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Para no vivir secuestrados en nuestras propias casas

Los narcobloqueos del domingo tienen múltiples consecuencias. Una de ellas es el temor que afecta a una población saturada de demostraciones de poderío criminal, y de la incapacidad del Estado para contenerlo. 

Para hablar de los efectos sociales de los narcobloqueos, conversé en el podcast “Sal Con Amigos” (Intro909) con Ángela Buitrago, ex ministra de Justicia de Colombia, e integrante del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI) para Ayotzinapa. 

Aquí un resumen de la conversación. 

Lo primero que le pregunté a Ángela es cómo procesar el miedo por esa situación. “No es fácil tratar de sacar a una sociedad envuelta en una violencia constante de lo que lleva acumulado frente a verificaciones de control, violencia y poder ilegítimo”. 

“Si a ese uso de la violencia ilegítima le sumamos la defraudación de la expectativa, en donde las autoridades no logran controlar la incertidumbre, los sujetos cambian incluso de costumbres, de forma de relacionarse con otros, de realizar sus propias actividades. Empieza a generarse un temor; las sociedades comienzan a trabajar desde la base de seguir hacia adelante, pero realmente, nosotros lo hemos vivido durante los periodos de violencia más cruentos, de los años noventa, con las bombas de Pablo Escobar, en donde incluso la vida social se termina, por el susto a que todas estas situaciones fuera de la casa puedan generar riesgos que los seres humanos no están dispuestos a afrontar. En Colombia estuvimos, y creo que esto se dio ahora en México, en una situación que nosotros llamamos secuestrados en nuestras propias casas”.

Pregunto a Buitrago cómo curarse de la sensación de que cada encuentro en la calle puede ser riesgoso, como se sintió en Guadalajara el lunes. 

La abogada destaca que en nuestros países “se está generando una sensación de inseguridad permanente, de incertidumbre y sobre todo de debilidad. No tienes cómo oponerte si incluso muchas de las autoridades no tienen la capacidad de hacerlo”.

“Vivimos en una situación de alarma permanente. En donde tenemos que dejar nuestros hábitos y nuestros derechos casi que guardados. Me acuerdo mucho de una frase que decía un alcalde de Bogotá, para que no le roben el celular no saque el celular a la calle”. 

-No tiene sentido. 

“Claro, pero ese es el tema. Lo que hemos hecho es tratar de aceptar la violencia y la incapacidad de los Estados, lo cual termina siendo mucho más frustrante para el ciudadano, que trabaja sobre la base de que el Estado lo va a proteger, pero eso no sucede en nuestros países”. 

“La resiliencia es una de las facultades que tiene el sujeto para dejar en el pasado cosas que le afectaron; pero cómo dejas en el pasado cosas que tienes todos los días, si tú no cortas el factor de violencia, sino que al contrario se incrementa, pues nunca vas a superar como sujeto el tema de la inseguridad, de la incertidumbre, y tampoco vas a poder generar gestión del miedo. El miedo se apodera de nuestras sociedades”. 

“La única posibilidad de empezar a quitar esa sensación es mostrar que el Estado es capaz de contener a esos grupos”.

Sobre eso, abunda, además de recurrir a profesionales para lidiar con los costos psicológicos por el temor, hay que rebelarse y exigir al Estado su obligación: “La verdad es que se aprendió a tratar de vivir con esos niveles de violencia, y creo que ahí es donde está el problema, la sociedad no se debe acostumbrar a esos niveles de violencia, debe optar por disminuir y por hacer realmente una gestión de esos grupos criminales”.

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