Ideas

Cuando el producto es gratis, tú eres el producto

“Los humanos siempre han

sido mejores para crear

herramientas, que para usarlas con responsabilidad”

— Yuval Noah Harari

Las redes sociales ya fueron llevadas a juicio en Estados Unidos. Familias, escuelas y gobiernos acusaron a las grandes plataformas de haber diseñado sistemas para generar dependencia, especialmente entre niños y adolescentes.

Hubo audiencias. Hubo comparecencias. Y hubo un veredicto: por primera vez, un jurado declaró responsables a las plataformas no por lo que dicen sus usuarios, sino por cómo fueron diseñadas. Y aun así, el sistema sigue funcionando exactamente igual.

Durante años aceptamos una idea cómoda: que las plataformas digitales eran espacios neutrales. Hoy sabemos que no. Son sistemas diseñados para intervenir en nuestro comportamiento.

El scroll infinito, las notificaciones constantes, los algoritmos que anticipan lo que queremos ver… nada de eso es un error del sistema. Al contrario: ese es el sistema. Un sistema construido para capturar nuestra atención el mayor tiempo posible.

Hay que decirlo claro: para la economía digital no somos personas, somos inventario. Así de crudo.

Nuestros datos, nuestras emociones y nuestros hábitos alimentan un mercado que comercia con algo más valioso que cualquier producto: la capacidad de influir.

Y aquí es donde el problema deja de ser tecnológico y se vuelve político. Porque cuando unas cuantas empresas pueden decidir qué vemos, qué nos indigna y qué nos mantiene enganchados, también pueden moldear la conversación pública.

Pueden intervenir —sin rendir cuentas— en la forma en que una sociedad piensa.

Entonces no son solo empresas tecnológicas. Son estructuras de poder. No las elegimos. No votamos por ellas, pero gobiernan lo que vemos.

La llegada de la inteligencia artificial no ha corregido ese poder. Lo ha profundizado. Ya no se trata solo de recomendar contenido, sino de producirlo… a la medida de cada usuario, en tiempo real, sin mediaciones.

El riesgo ya no es solo la adicción. Es la manipulación.

Y mientras en otras partes del mundo este poder ya fue llevado a tribunales, en México seguimos discutiendo si debería haber regulación. Seguir confiando en la autorregulación de las plataformas no es ingenuo. Es una forma de rendición.

Porque hemos entregado —sin debate público y sin reglas claras— una de las infraestructuras más sensibles de cualquier democracia: la atención de sus ciudadanos.

Por eso la discusión ya no es si debemos regular. Es cuánto tiempo más vamos a tardar en hacerlo. Regular algoritmos. Exigir transparencia. Proteger a niñas, niños y adolescentes. Y reconocer algo que durante demasiado tiempo evitamos nombrar: que la atención humana es un bien público.

Durante años repetimos una frase como advertencia: cuando el producto es gratis, tú eres el producto.

Hoy esa frase también se queda corta. Porque no solo están comprando nuestro tiempo. Hay una batalla en la que están disputando algo más profundo: nuestra capacidad de decidir en qué pensar. Y quizá la libertad más importante que tendremos que defender en el siglo XXI no sea solo la libertad de expresión, sino algo todavía más básico: la libertad de pensar por nosotros mismos.

twitter.@rvillanueval

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