Rodrigo Mora se puso a la tarea de imaginar y crear junto a Juan Pablo, y ante la paradoja creativa de lo complicado que puede ser diseñar para uno mismo, que a la vez fuera hermoso pero no necesariamente significativo, así que se dio una pausa, dio un paso hacia atrás y comenzó de nuevo, no para diseñar, sino para solo expresar desde la belleza más profunda.Para Rodrigo y Juan Pablo la luz siempre ha sido un ritual compartido, así que partieron de ahí, trayendo un milagro de lo cotidiano, en un viaje que comienza desde el amanecer hasta la medianoche y el despertar de la fiesta. Un túnel abierto de arcos, colores naranja, la caída del sol, flores, mesas monolíticas, una estructura cúbica y 200 pasteles de cumpleaños individuales, uno para cada invitado, creando una constelación de dulzura. Sólo 80 de ellos llevan una sola flor, que simbolizan los años que han vivido y de los que aún les quedan. De la luz, se pasan a una carpa nocturna es un espacio estrellado lleno de magia.Más que diseño fue presencia, un homenaje al amor, al tiempo y a la belleza de lo fugaz. Un amanecer y un atardecer que no desaparece, solo se transforma. La música también transmitió todo el concepto con Omar Zaher DJ hasta el amanecer.En vez de obsequios, los invitados hicieron una donación especial a Mesón A.C. que salva a los bebés del Sida y atiende a mujeres embarazadas que viven con VIH. MR