Memo y Juan
-Buenos días querido Memo, ¿cómo va todo? -saluda Juan.
-Supongo que bien; el mundo sigue girando, el temporal de aguas continúa, los problemas son los mismos, la vida sigue… -contesta Memo.
-Oye, ¿no sientes que el futuro se está complicando? -interroga Juan, con un gesto de preocupación.
-¿A qué te refieres? -dice Memo.
-¿Ya viste la cara que trae la Presidenta? -comenta Juan.
-Je, je, la de diario, no tiene otra -contesta irónicamente Memo-. Siempre ha sido inexpresiva, es poco agraciada, cero carismática y con las broncas en medio de las que está… ¡Nomás imagínate!
-Pues sí, pero ella se metió en el berenjenal donde se encuentra, nadie la empujó -responde Juan.
-Tienes razón, pero piensa en el Infierno que vive esa mujer; atrapada por una violencia creciente, coaccionada por Trump (que se siente dueño del mundo) y apergollada por su mentor, López Obrador, que se niega a dejar el poder. La economía está prendida de alfileres; las presiones de la gavilla que son sus colegas de Morena, tironeándose por los cargos de la elección del año próximo; y conflictos de corrupción cuya profundidad es inimaginable: huachicol, narcotráfico y síguele. Debe de ser terrible porque, al fin y al cabo, es un ser humano -ilustra Memo.
-Además, poco le ayuda su formación dogmática, intransigente y llena de prejuicios. Escúchala, parece disco rayado pidiendo pruebas, pruebas y más pruebas. Monotemática y sin chispa -abunda Juan.
-Nomás con el tema de Rocha, que no sabemos por qué razones lo sobreprotegen cuando es evidentemente un criminal. Agrégale que los gringos pretenden un tratado comercial ventajoso, que seamos sus policías en nuestra frontera sur para evitar que los inmigrantes centroamericanos crucen hacia Estados Unidos y que combatamos el tráfico de drogas y precursores, entre no sé cuántas demandas más -apunta Memo.
-¡Cuándo no le llueve, le llovizna! Sea como fuere, la cosa es que los ciudadanos no queremos, necesitamos certidumbre. Imagínate cómo viven los sinaloenses y sepa cuántos pueblos más de los que no sabemos nada hasta que estalla un escándalo -comenta Juan con vehemencia.
-Junto a lo que señalas, tenemos un severísimo problema -reflexiona Memo-. Nos hemos habituado a vivir en medio de este entorno. Nos hemos hecho insensibles frente a la impunidad y la violencia. Temas como las desapariciones forzadas o el cobro de piso llegan a parecer normales y las generaciones jóvenes ven con naturalidad lo que sucede.
-Tienes razón -abunda Juan-. El egoísmo nos ciega, estamos perdiendo los lazos que nos unen. ¿Dónde está la preocupación por el vecino?, ¿la solidaridad del barrio?, ¿la mano amiga?
-¿No encuentras una paradoja entre las ciudades, que antes eran abiertas y solidarias, y la tendencia actual de cotos y edificios de departamentos en donde las familias se aíslan en sus cuatro paredes? El tejido social está roto. Olvidamos vivir en comunidad -agrega Memo.
-Ya pagaremos el precio de cohabitar en lugar de convivir -sentencia Juan.
Memo se queda pensativo un momento y concluye: -¿No lo estamos viviendo ya?