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Martes, 23 de Julio 2019

Busca provocar otras lecturas

La escritora Cristina Rivera Garza relanza la novela “El mal de la taiga”, en la que explora la lejanía a través de los elementos de los cuentos de hadas

Por: Ruth Romero

Autora. Cristina Rivera Garza trabaja actualmente en su próxima novela. CORTESÍA

Autora. Cristina Rivera Garza trabaja actualmente en su próxima novela. CORTESÍA

Nunca hay repetición en las relecturas de un mismo libro; y la autora mexicana Cristina Rivera Garza lo comprobó tras la publicación en inglés de su novela “El mal de la taiga” (lanzada en español en 2012), ya que está nominado al Premio Shirley Jackson, galardón que reconoce a las mejores obras de los géneros de suspenso psicológico, horror y fantasía oscura, etiquetas que sorprendieron a la escritora:

“Me pareció que cuando se publicó en 2012 hubo pocas lecturas que resaltaran estos ángulos, entonces, esto es lo que hacen las traducciones y las nuevas ediciones: permiten que nuevas percepciones se entremezclen y crean como resultado interpretaciones bien distintas de un libro que inicialmente es el mismo. Este ángulo de poder leerla como una novela de horror me parece increíblemente interesante”, explica la escritora.

Ahora, “El mal de la taiga” se relanza en su versión original bajo el sello editorial Literatura Random House, “tratando de que el libro alcanzara nuevos ojos” para “provocar otras lecturas”, por lo que Rivera Garza se encuentra “al tanto y abierta a las nuevas posibilidades” que puedan surgir de la lectura de esta novela.

En entrevista, la autora detalla las inquietudes que explora en el libro recién relanzado. Recuerda que tuvo “ciertas preocupaciones e intrigas en aquel momento, cuando estaba empezando este libro. Siempre me ha intrigado mucho cómo es que llegamos a saber lo que sabemos, es decir, con cuántas otras fuentes se hacen lo que llegamos a denominar como nuestras opiniones, cuántos otros filtros y mediaciones existen antes de que denominemos algo como propio”.

La anécdota es simple: una detective busca a la esposa de un hombre que se fue con otro, para lograrlo, se va introduciendo en un bosque boreal. A través de esta trama, Rivera Garza se cuestiona “qué es lo que sucede cuando nos alejamos, qué pasa en la lejanía y qué es lo que vemos cuando no tenemos las herramientas o las que tenemos pueden no servir para nada en algo que es nuevo y por tanto irreconocible. Los personajes de esta trama se van a la taiga, que pareciera lejanísimo. A nivel de la estructura del libro a mí me interesaba mandar a estos personajes muy lejos para saber qué nos puede dar alguien que se aleja, cómo puede esa persona identificar lo fundamental en un mundo que no conoce, no solo en términos de sobrevivencia”.

Un cuento de hadas cruel

El bosque boreal, los lobos, la lejanía y los personajes fantásticos remiten al lector al mundo de los cuentos de hadas durante el desarrollo de la narración, incluso hay constantes alusiones a “Hansel y Gretel” y a “Caperucita roja”. Sin embargo, estos elementos regresan a los contextos históricos en los que fueron creados los cuentos de hadas, cuando eran menos benignos y más cercanos a la representación de asuntos graves de la época, como a la violencia o a la hambruna.

“Me parecía que utilizar el cuento de hadas era útil por dos razones: todos lo conocemos y porque si nos vamos a estar alejando  a lugares cada vez más extraños y borrosos, para mí como autora era importante llevar al lector con la ayuda de algo que nos resultara familiar a ambas partes, como lo son los cuentos de hadas; y segundo, porque con las lecturas críticas del cuento de hadas podemos investigar un mundo igualmente violento, marcado por diferencias brutales de clase, raza… y por eso el bosque de la taiga que visitan los personajes sí es un bosque encantado, pero también es un bosque cruel, marcado por la usura, la explotación… un bosque donde los cuentos de hadas terminan muy mal. La idea es que los lectores puedan internarse en esta cuestión vertiginosa, borrosa, asediante en la que se convierte este bosque”.

Una detective de ficción

Para Cristina Rivera Garza, su trabajo como escritora va más allá de contar historias: su trato fundamental es con el lenguaje, hecho que el lector comprobará en “El mal de la taiga”. “Todos contamos historias, pero si estamos escribiendo tenemos que ponerle atención al ritmo, estructura. El lenguaje no solo nos sirve como vehículo de una historia, sino que es en sí mismo, su manera de plantearse sobre la página, cómo suena, el tipo de imágenes que produce, etcétera. Esto es lo que diferencia a alguien que cuenta historias y alguien que escribe historias”.

Estas reflexiones en torno a la escritura se presentan en la novela recién relanzada a través del personaje protagonista, una detective que también es autora de novela negra, oficios que se han relacionado a lo largo de la historia de la literatura, ya que “un buen escritor se comporta frente a la realidad como un detective, con una diferencia: al detective siempre le interesa resolver el misterio y estoy de acuerdo con aquellos que piensan que en la escritura no vamos a resolver el misterio sino a conservar el enigma, y lo vamos a conservar entre una serie de iniciados, por así decirlo, que somos todos los lectores, entonces compartimos algo irresuelto  y que sin embargo resuena con nuestra experiencia y con nuestra vida emocional; pero nos parecemos a los detectives en que tenemos que poner mucha atención a los detalles, que tenemos que estar en estado de alerta todo el tiempo y que todo lo que acontece en la realidad se convierte en signo o síntoma de algo más”.

La autora acota que esta atención al detalle no es solo del mundo “que está fuera, sino también del medio fundamental que son todas las herramientas del lenguaje. Los libros que más disfruto, es cuando noto que los autores han pasado bastante tiempo lidiando con esto, antes de la carrera de contar la anécdota, es la posibilidad de encarnar esa anécdota en nuestros dispositivos y herramientas lingüísticas. Ahí es donde uno pasa mucho tiempo, revisando y volviendo a revisar, borrando, eliminando palabras, viendo qué sonidos se repiten, detectando aliteraciones que no nos gustan, algunas cacofonías horribles… Uno también va afinando sus sentidos respecto a las cualidades de la palabra”.

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