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Miércoles, 18 de Septiembre 2019

Retrato de un país feminicida

La periodista Lydiette Carrión habla de la espiral de violencia que sufren las jóvenes en el Centro del país, espejo macabro de lo que sucede en todo México

Por: Gerardo Esparza

Lydiette Carrión. El libro se inspiró en su trabajo como reportera de la fuente policiaca. ESPECIAL / EFE

Lydiette Carrión. El libro se inspiró en su trabajo como reportera de la fuente policiaca. ESPECIAL / EFE

El hartazgo de la violencia contra las mujeres en el país tuvo un punto de inflexión el pasado 16 de agosto, cuando cientos salieron a las calles a exigir justicia. Días antes, policías de la Ciudad de México supuestamente abusaron de, al menos, dos jóvenes capitalinas.

Sin embargo, el abuso contra las mujeres en México es sistemático y se ha encarnizado contra las jóvenes. Del tema se ha ocupado la periodista Lydiette Carrión, quien con su libro “La fosa de agua, desapariciones y feminicidios en el Río de los Remedios”, retrató la violencia que se padece en el Estado de México. En el texto se documentan las desapariciones de 10 adolescentes, todas estudiantes, en la zona de Ecatepec y Los Reyes Tecámac, en el Centro del país.

En entrevista, Carrión señala decidió narrar el tema porque durante su trabajo como reportera de la fuente policiaca para el diario El Universal se encontró una y otra vez con casos que repetían los mismos patrones. “Escogí el tema porque me parecía increíble mientras yo cubría esta fuente: en seis años conté una historia de este estilo una vez a la semana. En todo ese tiempo esa región destacó por la prevalencia, por el número, por las similitudes de los casos, por el modus operandi, por tener pistas en común: me sorprendía que nadie lo viera, que las autoridades dijeran que no, a pesar de que era muy claro y había muchos datos que sugerían algo más profundo”.

Los peritajes, las fotografías, la investigación no es exclusivo de mí, es de todo el país que está sumido en la violencia

En “La fosa del agua” la tragedia se repite: jóvenes arrancadas de sus casas en un entorno pauperizado, el dolo de las autoridades al desatender los delitos, la presencia siniestra del crimen organizado y la revictimización y el miedo de las familias. Una serpiente que se come a sí misma y que se reproduce no sólo en el Estado de México sino en una nación que lleva ese apellido por nombre.

“En el país, por un lado estamos en una suerte de terapia de shock. Ocurren cosas tan violentas todos los días que un mecanismo de defensa frente a tanto terror, porque es muy difícil asimilar que esto le puede pasar a tu hija o a tu hermana o a la gente que más amas, es pensar que pasa porque ‘andan en algo’. Al mismo tiempo, estos mecanismos que han sido alentados desde los medios de difusión y otros lados, lo que ha generado es que los niveles de empatía han bajado brutalmente, como sociedad nuestros niveles de empatía están en la línea cero, y eso alienta que sigan pasando estas cosas”.

Y sentencia con la claridad que quien ha visto las grietas del sistema de justicia: “Son temas que tienen que ver con delincuencia organizada, lo que vi es que no está clara la línea divisoria entre el crimen organizado con la policía ministerial y estatal, no es que estén coludidos, es que son prácticamente lo mismo”.

Obra. Editado bajo el sello Debate. CORTESÍA

La construcción de “La fosa de agua”

Lydiette Carrión, quien también es coautora de los libros “Los gobernadores”, “Todas”, “A mí no me va a pasar”, “Entre las cenizas” y “Tú y yo coincidimos en la noche terrible”, estuvo durante seis años narrando la desgracia para El Universal Gráfico. Seis años de mirar de frente un sistema que se sostiene en la infamia y que reproduce la vileza contra las mujeres.

En ese tiempo recopiló las historias plasmadas en “La fosa de agua” que fueron condensadas en un texto de casi 250 páginas que resume el dolor. “Hay una intención narrativa, pero no más de lo que pudiera hacer otro reportero: buscar un lenguaje fluido, que tuviera su propio ritmo y que el lector pudiera continuar leyendo fue algo que me planteé desde que que comencé a escribirlo. Parte de las historias las fui publicando durante el tiempo que pasaban, tenía el trabajo hecho. Entrevisté a las familias varias veces a lo largo de los años; había cosas que ya tenía redactadas pero que tuve que pulir. Hice una ronda de entrevistas al final, casi al momento de entregar el último manuscrito, el grueso del texto me tardé unos cuatro o cinco meses”.

La también ganadora del Premio Género y Justicia que otorga la Suprema Corte de Justicia de la Nación por reportaje escrito comenta que terminar el libro supuso un reto posterior: saber qué debía publicarse para no exponer a las familias a un riesgo mayor.

“Una cosa que me quitó el sueño fue decidir qué no publicar. Al final saqué la historia de una de las familias porque había sufrido tres atentados, su hija había sido asesinada en 2011 y la mayoría sigue viviendo en la zona y la red de complicidad sigue libre. También una familia me pidió sacar la historia porque ellos creen que su hija sigue viva. Hay datos que indican que una de las niñas estuvo viva cinco meses, otra un año. Piensas que quizás si denuncias puede ayudar, pero qué tal si haces otras cosa. Lo que hice fue darles el manuscrito por si había cosas sensibles que pudiera lastimar verlos ahí”.

Tapatío

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