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Layda, o los límites del poder

Si algo ha caracterizado a Morena en los Estados es que han sido capaces de superar a los ya de por sí pésimos gobernadores del PAN, PRI y PRD. Cada uno de estos partidos tuvo sus especímenes. Desde Mario Marín, el “gober precioso” de Puebla, que superó con creces a los múltiples malos gobernadores del priismo, hasta el panista Cabeza de Vaca a salto de mata, o el impresentable Silvano Aureoles del PRD. Ni qué decir del niño naranja, Samuel García en Nuevo León, representante de lo que dicen es la nueva política de MC. Aunque parezca difícil de superar, a todos ellos Morena les ha puesto enfrente a especímenes como Rocha Moya, en Sinaloa; Salomón Jara, en Oaxaca; Evelyn Salgado, en Guerrero; y Rocío Nahle, en Veracruz. Pues bien, ninguna de estas y estos impresentables compite con Layda Sansores, la tirana de Campeche.

Si hay un Gobierno que representa el uso indiscriminado, personalizado y arbitrario del poder, es Layda, hija de Carlos Sansores Pérez, quien fuera presidente del PRI en el sexenio de López Portillo, pero impuesto por Luis Echeverría. Sansores Pérez fue uno de los impulsores y protectores de López Obrador, de ahí el amor político incondicional de AMLO para con la gobernadora de pelo rojo.

Ningún gobernador desde la era de los grandes caciques priistas, como Maximino Ávila Camacho (Puebla) o Gonzalo N. Santos (San Luis Potosí), ha sido tan déspota como la gobernadora de Campeche. Impuso los poderes a su antojo y capricho, persiguió y encarceló al periodista Jorge González, a quien le impusieron restricciones legales para que no hablara de la gobernadora. No fue el único caso; también persiguió a los periodistas Joel Ynurreta Priego y Abraham Martínez. Su más reciente lindura fue encarcelar al rector de la Universidad de Campeche, José Alberto Abud, acusado de tráfico de drogas por traer consigo pastillas “ilegales”. Nunca se presentó evidencia alguna de la supuesta droga. El rector fue liberado, pero vinculado a proceso.

¿Es Layda el extremo del abuso del poder entre los gobernadores de Morena, o el inicio de un estilo autoritario, unipersonal y vengativo? La presidenta Sheinbaum recriminó, con demasiada suavidad, el uso del poder para vendettas personales, pero no ha sido capaz de condenar enérgica y tajantemente los abusos de los gobernadores de su partido. Quizá la presidenta tenga claro que ella no tiene ascendencia política alguna con los gobernadores heredados por López Obrador, o quizá simplemente deja correr los abusos como un ejemplo de lo que puede suceder con quienes no comparten el proyecto de la 4T. El silencio, no solo de la convidada de piedra en la Comisión Nacional de Derechos Humanos, sino de la secretaria de Gobernación, Rosa Icela Rodríguez, habla más de complicidad que de desacuerdo. La pregunta queda ahí: ¿la presidenta no puede meter a los gobernadores en cintura, es decir, obligarlos a cumplir la ley, o no simplemente quiere?

diego.petersen@informador.com.mx
 

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