Desde que se anunció que Margot Robbie y Jacob Elordi protagonizarían una nueva adaptación de Cumbres Borrascosas, la película cargó con la polémica desde el casting. Quienes han leído a Emily Brontë saben que Cathy suele imaginarse muy distinta -pálida, muy delgada, de cabello oscuro, casi una figura febril a los 18-, mientras que Robbie encarna otra clase de imagen pública: bronceado de verano, aura de “Barbie”, cuerpo de sex symbol.A esa discusión se le suma el famoso efecto “cara de Instagram”: actrices tan intervenidas (o tan pulidas por los estándares actuales) que cuesta creerlas dentro de un mundo de época. No es una crítica moral, sino de verosimilitud: la cara se siente contemporánea, como si el lente fuera un iPhone aunque la historia ocurra en otra centuria.Por si faltara gasolina, también se criticaron las fotos previas por el vestuario: anacronismos evidentes. Emerald Fennell, sin embargo, lo asumió como decisión: prefirió la licencia creativa y lo “interesante” por encima de lo históricamente correcto. Y eso, te guste o no, te coloca frente a una película que no busca recrear el pasado: busca dialogar con el presente.El caso de Heathcliff abre otro debate. Sin entrar en spoilers, la novela sugiere que no es blanco -o, al menos, que es leído como “otro”- y esa otredad atraviesa la manera en que lo tratan: más cerca del trabajador que del heredero. En ese contexto, el casting también se lee como síntoma de una industria que tiende a elegir las caras más bellas y populares para vender mejor la historia… aunque el texto original sea bastante menos “vendible” de lo que se anuncia.Y aquí conviene una advertencia enorme: Cumbres Borrascosas no es una historia de amor. Se comercializa como romance apasionado protagonizado por los crushes del momento, pero lo “apasionado” termina funcionando más como antesala (y montaje) de algo mucho más incómodo. La película no te deja deseando un “felices para siempre”, ni te impulsa a buscar tu propio Heathcliff o tu propia Cathy. A diferencia de otros amores tóxicos disfrazados de romance -Diario de una pasión, por ejemplo-, aquí la obra no se esfuerza por salvar a sus protagonistas: los convierte en antihéroes sin pedir perdón.En el preestreno al que fui, el final dejó la sala en un silencio rarísimo: gente saliendo cabizbaja, sin estar segura de qué sentía. Yo misma salí con la sensación (hiperbólica, sí) de que la película me había cambiado la química del cerebro. Pero justo esas reacciones -sumadas a la polémica, al reparto, a la pasión empaquetada para el tráiler y al vestuario deliberadamente anacrónico- garantizan conversación. Y, de paso, siguen colocando a Fennell en el mapa como una directora de renombre. Y vaya que hacen falta más mujeres ocupando esos puestos. MR