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Lunes, 18 de Febrero 2019

Piratas, 4 de cada 10 libros en México

La industria editorial pide a las autoridades no bajar la guardia en la lucha contra la piratería; el llamado “huachicoleo” del libro podría generar un estimado anual de dos mil 500 millones de pesos

Por: Andrés M. Estrada / El Universal

ESPECIAL / Pixabay

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En cuestión de segundos, los locatarios de mercancía ilegal se esfumaron sin dejar rastro. Algunos fingieron ser clientes del lugar o de puestos de alimentos. No había nadie cuando Juan Barragán y sus compañeros de la Policía Federal (PF) entraron con armas y equipo antimotines a una plaza del Eje Central Lázaro Cárdenas, cerca del Centro Histórico de la Ciudad de México. Alguien dio el pitazo cuanto los vio acercarse.

Lo mismo ocurrió en los comercios aledaños, sus encargados desaparecieron. El operativo de esa mañana tenía que ser rápido. En menos de una hora se aseguraban los productos, recuerda Barragán. Por seguridad, primero entraban los uniformados situándose frente a los locales o puestos antes identificados. Luego, personal de Hacienda, la PGR y autoridades capitalinas incautaba todos los artículos piratas: ropa, medicamentos, películas, calzado, discos, equipos de audio y vídeo.

También había libros, que en los últimos 12 años suman 672 mil 207 piezas aseguradas por la Procuraduría General de la República (PGR, hoy Fiscalía General de la República, FGR) y la PF, de enero de 2007 a noviembre de 2018, señalan datos obtenidos vía Transparencia por El Universal. En este periodo la PF también confiscó 164 toneladas de ejemplares.
Sin embargo, en los últimos tres años se descuidó el combate a este ilícito. Tan sólo la PGR en 2007 decomisó 267 mil 754 libros pirata; cero en 2008; 2 mil 432 en 2009; 14 mil 198 en 2010; 5 mil 129 en 2011; 13 mil 575 en 2012; 4 mil 740 en 2013; 29 mil 928 en 2014 y 51 mil 46 en 2015. Un total de 388 mil 802.

De 2016 a 2018, la cifra alcanzó 37 mil 385, según reportó la Dirección General de Control y Registro de Aseguramientos Ministeriales: 9 mil 745, 17 mil 272 y 10 mil 368 por cada año respectivamente.

La PF sumó 172 mil 455 piezas decomisadas. Registró 126 mil 204 en 2007; 31 mil 50 en 2008; mil 100 en 2009 y 3 mil 602 en 2010. De 2011 a 2016 no hubo incautación de libros falsificados; en 2017 apenas fueron 10 mil 499 y ninguno en 2018. Por toneladas, sólo se reportaron 136 en 2007; 12 en 2008; 11 en 2009 y cinco en 2015.

Incitar a su producción

“En los últimos tres años se bajó la guardia. Tal vez los esfuerzos fueron encaminados a atender otros rubros del crimen organizado. Todavía no acabamos de entender la razón. Por otra parte, el problema es que hagamos conciencia del daño que se hace al comprar libros piratas, al incitar a su producción. Creo que es el trabajo que habría que hacer, no sólo la persecución, sino la persuasión”, señala Carlos Anaya Rosique, presidente de la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana (CANIEM).

A su vez, la Unidad Especializada en Investigación de Delitos Contra Derechos de Autor y la Propiedad Industrial de la FGR aseguró 73 mil 565 libros en los últimos tres años con mil 425 en 2016, con 61 mil 165 en 2017 y con 10 mil 975 en 2018.
Otro tema preocupante es que de cada 10 libros que hay en el mercado en México cuatro son piratas. “Son ilegales. Eso ha crecido muchísimo, en la medida en que han bajado todos estos esfuerzos de combate. Nosotros como organismos no podemos hacer nada más que denunciar cuando encontramos algo, pero no tenemos ningún elemento para perseguir, le corresponde a las autoridades”, recalca Anaya Rosique.

La piratería atenta contra la bibliodiversidad, porque la industria editorial tiene cada vez menos recursos para producir libros. Esto genera que los que edita sean más caros. “Si en lugar de 2 mil ejemplares, por dar una cifra, sólo producimos 500, obviamente los costos se desatan”, explica.

En abril de 2016, El Universal publicó que el crimen organizado edita 10 millones de libros piratas al año. Una red que perjudica a los autores, al impedir que cobren a la industria editorial el pago -que apenas alcanza el 10% del valor de venta de la obra-, por la producción y calidad de contenidos.

