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Domingo, 19 de Mayo 2019

Los animales de “El Charro de Toluquilla”: una fábula de nuestro tiempo

Por: Xitlalitl Rodríguez Mendoza

Los animales de “El Charro de Toluquilla”: una fábula de nuestro tiempo

Los animales de “El Charro de Toluquilla”: una fábula de nuestro tiempo

“A veces ocurre que un mudo animal alce los ojos
y mire, sereno, a través de nosotros.”
Elegías de Duino, Rainer Maria Rilke
(Trad. Uwe Frisch)

El Charro de Toluquilla (José Villalobos, 2016) es un documental que narra la historia de Jaime García, cantante de música ranchera, portador de VIH y padre de la pequeña Analía. Este personaje quijotesco proviene de Toluquilla, Jalisco, un entorno donde lo rural y lo urbano se desdibujan mutuamente para convertirse en un paisaje fabulesco. Es ahí donde El Charro enfrenta una realidad distópica en la que constantemente estará transgrediendo las normas para ganarse un lugar propio.

Este documental —que formó parte de la selección oficial del festival de cine Tribeca, Mejor Largometraje Documental de los festivales de cine de Tirana y Bérgamo, Mejor Director y Mejor Fotografía en el Festival del Moscú y Mejor Documental Iberoamericano y Premio del Público en el FICG—, dialoga de forma directa con la Época de Oro del cine mexicano. Pero, a diferencia de películas como ¡Ay, Jalisco, no te rajes!, donde el personaje principal lucha por vengar la memoria de su padre y mantener su honor a toda costa, el Charro de Toluquilla busca vivir feliz, celebrando el milagro de no haber transmitido VIH a Analía y gozando las bondades del neoliberalismo —el mismo que acabó con el campo mexicano idealizado en las películas mexicanas de época— por medio de la fama y el dinero, según se vaya pudiendo.

La historia de desamor del Charro con Rocío, madre de Analía, se presenta en deslumbrantes secuencias que combinan luces de neón, tolvaneras, juegos mecánicos, helicópteros, caballos en avenidas, policías, música y animales.

Tanto el humor como la ternura, sin duda una gran característica del Charro que nunca se permitieron los personajes interpretados por Jorge Negrete o Pedro Infante, aparece representada por los animales de este conmovedor documental.

Montado en su yegua, la Paloma, y seguido por su perrita, la Galleta, el Charro transita por el puente Matute Remus, como si se tratara de un cuento de hadas y no de una realidad donde debe ganarse la vida como cantante y animador en un restaurant-bar.

Así como en el cuento de los Hermanos Grimm, Los músicos de Bremen, donde un burro, un perro, un gato y un gallo se unen para sobrevivir, en este documental los animales se unen para narrar la historia de Jaime García, y toman su propio lugar en ella.

Al igual que los animalitos, Analía no habla o habla muy poco, al ser acallada constantemente por un mundo de desamor que le resulta incomprensible. Sin embargo, es ella la única que abraza a la Galleta, para resistir una de las innumerables pelas entre sus padres, como si la perrita fuera un refugio, alguien que la acompaña en su sufrimiento, alguien con quien puede dialogar en silencio. En entrevista, el director del documental, José Villalobos (Zapopan, 1983) afirmó que nunca escuchó ladrar a la Galleta.

“La vibra que da convivir con animales da esa naturaleza con la que se desenvuelven sin tomar ninguna decisión, sin hacer algo consciente; es la misma forma que veo en la convicción del Charro: los animales y el Charro tienen eso. No le piden permiso a nadie para ser quien son, para hacer lo que hacen”, añadió.

Más que testigos silentes, los animales del documental son personajes cuyas miradas corresponden a un espacio ulterior a lo que sucede en la pantalla: son la ventana a una experiencia estética desprovista del viciado lenguaje verbal y cuyo código se acerca más a la contemplación y al amor.

Villalobos trabajó en su ópera prima durante seis años y medio, digamos, el tiempo promedio de vida de una ardilla, o el doble que un cuyo (tuvo varios de estos animales como mascotas durante años). Así como desarrolló una cercanía con su protagonista (tan querido por el público por su presteza a tomarse selfies con sus seguidores y su sonrisa perenne), el joven cineasta también creó ciertos lazos con los animales que aparecen en su documental.

“Era alérgico a los miados de caballo. Mientras grababa estaba estornudando todo el tiempo; con la cámara en la mano y estornudando. Había alacranes, me dio dengue, ratas… es un contexto rural suburbano.

“Todas son hembras, había un guajolote macho que me trataba bien feo, me picaba. Era el único macho, que era bravísimo. A veces iba a grabarlo, al puro guajolote. Al final sólo usé una toma de eso. El gallito no. La perrita es mi favorita. Me trataba bien. A veces me seguía hasta mi casa y me la encontraba en la calle y se quedaba toda la mañana. Se quedaba conmigo hasta las 3:00 o 4:00 que se despertaba este güey [el Charro]. Es una perra huérfana, una perra callejera. Es una pastorcita moderna: no cuida a los animales pero está al pendiente de todo; nadie se lo pidió. Es una metiche. Más que leal era metiche”.

Para José Villalobos, los animales son quienes “establecen el tono” del documental. “Aunque haya un drama más humano, los animales presentes nos devuelven a ese tono. Yo también era un animalito, porque yo no intervenía, yo sólo observaba. Los animales y yo éramos como el crew, eran mis cómplices. Y por eso aparecen tanto, eran lo que sentía yo estando ahí presente”.

Aquí traduzco un fragmento que elabora en su libro Le versant animal el escritor francés Jean-Christophe Bailly a propósito de la mirada de los animales: “El mundo de las miradas es el mundo del significado, es decir, de un significado posible, abierto e, incluso, indeterminado. Ante la diferencia que golpea en el discurso, la mirada ofrece una especie de prórroga: lo no formulado es su elemento, su naturaleza. La mirada mira, y en ella se halla el camino del pensamiento, o al menos, de una idea que no se proclama, que no se enuncia del todo, pero que existe y se ve, que está en ese lugar absolutamente extraño y extremadamente ilimitado que es la superficie del ojo. […] Delante de eso que para nosotros no es ni pregunta ni respuesta experimentamos el sentimiento de estar frente a una fuerza desconocida, a la vez suplicante y tranquila que, en efecto, nos atraviesa”.

Para José Villalobos esto no es un secreto: “Hay mucho de los ojos y la dirección a la que miran; eso dice cosas, no sabemos qué pero sí importa dónde están y cómo atestigüen, aunque no podemos interpretarlos realmente, pero algo sucede, algo nos provocan, ponen en un estado de alerta o emocional aunque no se aterrice en palabras”.

El Charro de Toluquilla se proyectará del 25 al 28 de abril en la Sala Guillermo del Toro de la Cineteca, a las 17 y 20 horas.

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