No conocen Guadalajara
La nombran con facilidad, la invocan cuando conviene, la usan como escenario de sus disputas, pero no la conocen. Conocer una ciudad no es citarla: es caminarla, cruzarla sin agenda, escuchar a sus vecinas y vecinos cuando no hay campaña ni micrófono, reconocer sus ritmos, sus memorias y aquello que aún la sostiene. Y lo que sostiene a Guadalajara, pese a sus fracturas, es una noción de convivencia que todavía distingue entre desacuerdo y demolición, entre crítica y revancha, entre participación y manipulación.
Por eso alarma la ligereza con que algunos pretenden tocar lo único que aún tiene valor para la ciudadanía como herramienta de defensa frente al poder. No para fortalecerla, no para protegerla del abuso, sino para vaciarla de su naturaleza ciudadana y convertirla en arma política. No se trata de perfeccionar un instrumento cívico; se trata de desfigurarlo: tomar un mecanismo pensado para equilibrar al poder y ponerlo al servicio de la coyuntura, arrancarle su lógica de contrapeso para volverlo rentable como presión, castigo o facción. Cuando eso ocurre, la ciudadanía entera pierde.
Las herramientas ciudadanas son valiosas porque no nacieron para complacer a nadie; surgieron para defender a la sociedad, para recordarle al poder que entre una elección y otra existen límites, exigencias, cauces y derechos. Son protección civil frente a la arbitrariedad. Por eso, cuando se las debilita en nombre de la participación, lo que se erosiona no es solo un procedimiento legal; se erosiona la capacidad de la gente para hacerse escuchar sin quedar atrapada en las dinámicas de polarización.
Ese proceso ya se vio a nivel federal. Primero llegó el discurso de la transformación; luego, la descalificación sistemática de los contrapesos; más tarde, la idea de que toda institución que incomoda estorba y toda regla que limita debe “corregirse”. El resultado no fue una ciudadanía más fuerte, sino instituciones más frágiles, más expuestas al interés político y menos capaces de responder a quienes debían proteger ¿Ahora quieren repetir la fórmula en lo local?
Guadalajara debería encender una alarma propia. Esta ciudad puede ser crítica y severa, pero no suele premiar el abuso disfrazado de virtud. Aquí hay una reserva cívica que entiende algo esencial: cuando una institución deja de responder al ciudadano para comenzar a responder a la coyuntura, deja de ser garantía y se vuelve amenaza. Cuando la única herramienta de defensa se transforma en proyectil, deja de pertenecer a la gente y pasa a pertenecer a quien mejor sabe usarla. Porque las ciudades también se deterioran cuando se acostumbra a la gente a perder defensas a cambio de consignas.
Vale la pena recordar que la primera Ley de Participación Ciudadana en Jalisco fue propuesta por la hoy alcaldesa de Guadalajara, Verónica Delgadillo. Gracias a esa visión, desde 2016 usted y yo contamos con una herramienta para incidir en la vida pública. Y ahí está, quizá, la diferencia más nítida: hay quienes crean instrumentos para que la ciudadanía participe, y hay quienes solo piensan en cómo convertirlos en armas para destruir.
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