¿Tienen un estimado de cuánto dinero se pierde por la venta de libros piratas?, se pregunta a Anaya Rosique.
-No lo diría, pero si hablamos de que el valor de la venta de libros en 2017 fue de 10 mil millones de pesos, estaríamos hablando de que dos mil 500 millones de pesos es el valor de la piratería, por decir una manera de calcularlo, no me atrevo a decir más, pero es mucho dinero. Es como hablar del “huachicoleo” del libro.

Sobre las calles del Centro Histórico, Alberto se topó en un puesto con el libro ‘Niños en el Crimen’, de Julio Scherer. El ejemplar tiene un precio de 100 pesos en librerías, pero ahí el vendedor se lo dejo en 85 pesos. Tiempo después se enteró que era pirata, pero no le importó, pues se ahorró 15 pesos.

Ante el argumento de que las personas compran libros piratas por el alto valor de los originales, Anaya Rosique expone: “Yo les diría que aunque costará un peso, el pirata es muy caro, porque estamos abonando a la ilegalidad. Pero señalemos que según el Inegi eso sólo lo dice el 1.7% de los encuestados”.

Mercado reducido

Destaca que “pareciera que esa es la razón de la ilegalidad, pero no, yo invertiría la fórmula y diría, los libros se venden caros porque se piratean, porque cada vez el mercado es más reducido y las inversiones son muy altas”.

La Encuesta Nacional de Lectura y Escritura 2015 del Conaculta (ahora Secretaría de Cultura) expone que el promedio de libros impresos que no son de texto en los hogares es de 40, según 79.2% de los entrevistados. Pero habría que preguntarse cuántos son piratas.

Además, 49.1% dijo que le falta dinero para comprar materiales de lectura y 9.5% indicó que los libros cuestan mucho y es una de las razones por las que no lee. El Módulo de Lectura 2018 del Inegi muestra que 1.7% expresó que la falta de dinero es la causa por la que no lee.

Existe un pobre registro en el país sobre el aseguramiento de libros falsificados; según la Fiscalía General de la República, la CDMX se ubicó en primer lugar entre 2007 y 2018 con 412 mil 250 piezas; le siguen Puebla con 12 mil 988; Aguascalientes con 691; Jalisco con 151; Coahuila con 40 y Guanajuato con 39.

También aparecen Baja California, Estado de México, Durango, Guerrero, Michoacán, Oaxaca, Sinaloa, Sonora, Tlaxcala y Veracruz, cada uno con menos de cinco ejemplares.

De su lado, la PF coloca en el número uno al Estado de México con 126 mil 221; a continuación, la CDMX con 44 mil 820; Chiapas con mil 400 y Campeche con apenas 14. Las 164 toneladas de ejemplares que confiscó se registraron en la CDMX.

Anaya Rosique señala que la relevancia de la CDMX se debe a que ahí radica la mayoría de las editoriales. “Pero porque todos estamos aquí, viéndonos a nosotros mismos, olvidando un poco el mercado de las entidades federativas. Estoy convencido de que hay otras entidades que tienen gran cantidad de libros piratas”, insiste.

La zona del Eje Central era el objetivo principal de las acciones contra la mercancía pirata. No obstante, el ex policía federal Juan Barragán cuenta que también le tocó ir a Villa Coapa, al Velódromo y al tianguis de ‘El Salado’ en la CDMX o ‘San Martín Texmelucan’, Puebla, pero nunca vio detenciones, pues los vendedores siempre huían, abandonaban su mercancía o simulaban ser compradores.

En cuanto a los detenidos “en posesión de libros presuntamente apócrifos puestos a disposición ante las autoridades”, sólo se reportan 14 de 2007 a 2018 en la PF. La FGR consignó a ocho hombres y una mujer por producir y comercializar libros piratas de 2010 a 2018.

La mercancía se la llevaban en camiones torton, volteos o camionetas donde no resultara visible. Una vez en el Ministerio Público, ya había expertos en derechos de autor para verificar que el material era pirata. Su destino no siempre era la destrucción, pues a veces se convertía en el botín de autoridades corruptas.

“Todo lo que era piratería, la gente misma del MP se quedaba con una parte. Cada quien agarraba lo que le servía, lo que les gustara, por ejemplo una playerita, unos tenis. Al fin de cuentas todo se repartía ahí. Nos decían que si queríamos algo lo agarráramos”, recuerda Barragán. A pesar del ofrecimiento, el agente y sus compañeros se mantenían al margen, por respeto al uniforme, asegura.

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