Ideas

Virtud y poder

“Hay que tomarse las cosas con filosofía”: la expresión se refiere, no a una disciplina teórica, sino a una sabiduría práctica: el arte de vivir. Es el mismo sentido con que el emperador romano Marco Aurelio se recrimina a sí mismo: “has dejado en claro para otras muchas personas, e incluso para ti mismo, que estás alejado de la filosofía” (Meditaciones VIII.1, Gredos, p. 145). Alejado de la serenidad, de la quietud espiritual y de una vida virtuosa.

Movidos por deseos soberanos (“quiero fama”, “quiero poder”, “quiero riquezas”, “quiero el mundo entero”), solemos tomarnos la vida con demasiada seriedad. Lo cierto es que el mundo no bastará nunca para saciar nuestra sed de dominio, placer o dinero. En sus Sátiras, Juvenal apunta una deliciosa ironía: si bien el mundo no alcanzó para las ambiciones del gran conquistador Alejandro, a su muerte bastó un féretro pequeño para contener sus restos.

El estoicismo hizo a Marco Aurelio ceñirse a un sereno autocontrol durante los diecinueve años de su imperio. Esta escuela filosófica enseña que ninguno de nuestros afanes tiene la importancia que le atribuimos. En el orden cósmico, nuestras vidas, escribe Marco Aurelio, son insignificantes. Todo perecerá. Y aun si aspiráramos a la gloria póstuma, ¿qué más da, si ya no estaremos aquí para disfrutarla? Hombre terrenal y político, Marco Aurelio se exhortaba a sí mismo a “no morir gruñendo, sino verdaderamente resignado y agradecido de corazón a los dioses” (II.3, p. 60).

La vida no es, con todo, un sinsentido. El único bien que hay, según Marco Aurelio, es la excelencia. El cultivo de la fortaleza, la justicia, la templanza y la sabiduría (las cuatro virtudes cardinales de la tradición helénica) es el camino para dotar de belleza y armonía a nuestra alma, o, si se prefiere, para hallar un propósito en la vida. Si somos cristianos, agréguense las virtudes teologales: fe, esperanza y caridad, las cuales se echan de menos en este mundo secular de desencanto.

En los tiempos que corren, la virtud parece haberse divorciado de la política. El jurista italiano Luigi Ferrajoli no exagera al decir que nos gobierna “un grupo de autócratas criminales”. Sin embargo, el prejuicio de que el político es un ser intrínsecamente vil está tan extendido que la idea de conciliar virtud y poder se antoja imposible. Por eso conviene recordar las vidas de quienes ejercieron el poder moderada y sensatamente. Quizá no sean tan pocas como se cree, pero suelen ser discretas y modestas: se recuerda más a los Calígula y los Nerón que a los Antonino Pío.

Por otro lado, pedimos perfección moral al político, como si nosotros mismos la tuviéramos. En Cartas a un escéptico en materia de religión (1846), Jaime Balmes escribe: “La vida de la mayor parte de los hombres es un tejido de contradicciones que no es fácil de explicar; si se diera alguna importancia a este hecho, nada menos se seguiría que la necesidad de exigir a todos los hombres que arreglen su conducta con sus ideas, y que quienquiera que tuviese una convicción actuase siempre de conformidad con ella. Pero, ¿cuándo y dónde ha sido esto práctica común?”

Hoy, sabemos que la integridad moral es clave en política: no sólo la integridad de los gobernantes, sino la de los ciudadanos. Sin virtud —cívica y privada—, la democracia se apresura a su fin. Pues la falta de ciudadanos virtuosos impide el ejercicio responsable de la libertad, y esto lleva al caos y al ascenso de autócratas que prometen restaurar el orden perdido.

Sin embargo, aquel que hable hoy de la virtud es acusado de moralino y retrógrado. La palabra misma suena rígida, sosa y exangüe. Aun así, quizá, en vez de ver al psicólogo bajo cualquier pretexto, podríamos intentar cultivar la virtud, empezando por tener más orden en nuestras vidas diarias, movernos más y perder un poco de peso, comer mejor, ser más responsables y dejar de postergar nuestras tareas. Ello no es, ciertamente, tan prestigioso como ir a terapia o asumirnos víctimas del “sistema” o de nuestros padres. Pero si hemos de cambiar nuestras vidas, como dice Rilke en “Torso de Apolo arcaico”, cultivar la virtud será un acto fundamental.

El mundo reclama más filosofía; alcanzarla no es cuestión de matricularse en la facultad, sino de tener el coraje de buscarla y reclamar así nuestras almas. La promesa estoica es que aquel que logre conquistarse a sí mismo adquirirá una mayor soberanía que la de aquel que toma una ciudad (Proverbios 16:32). Tal vez el verdadero poder no sea otra cosa que la forma más elevada de la virtud.

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