Guadalajara y la ciudad que dejamos de mirar
El carácter de una ciudad no se construye con sus monumentos. Se construye con lo cotidiano. Con la repetición de calles, casas y fachadas que vemos todos los días y que, sin darnos cuenta, forman nuestra idea de lo que una ciudad es.
Cuando pensamos en París, Roma o Praga, recordamos algunos edificios famosos. Pero lo que realmente permanece en la memoria es caminar entre cientos de fachadas anónimas que, en conjunto, crean una atmósfera clara y reconocible. Esa coherencia urbana no es casual ni espontánea: es el resultado de haber entendido que la arquitectura común importa tanto -o más- que la excepcional.
En Guadalajara ocurre lo contrario. Nuestra imagen urbana se apoya en unos cuantos íconos: la Catedral, el Hospicio Cabañas, algunas colonias tradicionales y destinos turísticos cercanos. Pero más allá de esos puntos aislados, el carácter construido de la ciudad se diluye. Resulta difícil identificar una identidad arquitectónica clara en el grueso de su tejido urbano, especialmente en su Centro Histórico.
Esta pérdida no fue accidental. A mediados del siglo XX, Guadalajara fue víctima de una idea equivocada de modernidad. Se destruyeron barrios completos, se ensancharon calles históricas y se sustituyó una estructura urbana pensada para el peatón por avenidas diseñadas para el automóvil. La antigua Calle de San Francisco -hoy Avenida Alcalde- es el ejemplo más evidente: de ser la principal calle comercial y social de la ciudad pasó a convertirse en una vía fragmentada, ruidosa y sin carácter.
Aunque en años recientes la peatonalización de Alcalde ha sido un acierto, el daño ya estaba hecho. La ciudad perdió escala, continuidad y memoria. A esto se sumó, durante décadas, la modificación indiscriminada de fincas históricas por motivos comerciales: fachadas mutiladas, proporciones alteradas y materiales sustituidos sin ningún criterio arquitectónico. No fue solo responsabilidad del poder público; también fue resultado de una profunda falta de cultura urbana.
Hoy seguimos repitiendo el mismo error. Los esfuerzos de rehabilitación del Centro Histórico se concentran en calles, banquetas y plazas, mientras se ignora el elemento más visible y determinante del carácter urbano: las fachadas. Se invierte en el suelo que pisamos, pero se descuida el paisaje que miramos.
La fachada no es un adorno. Es la interfaz entre la vida privada y el espacio público. Una calle con fachadas cuidadas comunica orden, dignidad y pertenencia. Una calle deteriorada transmite abandono. No es casual que la degradación visual de un entorno urbano esté asociada con mayores niveles de inseguridad. La llamada teoría de las “ventanas rotas” ha demostrado que el descuido del entorno favorece la percepción -y la realidad- del desorden.
Además, la restauración de fachadas no es solo una cuestión estética. Tiene efectos económicos claros: incrementa el valor de los inmuebles, incentiva la inversión privada, fortalece el comercio local y atrae turismo. Ciudades de todo el mundo lo han entendido desde hace décadas. Guadalajara no.
Los obstáculos existen y son conocidos: regulaciones excesivamente rígidas, falta de incentivos fiscales, criterios poco claros y una visión patrimonial que muchas veces protege la ruina más que la vida urbana. Pero ninguno de estos problemas justifica la inacción.
La pregunta es simple y urgente: ¿queremos una ciudad definida por unos cuantos monumentos aislados o por un tejido urbano coherente, digno y reconocible?
Rescatar las fachadas del Centro Histórico de Guadalajara no es un acto de nostalgia ni un capricho de arquitectos. Es una inversión en identidad, economía y autoestima colectiva. Obra por obra, calle por calle, el impacto acumulado sería profundo y duradero. Mucho mayor que el de cualquier plaza monumental que se usa solo de manera ocasional.
Guadalajara no necesita inventar una identidad nueva. Necesita volver a mirar la que dejó de cuidar.