MLB: ¿cómo debe controlarse a los umpires?
El debate sobre el arbitraje en Grandes Ligas ya no puede quedarse en la crítica al error. Ese punto quedó atrás. Hoy el beisbol tiene la capacidad de medir prácticamente todo lo que ocurre en el terreno: velocidad, trayectorias, zonas, contactos, probabilidades. Todo… menos, de forma pública, el desempeño de quienes toman las decisiones. La pregunta ya no es si los umpires deben ser evaluados. La pregunta es cómo. Porque un sistema que presume precisión milimétrica en cada aspecto del juego no puede sostener un modelo arbitral basado en criterios internos, opacos y sin consecuencias visibles.
Hoy se sabe que los umpires son evaluados. Se sabe que existen métricas. Se sabe que hay seguimiento. Pero no se sabe cómo se mide, cómo se califica, ni qué ocurre con esos resultados. Y ahí está el vacío. ¿Debe existir un sistema basado en el “honor” y la confianza interna en el umpire? ¿O debe imponerse un modelo de control formal, medible, verificable y transparente? En el beisbol moderno, la respuesta parece evidente. No basta con confiar. Hay que medir. Pero medir no es suficiente. Hay que establecer reglas claras sobre cómo se evalúa, cómo se sanciona… y también cómo se reconoce. Porque el arbitraje no solo debe ser controlado. Debe ser gestionado como una carrera profesional estructurada. Y ahí es donde MLB aún no ha dado el paso completo.
Un sistema serio de control arbitral debería contemplar, al menos, cuatro niveles fundamentales. Primero, el acceso: ¿cómo se forma un umpire?, ¿cómo se certifica?, ¿qué criterios determinan que alguien puede ejercer al más alto nivel? Segundo, la clasificación: no todos los umpires tienen el mismo nivel de responsabilidad; existen jerarquías, funciones y designaciones específicas, pero ¿con base en qué se determinan?, ¿rendimiento?, ¿antigüedad?, ¿evaluación interna?
Tercero, la asignación de juegos. Aquí aparece uno de los puntos más sensibles y menos transparentes del sistema. ¿Quién decide qué umpires trabajan en los juegos más importantes?, ¿con base en qué criterios se asignan las series de postemporada?, ¿se trata de los mejores evaluados o de los más confiables para el sistema? Porque en octubre no hay margen. Ahí cada lanzamiento, cada conteo y cada decisión impacta directamente en el resultado y en la historia. Y, sin embargo, el proceso de designación sigue siendo opaco. No hay criterios públicos. No hay rankings visibles. No hay explicación. Solo decisiones. Y eso, en el contexto actual, ya no es suficiente.
Cuarto, la evaluación y sus consecuencias. Este es el núcleo del problema. Un sistema moderno debería establecer umbrales claros de desempeño: porcentaje de aciertos, decisiones revertidas, consistencia en zona de strike, desempeño en momentos críticos. Y, con base en ello, aplicar consecuencias progresivas: reconocimiento y asignaciones de mayor nivel para los mejores; ajustes o reentrenamiento para quienes fallen; y, eventualmente, sanciones cuando los errores sean reiterados. Eso no es castigo. Es profesionalización. Porque hoy el sistema mide, pero no comunica; evalúa, pero no transparenta; corrige, pero no explica. Y en ese punto, la credibilidad se erosiona.
El beisbol no necesita un sistema punitivo desmedido. Necesita un sistema claro, uno donde se sepa cómo se llega a ser umpire, cómo se avanza, cómo se evalúa, cómo se asignan los juegos clave y qué pasa cuando el desempeño no alcanza el estándar. Porque en un entorno donde todo puede medirse, lo único que no puede sostenerse es la opacidad. El arbitraje no debe ser un espacio de discrecionalidad. Debe ser un espacio de precisión, responsabilidad y transparencia.
En un deporte que exige exactitud absoluta a quienes juegan, resulta incongruente que quienes deciden no estén sujetos al mismo estándar. Pero hay algo más inquietante. Cuando no se sabe cómo se evalúa, cuando no se sabe cómo se asigna y cuando no se sabe qué consecuencias existen, la duda deja de ser técnica. Se vuelve estructural. Porque el problema ya no es si un umpire se equivoca. Es si el sistema permite que se equivoque sin costo. Y en ese escenario, el riesgo no es solo el error. Es la credibilidad del juego.
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