Ideas

Nos dijeron que ahorráramos

Mi generación no tiene casa, no porque no quiera, no porque gaste de más, no porque priorice viajar o vivir experiencias, sino porque las reglas del juego cambiaron.

Entre mis contemporáneos millennials hay una sensación persistente: vivimos abrumados. Y sobre ese agotamiento, la generación de nuestros padres, en su mayoría boomers, tiene una opinión clara: es culpa nuestra porque no sabemos ahorrar. Nos reprochan un estilo de vida superfluo y, con más frecuencia de la que nos gustaría, nos preguntan por qué no construimos un patrimonio.

El problema es que ese juicio usa como vara de medir un mundo que ya no existe.

En los 80, cuando ellos eran adultos jóvenes, Guadalajara tenía alrededor de 2.2 millones de habitantes. Hoy supera los 5.5 millones. La ciudad no solo creció, sino que se desbordó y lo sigue haciendo. La vivienda dejó de concentrarse en el núcleo urbano y se dispersó hacia una periferia cada vez más lejana, donde el tiempo de traslado y el costo de vida se volvieron un impuesto invisible.

Pero el cambio más importante no es geográfico, sino económico.

En aquel entonces, una vivienda de interés social tenía un valor equivalente a un año de ingreso familiar. Hoy, el ingreso familiar promedio en Jalisco ronda los 30 mil pesos mensuales, según el INEGI. El ingreso familiar promedio del 10% de los hogares más ricos es de 78,000 pesos. Mientras que, de acuerdo con un análisis a datos publicados por el Instituto de Información Estadística y Geográfica de Jalisco sobre la oferta de vivienda en los principales municipios del AMG, cerca del 75% de la vivienda que se oferta en la ciudad tiene un precio que se acerca a los cinco millones o más.

Si antes un crédito representaba una proporción razonable del ingreso familiar, hoy una vivienda de este valor exigiría un pago mensual hipotecario por 20 años de aproximadamente 50 mil pesos en condiciones mucho más restrictivas, convirtiéndola en un bien inasequible para la mayoría de los habitantes del AMG; ni siquiera el 10% más rico de los hogares jaliscienses lo alcanza cómodamente.

No es que la generación de nuestros papás necesariamente ganara más, pero era más sencillo convertirlo en patrimonio.

Además, las condiciones laborales fomentaban la formalidad, lo que facilitaba el acceso al crédito. Hoy existen condiciones de mayor precariedad, lo que dificulta el acceso a este. La solución para los afortunados es vivir con una eterna deuda o, en caso de ser más afortunados, tener apoyo familiar.

La consecuencia es paradójica: se construye más, pero se habita menos.

La especulación inmobiliaria, los circuitos financieros globales, las rentas de corta estancia y, en algunos casos, el uso de bienes raíces como mecanismo de lavado de dinero han distorsionado el mercado. Se construye para invertir, no para vivir.

Esto desmonta uno de los mitos más repetidos: que construir más resolverá la crisis. Llevamos décadas construyendo, y los precios no solo no bajan, suben.

La razón es simple: no toda oferta es socialmente útil. La redensificación urbana puede ser parte de la solución, pero solo si está orientada a la asequibilidad. De lo contrario, seguiremos llenando la ciudad de edificios vacíos e inaccesibles para quienes realmente necesitan habitarlos.

Juzgar a los millennials con los parámetros económicos de los ochenta es como exigirle a alguien que corra igual de rápido sin ver que le cambiaron el terreno plano por una cuesta empinada.

La conversación que merece esta generación no es: ¿por qué los millennials no compran casa?, sino: ¿por qué el sistema dejó de permitirlo? Esa es la pregunta incómoda que nadie en nuestra ciudad parece querer responder.

hecromg@gmail.com

Temas

Sigue navegando