Un reencuentro formidable
Finalmente, y después de más de un año y ocho meses, mi esposa y yo nos animamos a ir a comer a un restaurante el domingo pasado.
El pretexto fue su cumpleaños y que también después de ese tiempo mi hija se había animado a tomar un avión y venir a visitarnos.
Hasta ese momento, todos nos habíamos cuidado de contraer el coronavirus y no habíamos salido así en familia a un lugar tan concurrido.
Decidimos ir a uno de nuestros favoritos, muy concurrido en domingo, en la Avenida de La Paz.
No sin cierto nervio seguimos todos los protocolos, esperar en la parte exterior observando la sana distancia, usar siempre cubrebocas, al momento de entrar checarnos la temperatura, ponernos gel en las manos y seguir las rutas marcadas en el piso.
Sin verse triste el lugar, el respetar el aforo permitido obliga a que exista una distancia considerable entre mesa y mesa, lo que disminuye un poco el ruido de las voces y lo animado de un lugar donde se ofrece comida mexicana.
Ciertamente fue un gran regreso.
Lo más sobresaliente fue el reencuentro con capitanes y meseros del lugar.
Como clientes frecuentes que éramos, ya solían ser muy y amables y atentos con nosotros, pero ahora fue diferente: ellos y nosotros nos reencontramos con una enorme emoción.
La sensación era de sobrevivientes que poco a poco después de la catástrofe salíamos de nuestros escondites a celebrar que seguimos vivos.
Ellos, con la alegría de haber regresado a sus puestos de trabajo, y nosotros con saldo blanco en la familia de bajas por el coronavirus.
Después de los pasos de rigor de revisar el menú y ordenar nuestros platillos poco a poco varios de ellos fueron pasando por nuestra mesa para preguntar cómo nos había ido en la pandemia, y nosotros hicimos lo propio.
Fue un reencuentro mucho más allá de lo habitual, era realmente una reunión de viejos amigos.
La gran mayoría de ellos, durante un cierre obligado de cinco meses, dejaron de trabajar en el restaurante y buscaron la forma de recibir ingresos.
Se dedicaron, por ejemplo, al comercio informal; ese que no paró nunca, y en su afán de ahorrar dinero al máximo todos coincidían en que se habían dejado crecer la barba no por otra razón que para ahorrar en la compra de navajas de afeitar.
Nos mostraron fotografías de su aventura y la mayoría efectivamente se veían barbones y subidos de peso, pues seguramente es muy distinto el trabajar en el comercio que en el trajín diario de un restaurante.
Ya al final, después de pagar, nos despedimos como eso, como buenos amigos con la certeza de que ahora sí podremos coincidir muy pronto.
Fue una decisión muy afortunada que decidiéramos volver a salir.
Y al final, la emoción de ese momento con capitanes y meseros es uno de los momentos más emotivos que nos ha dejado la pandemia.
Por lo menos.
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