Mete gol gana
Wembley, San Mamés, Maracaná, La Bombonera, La Martinica… la calle era nuestro estadio y la imaginación se encargaba del resto. Los amigos de la cuadra, del barrio, compañeros de la escuela, primos, hermanos y uno que otro desconocido que se limitaba a vernos era invitado a jugar y protagonizábamos emocionantes partidos.
Carbajal, Carrizo, Lev Yashin, Pelé, Garrincha, Puskas, Gento, Chava Reyes, el Tubo Gómez, Sepúlveda, Amaury, Di Stéfano… los ídolos éramos nosotros mismos y vaya que nos entregábamos en la cancha del asfalto o la tierra, lo mismo daba.
Una pelota, una calle tranquila y muchas ganas de jugar y convivir era lo único que se necesitaba; las banquetas marcaban las bandas, y para simplificar las cosas, cualquier mano era penal se cometiera donde se cometiera, simplemente decíamos “mano-penal” y nadie discutía, eran las reglas de juego; para marcar las porterías poníamos alguna prenda de vestir o un par de piedras, y si jugábamos saliendo de la escuela, nada mejor que las mochilas o los suéteres que la hacían de postes; el larguero no era otra cosa que levantar los brazos y ese era el tamaño de la portería.
En nuestros juegos no había árbitro y todos jugábamos limpio, y cumplíamos con nuestras rudimentarias reglas; a veces jugábamos fuerte pero siempre sin intención de lastimar al otro y éramos cuidadosos con los que veíamos físicamente más débiles.
Esos juegos de futbol de barrio, de nuestra infancia, eran juegos llenos de decencia. Me explico, aunque fuéramos contrarios, todos éramos leales; cuando había alguna jugada en donde alguno salía echando maromas, invariablemente era falta y si se disputaba reclamando que no le habían metido zancadilla al caído, todo se solucionaba con bote y listo, a seguir jugando.
Cuando se gritaba gol pero se alegaba que la pelota había sido muy alta (los brazos en alto eran la medida) o muy fuerte o cuando se dudaba sobre si había pegado en la mochila y después traspasada la línea de meta, la solución era práctica: ¿penal o gol? y por supuesto que nadie discutía, incluso permitíamos que hubiera cambio de portero para que intentara parar el penal y luego recuperaba su posición de campo.
No había discusión, y algo muy importante: cuando veíamos que alguien era notoriamente superior a los otros y chutaba muy fuerte, sobre todo cuando de tirar un penalti se trataba, siempre se le advertía que no le pegara fuerte a la pelota, so pena de invalidar la anotación y cuando alguno salía “retratado” (cuando le pegaba la pelota en la cara) invariablemente se detenía el juego, le dábamos agua y con las camisetas le echábamos aire y listo, a seguirle; el partidito se reanudaba con un bote de pelota.
Reglitas simples pero funcionaban. Recuerdo que a veces los equipos estaban desnivelados y aunque éramos seis contra seis, unos eran técnicamente superiores y para hacer más equilibrado el juego intercambiábamos jugadores.
Los que jugaban mejor, eran los capitanes del respectivo equipo; un volado determinaba quien escogía primero y allí estaban todos haciendo ruedita esperando ser escogidos por el capitán, y cuando el número era impar, se reducía el equipo y los que no habían sido escogidos entraban a la reta que esperaban pacientemente haciéndola de boleros (es decir los que iban por la pelota cada vez que alguien le pegaba muy fuerte y se iba hasta la siguiente calle o volaba la barda).
El juego se hacía a tres goles y cumplido el partido, los que estaban en la reta, tenían derecho de escoger compañeros de entre los que habían perdido para formar un nuevo equipo.
Había algunos “matracas”, amigos que no eran precisamente un dechado de virtudes en la cancha y nadie los quería. Cuando se formaban los equipos y quedaban al final sin escoger y no se podía hacer una reta, el capitán de un equipo le decía al otro, “te regalo a fulanito” y muchas veces el “regalo” significó la derrota para los que lo despreciaron. No había resentimientos.
