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La guerra no tan secreta de la CIA

No fue una coincidencia. Los asuntos de seguridad nacional en Estados Unidos no se manejan al azar. Sus filtraciones a los medios son calculadas o reactivas para mandar un mensaje. El martes, lo mandaron a Palacio Nacional: la cadena CNN reveló que en la escalada de la guerra secreta de la CIA contra el crimen organizado en México, sus agentes facilitaron el asesinato de un miembro del Cártel de Sinaloa, enriquecida por The New York Times, que confirmó su intervención, pero aclaró que no estuvieron en persona cuando se ejecutó la acción. La enorme tolvanera por las revelaciones no dejó poner la lupa en la unidad que participó en la acción: la fuerza Ground Branch (rama terrestre), que ejecuta operaciones clandestinas por instrucción del presidente.

Es falso, afirmó ayer la presidenta Claudia Sheinbaum, que agentes de la CIA operan en México por fuera de los canales oficiales de colaboración con Estados Unidos. El secretario de Seguridad, Omar García Harfuch, rechazó en la víspera “cualquier versión” que normalizara, justificara o sugiriera la existencia de operaciones letales, encubiertas o unilaterales de agencias extranjeras. Mucha verborrea, pero ayudó, para las percepciones, que la vocera de la CIA, Liz Lyons —que declinó comentar a la CNN antes de publicar— calificara de “falso y sensacionalista” el reporte de la cadena, que “no sirve más que como campaña de relaciones públicas para los cárteles y pone en riesgo vidas estadounidenses”.

Esas líneas guiaron la respuesta de Sheinbaum, y permitieron que sus voceros oficiosos se colgaran del ambiguo desmentido. La CIA no podía haber hecho otra cosa, por lo explosivo de las revelaciones. El antecedente es el reporte de la Comisión Church (https://short.do/uIFWCe), hace 50 años, que investigó los planes de la CIA para asesinar a líderes en el extranjero, como Fidel Castro, Rafael Trujillo, de República Dominicana, o Patrice Lumumba, del Congo, que acabó con medio siglo de asesinatos como un brazo de la política estadounidense. Dejar vivo el reporte de CNN habría abierto la puerta a una nueva investigación en el Senado.

Los trascendidos a CNN y al Times revivieron aquellos tiempos. A finales de marzo, Francisco Beltrán, El Payín, un miembro de medio nivel del Cártel de Sinaloa, murió junto con un acompañante al explotar su auto en la autopista México-Pachuca tras salir del aeropuerto “Felipe Ángeles”. El auto quedó como si hubiera explotado una bomba colocada en el chasis y murieron inmediatamente. Los trascendidos en Washington —tres de los cuatro autores de la información en CNN cubren seguridad nacional y el Pentágono, mientras que uno de los dos en el Times también está asignado a temas de seguridad nacional— afirmaron, citando fuentes de inteligencia, que la CIA participó en diverso grado —pero no en tierra— en el asesinato selectivo de El Payín.

Nada se ha dicho hasta ahora del dato estratégico revelado por CNN: que la acción de la CIA fue encabezada por una unidad de élite secreta —dentro de una institución donde el secreto se da por definición— para desmantelar las cadenas de los cárteles de las drogas, y como parte de “una campaña de la CIA que se ha expandido y que no se había reportado previamente, dentro de México”. Esto, más que el asesinato de El Payín, es lo más importante, porque su “neutralización”, como le llaman a este tipo de crímenes, sería consecuencia de las operaciones clandestinas que está realizando desde el año pasado.

La Presidenta y el secretario de Seguridad dicen la verdad cuando niegan que eso hubiera sucedido, porque fueron hechas a sus espaldas. Por eso se les define como “clandestinas”, al ser ejecutadas de manera encubierta y, no pocas veces, de forma ilegal. En este momento, para el Gobierno mexicano, es mejor mantener la posición de la Presidenta ayer, que volver a incendiar el discurso con violación a la Ley de Seguridad Nacional y de intervencionismo. Si aprendieron la lección en Chihuahua, es mejor que lo solucionen de manera diplomática y no con arengas mañaneras.

La Ground Branch es definida como una fuerza Tier 1, como llaman extraoficialmente a las unidades militares de élite, que se manejan con autonomía y realizan misiones contra el terrorismo. La Ground Branch agrupa elementos reclutados de las fuerzas especiales del Ejército (las Boinas Verdes y la Fuerza Delta) y de la Marina (los Navy SEALs), y es la fuerza paramilitar que tiene la CIA en su Centro de Actividades Especiales, responsable de las operaciones clandestinas en la Dirección de Operaciones de la compañía en Langley.

Su trabajo se especializa en acciones encubiertas, guerra no convencional (como los cárteles y las guerrillas), recolección de inteligencia en zonas de alto riesgo y hostiles y donde, la parte más importante, la presencia convencional de los Estados Unidos —la cooperación institucional con el gobierno local— hace imposible compatibilizar sus acciones con el trabajo político y diplomático, por lo cual requiere salidas plausibles para que la Embajada en México, o el embajador Ron Johnson, puedan decir, sin mentir, que no tenían conocimiento de la presencia de ese grupo.

El Centro de Actividades Especiales, de donde depende la Ground Branch, se fundó en 1995 y su lema es Tertia Optio, que significa Tercera Opción. Lo que estamos viendo se deslizó en este espacio a finales de abril en la columna “México y la Tercera Opción” un concepto operativo dentro del pensamiento estratégico estadounidense utilizado por la CIA en todo el mundo. Es una doctrina informal que fue descrita por Loch Johnson en su libro The Third Option (2022), donde enumeraba los tres grandes instrumentos que guían la política exterior de su país: the treaties power (la diplomacia), the war power (las guerras) y the spy power (la inteligencia).

La “primera opción” fue retomada cuando Sheinbaum llegó a la Presidencia, para restablecer lo destruido por el gobierno de Andrés Manuel López Obrador. Se estableció un nuevo mecanismo de cooperación, pero se fue agotando al topar con la negativa de la Presidenta de desmantelar la cadena de complicidades entre criminales y políticos. La “segunda opción”, la militar, sigue vigente, pero inviable bajo toda lógica práctica. Lo que estamos viendo hoy es la aplicación de la “tercera opción”, la última herramienta de la política exterior de Estados Unidos. La pregunta sin respuesta es por qué la CIA decidió hacerla aquí, de manera oficiosa, pública.

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