Sábado, 27 de Junio 2026

Un escritor inclasificable (I)

Por: Alonso Solís

Un escritor inclasificable (I)

Un escritor inclasificable (I)

Resulta sintomático el encono que cierta izquierda ha sentido, desde los años setenta hasta hoy, por el poeta y ensayista Octavio Paz (1914-1998). Expresiones como «intelectual del sistema», «pensador de derechas» o «patriarca cultural vendido a Televisa» son habladurías fruto no de la reflexión, sino del prejuicio.

Quien lea Posdata (1970), El ogro filantrópico (1979) o Pequeña crónica de grandes días (1990), comprobará que Paz fue uno de los críticos más penetrantes del sistema político mexicano. Supo unir, además, la crítica política con la acción cívica. En 1968, fue el único funcionario del Estado mexicano que renunció a su cargo (embajador en la India) en protesta por la matanza del 2 de octubre. Con ello demostró no sólo lucidez intelectual, sino coraje cívico y solidaridad profunda con los jóvenes que anhelaban vivir en un país de libertades.

Además de criticar el sistema —si bien se contuvo, hay que decirlo, con Salinas de Gortari—, Paz insistió perspicazmente en «la reforma democrática del régimen» (Posdata, Siglo XXI, p. 74). Lo hizo en una época dominada, desde el discurso oficial priista, por el nacionalismo revolucionario y, desde amplios sectores de la izquierda latinoamericana, por la defensa de la URSS y la fascinación con Cuba.

Paz exigió a contracorriente un modelo de desarrollo que fuera «nuestra propia versión de la modernidad» (p. 14). Un modelo pluralista, pues creía que «sin democracia, el desarrollo económico carece de sentido» (p. 30) y que «sin libertad de crítica y sin pluralidad de opiniones y grupos no hay vida política» —esto es, «vida racional y civilizada» (p. 30)—. Un modelo, por tanto, crítico, pues «sin crítica y, sobre todo, sin autocrítica, no hay posibilidad de cambio» (p. 40).

En resumen, a diferencia de figuras como Emilio Uranga o Roberto Blanco Moheno, Paz no fue un intelectual orgánico del PRI. Fue un demócrata cuya palabra y ejemplo sirvieron de acicate para la transición política mexicana (1977-1997).

Pero aun suponiendo que Paz fuera, ciertamente, «de derecha»: ¿cuál sería el significado real de ello? ¿Merece alguien rechazo sólo por no pertenecer a la izquierda? Lo cierto es que Paz —quien pasó de un juvenil marxismo utopista y revolucionario a un liberalismo complejo: escéptico, romántico y desencantado— escapa a toda etiqueta y maniqueísmo dogmático. 

Fustigador implacable del «socialismo autoritario», el autor de Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe (1982) defendió, sin embargo, la necesidad de conciliar la herencia socialista de igualdad y justicia con el ideal democrático de convivencia pacífica y la tradición liberal de pensamiento crítico e ilustrado: conciliación humanista que sería absurdo llamar «neoliberal».

En Itinerario (1993), Paz sostiene que el liberalismo y el socialismo «[h]an sido los grandes interlocutores de los siglos XIX y XX y tal vez ha llegado la hora de una síntesis. Ambos son irrenunciables y están presentes en el nacimiento de la Edad Moderna: uno encarna la aspiración hacia la libertad y el otro hacia la igualdad. El puente entre ellas es la fraternidad, herencia cristiana, al menos para nosotros, hijos de Occidente» (Sueño en libertad. Escritos políticos, Seix Barral, 2001, p. 55). Esa síntesis se llama socialdemocracia o liberalismo social, ideario que en estos tiempos de polarización y de escasa imaginación política pareciera inalcanzable, pero cuya realización deberá unir a liberales, demócratas, socialistas y democristianos a fin de frenar el avance del neofascismo.

Un último ejemplo de la complejidad política de Paz. En 1978 escribió: «La libertad no es ni una filosofía ni una teoría del mundo; la libertad es una posibilidad que se actualiza cada vez que un hombre dice No al poder, cada vez que unos obreros se declaran en huelga, cada vez que un hombre denuncia una injusticia. Pero la libertad no se define: se ejerce. (…) No es una idea sino un acto» (El ogro filantrópico, Joaquín Mortiz, p. 294). Esta noción de libertad —la cual se debe al influjo de Zapata y de Soto y Gama sobre su padre, a su amistad con el exiliado catalán José Bosch y a sus lecturas tempranas de Bakunin, Kropotkin y Malatesta— es, en rigor, más anarquista que liberal. Paz nunca la abandonó.

Resulta, pues, estéril reducir a Paz, al igual que a tantos otros, a esquemas rígidos de izquierda/derecha o liberalismo/socialismo.
 

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