Y cuando el regalo nomás no jugaba y se iba a la banqueta a convertirse en un espectador más, muchas veces cedíamos nuestro lugar con tal que jugara y le decíamos: “fulanito, entra por mí” gritábamos “cambiooooo” y nadie se oponía, el caso era jugar todos y divertirnos.
Lo mismo jugábamos en la calle que en el patio de la escuela o en el de la casa de un amigo, la convivencia era lo más importante; no fueron tiempos de estar encerrados en casa o acostados viendo la televisión preferíamos jugar, estar al aire libre, convivir con los amigos y hacer ejercicio.
La magia de los juegos de futbol de la infancia estaba precisamente en su espontaneidad y su sencillez y como decía antes, se seguían ciertas reglas no escritas porque claro que se sancionaban las conductas antideportivas y regañábamos a los apacheros que aparentaban las faltas o le pegaban a otro al disputar el balón: “No se vale: tiro libre”. Nadie protestaba. Claro, no faltó quien se indignaba y dijera simplemente: ya no juego. Se salía del campo pero el partido seguía y al día siguiente nos lo volvíamos a encontrar jugando, sin rencores ni resentimientos.
Cada partido podía durar apenas unos minutos, pero se vivía con enorme intensidad, corríamos como locos y jamás hubo alguien que con tal de no dejar jugar a los que retaban, estuviera haciéndose; la entrega era absoluta, jugábamos para divertirnos pero siempre con mentalidad ganadora lo que generaba encuentros muy disputados y emocionantes.
No todo era “pegarle a la bola” o correr tras ella; jugar nos daba la oportunidad de aprender a ejercitar las virtudes como por ejemplo la paciencia para esperar turno, la humildad para trabajar en equipo, la importancia de respetar reglas y la capacidad de aceptar tanto la victoria como la derrota con dignidad y sin burlarnos unos de otros, no solo eso, también la solidaridad cuando se ponchaba la pelota o simplemente se perdía. Entre todos cooperábamos con nuestros domingos para comprar una nueva que pertenecía a la comunidad, era de todos y de nadie en particular.
Cuando alguien llevaba su propia pelota y se tenía que regresar a su casa, la prestaba para que los demás siguieran jugando, pero se desarrollaba el sentido de responsabilidad cuando se la encargaba a alguien; “les dejo la bola para que sigan jugando y tú fulanito, me la traes mañana” y el encargado sabía que era el responsable de traerla sana y salva al día siguiente, sin discusiones, si se perdía o la ponchaban, a traer otra. Ni modo.
Cuando la pelota se iba a la casa vecina, tocábamos la puerta para pedirla siempre con educación: ¿señora, buenas tardes, se nos fue la pelota; nos la pasa por favor? y había confianza, algunas nos decían: pasa a buscarla y salíamos diciendo siempre: muchas gracias señora, disculpe la molestia. Éramos muy educados, y en la educación estaba el honor de nuestra familia.
Y si se rompía un vidrio, se destrozaba alguna plantita o maceta en una casa, todos cooperábamos para la reposición. Y si el partido era interminable, no había tiempos extras ni penales; le poníamos fin con: “mete gol gana” y así al anotarse el gol se acababa el partido, sin corajes ni enojos.
Una época en la que la diversión dependía de la imaginación y la convivencia. Estos juegos de la infancia nos recuerdan que compartir con otros, moverse al aire libre y disfrutar de lo sencillo también construye momentos felices y amistades imperecederas. Les agradezco su lectura, que tengan un excelente domingo. Nos encontraremos de nuevo aquí en EL INFORMADOR la próxima semana si Dios quiere. Los espero con mi café y mis bisquets con mantequilla y mermelada de fresa.
lcampirano@yahoo.com