Ideas

¿Para qué sirve la literatura?

Cada vez menos jóvenes quieren estudiar Letras. Es una tendencia global que refleja el dominio de la imagen sobre la palabra escrita, así como el retroceso del humanismo frente al materialismo, la frivolidad y la tecnología. ¿Tiene valor la literatura? ¿Cuál es el propósito actual de las humanidades?

La literatura es arte, y Borges o Sor Juana son tan artistas como Picasso o Gauguin: la belleza de sus mundos literarios nos sobrecoge y envuelve en un placer estético y goce inmarcesible. Y el arte, recuérdese, es uno de los fines de la vida. Pero la gran literatura no es sólo arte: es siempre profundamente moral, y, por ende, cívica. Su función reside no sólo en entretener y evadir al lector de la rutina asfixiante, una necesidad por demás vital. Mayores son sus efectos.

Una gran obra literaria expande la imaginación, aumenta la capacidad de empatía y escudriña las complejidades de ese laberinto llamado condición humana. Por eso los griegos centraron su educación (paideia) en los poemas homéricos (así como en el fortalecimiento del cuerpo); eran conscientes de que la literatura es una poesía que forja el carácter (êthos). En efecto, al leer libros como la Ilíada, comprendemos mejor emociones universales como la cólera, el amor o la sed de venganza.

Lo mismo que la filosofía o la teoría social y política, la literatura moderna fomenta además el espíritu crítico: nos vuelve alertas ante formas a menudo inadvertidas de miseria, injusticia y sufrimiento humano. Posee, pues, una clara dimensión ético-social. Cuando retrata una época, por ejemplo, exhibe no sólo sus carencias y puntos ciegos; ofrece orientación moral y las trasciende.

También fomenta la vigilancia del poder (pensemos en novelas como 1984 o Vida y destino). De ahí que, irónicamente, los poderes críticos de la literatura suelan ser más valorados por los regímenes autoritarios que por las democracias. Todas las dictaduras intentan amordazar a los artistas e intelectuales, imponiéndoles rígidas censuras: saben bien que una obra literaria despierta en los lectores el afán de rebeldía y libertad.

La democracia no requiere sujetos anestesiados, el eterno anhelo del autócrata; requiere ciudadanos conscientes y alertas, alérgicos al dogma y a la demagogia. Y nada mejor que una educación liberal o humanística para estimular el juicio crítico y los valores democráticos.

Por todo ello, la literatura y las humanidades deben ser, no sólo materia de especialistas, sino pasión moral del gran público. Su estudio contribuye a la plenitud del individuo y al mejoramiento urgente de la sociedad. Pues leer grandes obras —lo que Robert Hutchins y Mortimer Adler llamaban the great books— no es sólo un medio para combatir la soledad. Es una forma de acción moral que nos da identidad, nos autoconstituye individualmente y nos encauza hacia la autorrealización. En estos tiempos tan aciagos, leer nos hace más felices.
 

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