PRIMERA LECTURAOseas 6, 3-6Esforcémonos por conocer al Señor; tan cierta como la aurora es su aparición y su juicio surge como la luz; bajará sobre nosotros como lluvia temprana, como lluvia de primavera que empapa la tierra. “¿Qué voy a hacer contigo, Efraín? ¿Qué voy a hacer contigo, Judá? Tu amor es como nube mañanera, como rocío matinal que se evapora. Por eso los he azotado por medio de los profetas y les he dado muerte con mis palabras. Porque yo quiero amor y no sacrificios, conocimiento de Dios, más que holocaustos”.SEGUNDA LECTURARomanos 4, 18-25Hermanos: Abraham, esperando contra toda esperanza, creyó que habría de ser padre de muchos pueblos, conforme a lo que Dios le había prometido: Así de numerosa será tu descendencia.Y su fe no se debilitó a pesar de que a la edad de casi cien años, su cuerpo ya no tenía vigor, y además, Sara, su esposa, no podía tener hijos. Ante la firme promesa de Dios no dudó ni tuvo desconfianza, antes bien su fe se fortaleció y dio con ello gloria a Dios, convencido de que él es poderoso para cumplir lo que promete. Por eso, Dios le acreditó esta fe como justicia.Ahora bien, no sólo por él está escrito que “se le acreditó”, sino también por nosotros, a quienes se nos acreditará, si creemos en aquel que resucitó de entre los muertos, en nuestro Señor Jesucristo, que fue entregado a la muerte por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación.EVANGELIOMateo 9, 9-13En aquel tiempo, Jesús vio a un hombre llamado Mateo, sentado a su mesa de recaudador de impuestos, y le dijo: “Sígueme”. Él se levantó y lo siguió. Después, cuando estaba a la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores se sentaron también a comer con Jesús y sus discípulos. Viendo esto, los fariseos preguntaron a los discípulos: “¿Por qué su Maestro come con publicanos y pecadores?” Jesús los oyó y les dijo: “No son los sanos los que necesitan de médico, sino los enfermos. Vayan, pues, y aprendan lo que significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”. Hay frases del Evangelio que deberíamos escribir en la puerta de nuestras iglesias, de nuestras casas y también de nuestras instituciones: “Yo quiero amor y no sacrificios”. No como adorno piadoso, sino como advertencia. Porque la religión puede convertirse en refugio cómodo para quienes cumplen ritos, pero olvidan dejarse tocar por la realidad del otro.Oseas lo dice con una claridad incómoda: Dios no se deja impresionar por el culto. Lo que Dios desea es que la humanidad aprenda a desear y actuar desde el amor, la misericordia, la bondad y el bien de los otros. No le interesa una fe que se arrodilla ante el altar, pero pasa de largo ante quienes no experimentan ese amor en su realidad concreta.Por eso, el Evangelio nos presenta una escena profundamente humana: Jesús ve a Mateo, un publicano; alguien mal visto, sospechoso, moralmente descartado por los “correctos”. Pero Jesús no lo reduce a su oficio, a su pecado ni a su fama. Lo mira y le dice: “Sígueme”. Esa invitación revela la lógica del amor de Dios: un amor que restaura sin comenzar por el juicio.Después, Jesús se sienta a la mesa con publicanos y pecadores. Ahí empieza el escándalo. No por el pecado de los otros, sino por el gesto acogedor de Jesús. Los fariseos no soportan que Dios actúe desde un horizonte de reparación amorosa. Y quizá ése sigue siendo nuestro problema: nos cuesta creer que Dios restaura la humanidad desde la aceptación total de la persona.En una ciudad como Guadalajara, tan religiosa y desigual, estas lecturas nos preguntan con dureza: ¿nuestra fe restaura o excluye?, ¿acerca o expulsa?, ¿sienta a la mesa o levanta muros?Jesús no vino a llamar a los perfectos. Vino a buscar a quienes saben que necesitan ser reparados. La fe adulta empieza cuando dejamos de presumir pureza y aprendemos a amar como Jesús amó. Porque donde falta misericordia, aunque sobren sacrificios, Dios queda lejos. Y quizás Guadalajara necesita más mesas abiertas donde también quepa la vida herida de todos.Luis Arturo Macías, SJ - ITESO