celo que se requiere, ni la complicidad de las empresas que de manera indiscriminada adquieren piezas ostensiblemente robadas del mobiliario urbano… ni, por supuesto, la falta de civismo de los ladrones al ocasionar daños, no al Gobierno, como podrían suponer, sino a sus conciudadanos, y cuya restitución o reparación implicará desviar recursos que perfectamente podrían destinarse a procurar mejores servicios públicos; es decir, condiciones de mayor bienestar para ellos mismos.

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