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Guadalajara, primera postal

Guadalajara fue fundada en 1532. En el siglo XX se decidió celebrar esa fundación el 14 de febrero, ya próximo a celebrarse. Quienes nacimos en la Guadalajara del siglo XX podemos deplorar, y lo hacemos, los muchos cambios, a nuestro entender negativos, que ha sufrido la ciudad. Y, sin embargo, a la vista de los numerosos y constantes visitantes que por primera vez la ven, Guadalajara sigue siendo una ciudad apetecible para estudiar, trabajar, sanar, distraerse y, en una de esas, hasta para venir a vivir en ella.

Ciudad de horizontes amplios, apenas limitados por accidentes geográficos no insalvables, sigue conservando un clima casi perfecto, pues mientras en otras partes del país se congelan en invierno y se tateman en verano, en este anchuroso Valle de Atemajac ni el invierno es terrible ni el verano sofocante.

Tenemos buenas comunicaciones, un tráfico intenso pero soportable, una ciudad antigua pero no encajonada, de espléndidos edificios virreinales y neoclásicos en medio de amplias plazas y jardines arbolados, un comercio vibrante que ubica sus emplazamientos por distintos rumbos de la metrópoli y en espacios igualmente admirables: grandes centros departamentales.

Ciudad por tantos años horizontal, hoy se eleva hacia las alturas, sembrándose de agujas que surgen por diversas partes en una especie de competencia por conquistar el cielo, con proyectos que han ido dejando atrás esos edificios que semejaban acumulación de cajas de zapatos más o menos derechas.

Las nuevas generaciones son bulliciosas, tecnófilas, alegres, adictas a las pantallas, a los auriculares, al infaltable celular, de pensamiento cada vez más global, sin que eso les impida responder al ritmo del mariachi hasta sin darse cuenta. Conservan una suficiente cantidad de los valores permanentes tapatíos, son abiertos, espontáneos, sensibles al núcleo familiar, pero dándose sus vacaciones, agudos en sus comentarios, con sentido del humor, ciertamente más relajados que sus abuelos, pero es lo normal en etapas de transición cultural. De esta forma, la Guadalajara social construye el presente y el futuro.

Tenemos gobierno, aunque usted no lo crea, gobierno municipal que, no sin esfuerzo y con sus altas y sus bajas, facilita el que tengamos también servicios de luz, agua, drenaje, recolección de basura, calles con sus brincos y muchas otras “amenidades” urbanas que no siempre agradecemos bajo el pretexto de que pagamos por todo. Ahora, y desde la lejana, marginal pero determinante voz de Beatriz Hernández, tenemos la primera alcaldesa de nuestra historia, abriendo ese nivel de gobierno a la mano y a la mente femenina.

Pensar la ciudad, seguirla construyendo, es tarea de todos, pero exige también un punto de acuerdo común y compartido: no inventamos Guadalajara, la descubrimos, porque la ciudad y su cultura existen desde 1530; somos herederos, no depredadores; apreciamos nuestra identidad y la vamos adecuando a los nuevos tiempos sin por ello cortarnos la raíz.

Sus habitantes somos el alma de la urbe, la línea de continuidad, no de mera y mecánica repetición, pero sí de permanencia leal; somos portadores de una cultura, es decir, del ecosistema construido por tantas generaciones de tapatíos y residentes que, sin ser de aquí, han asumido esta herencia y la han enriquecido de múltiples formas, y ahora está en manos de esas nuevas generaciones a las que hay que hacer conscientes del patrimonio que reciben. Claro que Guadalajara tiene también sus problemas, sus limitaciones, sus baches culturales y sus topes sociales, abundantes retos y graneados desvíos que habrá que identificar y corregir.

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