Domingo, 21 de Junio 2026

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Deporte y corrupción

Por: Armando González Escoto

Deporte y corrupción

Deporte y corrupción

¿Cuándo o en qué momento el deporte dejó de serlo para convertirse en una máquina de producir dinero? ¿Desde cuándo el deporte comenzó a corromperse, usando y engañando a la afición? ¿Y si se quisiera rescatar, habría que prohibir las apuestas y las quinielas, y perseguir en serio sobornos y chantajes?

En lo que mira al cuándo de la ominosa corrupción los testimonios se remontan al siglo IV antes de Cristo; si antes ya existían prácticas corruptas en el deporte, no las documentaron. El hecho es que, hasta los mismos entrenadores de atletas, les prestaban dinero a alto interés para que pudieran sobornar a sus oponentes, es decir, para que se dejaran ganar en cualquier tipo de justa deportiva durante sus juegos olímpicos y en cualquier otro tipo de competiciones.

Ya por esos lejanos tiempos, el deporte suponía igualmente ganancias millonarias y notables ventajas políticas, existe el testimonio de personajes que posponían los juegos funerarios para honrar a su difunto padre, justo al momento de las elecciones, pues los espectadores, fascinados por lo espectacular de los juegos mostrados, inclinaban su voto a favor del hijo que de tal manera honraba la memoria de su padre. Donde al parecer la corrupción y el soborno no tenían sitio, era en los juegos gladiatorios, cuando éstos eran a muerte, y se entiende la razón.

En nuestros tiempos, ya desde los célebres años de la Época de Oro del Cine mexicano, no pocas películas de luchadores o boxeadores se desarrollaban sobre la trama del soborno y del chantaje no con cualquier suma. ¿Cuánto puede costar persuadir a un equipo rival para que se deje vencer? ¿Y qué tan difícil resulta para el equipo persuadido dejarse ganar sin que la afición lo advierta? Sin duda que el tamaño del soborno debe ser muy inferior al tamaño de la ganancia, pero lo suficientemente tentador como para perder un partido.

En los años recientes los escándalos mundiales sobre este asunto han sido de sobra conocidos, como también los nuevos retos que las nuevas costumbres sociales han supuesto para quienes evalúan el desempeño de los deportistas ¿puede un hombre que ahora es mujer competir con mujeres que lo siguen siendo?

El dopaje tampoco es nuevo, solamente que en la antigüedad no siempre se cayó en la cuenta de sus efectos en una justa deportiva y, sobre todo, en el modo en que éste podía alterar deshonestamente los resultados; diversos autores mencionan este hecho, sea que el dopaje se hiciera con sustancias exóticas traídas del oriente, o con la cáscara de ciertas frutas que abundaban en el mundo mediterráneo. Ahora que bien analizado, no debemos olvidar que las grandes competiciones deportivas ya son en sí mismas una especie de dopaje colectivo emocional que frecuentemente llevan al fanatismo y a trifulcas sangrientas como las que ocurrían en la ciudad de Bizancio con motivo de las carreras de cuadrigas, máxime si consideramos que los colores insignia de los competidores se correspondían con facciones políticas ciudadanas.

Si nos fijamos, los tres grandes corruptores del deporte siguen siendo el dinero, el poder político y la soberbia. Y las posturas humanas que siguen alterando la asistencia a cualquier tipo de justa, pero, sobre todo, a las justas masivas, son la insania mental, el descontrol de las emociones, las tensiones acumuladas, y el hecho de tomarse demasiado en serio lo que no es más que un juego en todo el sentido de la palabra.

armando.gon@univa.mx

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