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Más sociedad o más Estado, ¿es esa la cuestión?

¿Más sociedad civil o más Estado? Si atendemos la discusión ideológica de las últimas cuatro décadas, desde la caída del muro de Berlín en noviembre de 1989 para acá, pareciera que esa es la discusión ideológica más importante: los neoliberales pujando por un Estado cada día más pequeño y las izquierdas por un Estado controlador y todopoderoso. El dilema no solo es falso, sino que en estos años lo que ha quedado claro es que los países que más han avanzado son aquellos que tienen un Estado fuerte y una sociedad pujante capaz de generar bienestar e incluso controvertir al Gobierno en turno.

La reciente resolución del Servicio de Administración Tributaria (SAT) para poner más y más trabas a las organizaciones de sociedad civil que están registradas como donatarias, esto es que tienen la posibilidad de extender recibos deducibles de impuestos (excepto, claro, a aquellas que el Gobierno quiere apoyar como la de ayuda a Cuba) va más allá de un asunto fiscal, es una cuestión de visión ideológica.

Tan cierto es que la concepción del neoliberalismo radical reduce al Estado a una especie de semáforo como que el concepto de deidización del Estado de la izquierda latinoamericana, particularmente los modelos cubano y venezolano, han sido un fracaso porque lo que hicieron fue anular las capacidades de la sociedad civil organizada.

A lo largo de la historia el Estado mexicano se ha caracterizado por su incapacidad para responder a las necesidades de la sociedad. Con algunas mejoras o retrocesos, la característica de los diferentes gobiernos ha sido la incapacidad para abarcar un territorio y una diversidad cultural tan amplios como complejos. Tan cierto es esto como que las “donatarias” han sido en muchas ocasiones mecanismo disfrazados de evasión fiscal.

Es una ingenuidad pensar que el Gobierno busca resolver sus problemas de ingreso quitando la deducibilidad a las organizaciones de sociedad civil, se trata de una visión ideológica que tiene mucho más que ver con el control. Sin embargo, el daño que pueden hacer a la estructura social y a la calidad de vida de los más desfavorecidos es mucho más profunda de lo que imaginan.

Por supuesto que hay que acabar con toda forma de evasión fiscal, sean las organizaciones fachadas disfrazadas de donatarias, equipos de futbol, sindicatos u institutos políticos, pero reducir las capacidades de la sociedad civil, particularmente a aquellas que se dedican a suplir las carencias del Estado o a vigilar la actuación de los Gobiernos, es suicida para el país.

Necesitamos más Estado y más sociedad, no gobiernos controladores y ciudadanos evasores.

diego.petersen@informador.com.mx

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