Ideas

Un cumpleaños feliz

Si todas las flores nacieron ese día no me consta y, en todo caso, ni cuenta me di, como tampoco podría dar fe de que en la pila del bautismo cantaron los ruiseñores, ya que es sabido que a los pájaros no les da por alabar a Dios con sus gorgoritos en el interior de los templos. De lo que estoy cierta, no porque me acuerde, sino porque así consta en un añejo documento que lo asienta con todas sus letras es que un día como hoy, hace la impúdica e inconfesable acumulación de seis decenios más un sexenio, las flores, los pájaros y yo coincidimos para manifestarnos en este planeta, aunque solo yo sobrevivo a todos mis acompañantes de entonces.

Pocas cosas son tan gratificantes como percibir el afecto expresado en algunas líneas, y eso es algo que de un tiempo a la fecha nos ha concedido el Facebook, porque no solo recuerda a nuestros contactos que es nuestro cumpleaños, sino que los invita a felicitarnos y hasta nos arma un argüende con globitos y todo. Con tal que no me deseen que viva muchos años más, me doy por homenajeada y quedo muy agradecida con quienes se toman la molestia de escurrir sus parabienes en mi muro, pero más gratificada me siento  cuando mis más cercanos se ocupan de que en “mi día” (como si lo hubiera adquirido aunque sea en abonos), me ayuden a conseguir los satisfactores suficientes para desear que pase, como dicen sin pensarlo “muchos días de éstos”.

Debo asumir que a mis lozanías, no es mucho lo que necesito para que el día se me vuelva feliz, pero tampoco querría que los días especiales se repitieran mucho, porque si se volvieran cotidianos perderían su encanto. Por otra parte, con eso de que la edad lo vuelve a uno más reflexivo que activo, caigo a la cuenta de que el concepto de día feliz se me ha ido modificando tanto como los gozos y antojos de cada lapso transcurrido, desde la mismísima infancia, cuando el peor festejo incluía darle garrotazos a una piñata que me atemorizaba hasta la lágrima.

En plena adolescencia, el buen día de cumpleaños significaba reunirse con las compañeras de escuela, sin uniforme ni vigilancia adulta, a tomar agua de jamaica y bailar desenfrenadas melodías en boga. En la juventud temprana, lo único que contaba para ser feliz era el calmo romanticismo setentero, que abracé con el mismo entusiasmo que al primer novio que me alborotaba las mariposas estomacales. Y si el cumpleaños coincidía con alguna de aquellas tardeadas que se armaban para bailar al ritmo de los Spiders, el 39.4 o la Fachada de piedra con el sujeto de nuestros afectos, era como tocar el cielo con la punta de los dedos. Ahí, la concurrencia salía sobrando en el espacio personal e íntimo que concedía la luz negra tan de moda por entonces y que acentuaba su encanto al influjo de los incomparables Beatles, con melodías como “A fool on the hill”.

La adultez, a la par que el matrimonio con el apuesto cónyuge que me conseguí para preservar mi particular especie, llevó el festejo cumpleañero a otra dimensión más mundana y bullanguera en donde había lugar para los chistes, las cubas, la bohemia o las reñidas contiendas de dominó entre una veintena de amigos, que nunca llegaban con las manos vacías y me dejaban siempre con el corazón lleno de contento.

Hoy, solo necesito la cercanía de mi marido, un buen plato de menudo para desayunar y pasar el día en nuestro paraíso particular, bajo el cielo, con el aire y la ausencia de bulla que nos brinda el bosque. Si asamos una carnita al carbón, me daré por espléndidamente festejada.

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