Domingo, 18 de Enero 2026
Cultura | II Domingo ordinario

Evangelio de hoy: El Cordero de Dios

A diferencia de las creencias paganas, donde el hombre ofrece y sacrifica algo para Dios, en el caso de Jesús es Dios quien ofrece a su Hijo para la salvación de la humanidad

Por: Dinámica pastoral UNIVA

«El que me envió a bautizar con agua me dijo:

«El que me envió a bautizar con agua me dijo: "Aquel sobre quien veas que baja y se posa el Espíritu Santo, ése es el que ha de bautizar con el Espíritu Santo’. Pues bien, yo lo vi y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios"». WIKIPEDIA/ «Bautismo de Jesús», de Piero della Francesca

LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA

Isaίas 49, 3. 5-6

El Señor me dijo:
“Tú eres mi siervo, Israel;
en ti manifestaré mi gloria”.

Ahora habla el Señor,
el que me formó desde el seno materno,
para que fuera su servidor,
para hacer que Jacob volviera a él
y congregar a Israel en torno suyo
–tanto así me honró el Señor
y mi Dios fue mi fuerza–.

Ahora, pues, dice el Señor:
“Es poco que seas mi siervo
sólo para restablecer a las tribus de Jacob
y reunir a los sobrevivientes de Israel;
te voy a convertir en luz de las naciones,
para que mi salvación llegue
hasta los últimos rincones de la tierra”.

SEGUNDA LECTURA

1 Cor, 1-3

Yo, Pablo, apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios, y Sóstenes, mi colaborador, saludamos a la comunidad cristiana que está en Corinto. A todos ustedes, a quienes Dios santificó en Cristo Jesús y que son su pueblo santo, así como a todos aquellos que en cualquier lugar invocan el nombre de Cristo Jesús, Señor nuestro y Señor de ellos, les deseo la gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y de Cristo Jesús, el Señor. 

EVANGELIO 

Juan 1, 29-34

En aquel tiempo, vio Juan el Bautista a Jesús, que venía hacia él, y exclamó: “Éste es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo. Éste es aquel de quien yo he dicho: ‘El que viene después de mí, tiene precedencia sobre mí, porque ya existía antes que yo’. Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua, para que él sea dado a conocer a Israel”.

Entonces Juan dio este testimonio: “Vi al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y posarse sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: ‘Aquel sobre quien veas que baja y se posa el Espíritu Santo, ése es el que ha de bautizar con el Espíritu Santo’. Pues bien, yo lo vi y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios”.

El Cordero de Dios

En los tiempos que corren, nos hemos centrado - tal vez demasiado - en el asunto del poder. El poder se ha vuelto la razón que se tiene para hacer algo. Sus manifestaciones son muy diversas, pero todas acusan un aire de irracionalidad y de injusticia: invadir un país, desaparecer personas, “funar” algún personaje en redes sociales, difundir noticias falsas, etcétera. ¿Qué nos dice esto? Nada nuevo, simplemente que quienes tienen poder pueden abusar de los otros tanto como quieran, porque ese es el orden del mundo: nada se opone al poder del más fuerte.

Los judíos esperaban un mesías que superara esta lógica, pero también por la fuerza. Querían un Dios que se impusiera a los fuertes para que los débiles pudieran vivir en paz. El Mesías sería, según esta esperanza, el gran gobernante, el big brother que forzaría a la humanidad a hacer justicia y a construir la paz. Sin embargo, Jesús es todo lo contrario. El anuncio de Juan, “este es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, hay que entenderlo en una doble dinámica.

Podemos comenzar por la segunda parte: “quita el pecado del mundo”. Juan no insiste en que Jesús borra los pecados. Tampoco es un Mesías que se imponga - por la fuerza - al pecado y lo castigue para traer la justicia. Nada de eso. Juan simplemente dice que Jesús “quita” el pecado, es decir, nos lleva a vivir en otra lógica, fuera de la ley del más fuerte. Desde Jesús, Dios no es el big brother que castiga el pecado, sino quien lo quita, el que cambia nuestra dinámica y nos permite vivir en el amor, el perdón y la paz.

Cuando decimos “el cordero de Dios”, hablamos de un personaje que ha renunciado radicalmente a la violencia. Esto no quiere decir que Jesús simplemente deje que los violentos hagan lo que quieran. Se trata de una renuncia activa a la violencia, de manifestar con el propio modo de vida la radical oposición entre Dios y aquellos que quieren vivir por el poder.

Rubén Corona, SJ - ITESO

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