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Jardines del Bosque: un patrimonio a seguir recuperando

Esta parte de la ciudad es obra del mundialmente célebre arquitecto tapatío, premio Pritzker, Luis Barragán. Se proyectó y construyó entre 1955 y 1958. Es un excelente ejemplo del trabajo arquitectónico, urbanístico y paisajístico de Barragán. Es un extraordinario patrimonio de Guadalajara, de sus vecinos.

El desarrollo ha sido muy maltratado. Constaba o consta de un trazado urbano generoso, ejemplar. Tiene abundancia de parques: Arboledas de Luis Barragán, los dos que están enfrente de la parroquia, el Parque de las Estrellas y el parque del arroyo que corre paralelo a la calle Constelación. En términos arquitectónicos, Barragán construyó la iglesia de El Calvario, ahora muy desfigurada; la glorieta y pila del cruce de Arcos y Niños Héroes, devastada de árboles y pavimentos la glorieta y muy mal “restaurada” la pila; la capilla abierta del Parque de las Estrellas, reciente y meritoriamente restaurada por encargo del Ayuntamiento por los arquitectos Sergio Ortiz Jimenez, Juan López Vergara Newton y Estefanía Álvarez Cruz. (Pero es indispensable que, durante el día, la capilla abierta esté abierta, y que a la pila del extremo de Mariano Otero la mantengan funcionando correctamente -la pastilla de cloro cuesta como 15 pesos).

Otra obra arquitectónica de Barragán desaparecida es el vivero. Los conceptos y trazos de las arboledas y de los parques frente a la parroquia han sido desfigurados y es necesario corregirlos, igual que los del parque del arroyo. Es preciso recuperar todo el arbolado de todo el fraccionamiento.

Y la obra quizá más importante. La plaza (con circulación de coches incluida) que es el ingreso al barrio: la que va de las vías de avenida Inglaterra hasta pasar, por Arcos, la glorieta de la pila de Niños Héroes. Este espacio no era una calle, era una plaza, cosa que nunca fue comprendida ni por las autoridades ni por los colonos. Tenía un pavimento de grandes cuadros de concreto enmarcados por listas de rajuela de piedra de castilla que subrayaba su intención urbanística y le daba unidad. Tenía al Pájaro de Goeritz como hito de acceso, pintado de anaranjado y no de amarillo (basta hacer calas para comprobarlo); y tenía un gran muro del mismo color anaranjado-rojizo corriendo paralelo a la vía del tren y delimitando al norte el desarrollo, abierto, por supuesto. El muro del lado oriente continuaba la cola del pájaro por decenas de metros. Por cierto que el ala del pájaro llegaba hasta el otro lado de lo que es hoy el arroyo de Arcos. La tacañería de los desarrolladores chilangos (el Banco Internacional Inmobiliario) redujo la escala del monumento arbitrariamente y así lo mutiló de origen.

Los terrenos que delimitaba el muro rojo, a lo largo de la avenida Inglaterra, fueron áreas verdes de donación. Luego de demoler el muro, desde los tempranos años sesenta, algunos funcionarios increíblemente les “regalaron” los terrenos a algunos particulares. Es el caso de una tienda de abarrotes grande, del colegio vecino, etcétera. Eran propiedad pública.

Los colonos de Jardines del Bosque son organizados, activos y bravos. Ya han logrado avances en la recuperación de su patrimonio, que es el de toda la ciudad. Falta integrar un paquete documentado de todo lo que falta y gestionar su paulatina restauración. El muro rojo puede ser la siguiente pieza: sería un éxito clamoroso si se repusiera, junto con la rehabilitación de la plaza-calle de Arcos y la corrección de la “restauración” de la pila de la glorieta conforme a la intención de Luis Barragán. No es simplemente un asunto vecinal, es un patrimonio tapatío, nacional y mundial. Los colonos de Jardines del Bosque tienen la primera palabra.

jpalomar@informador.com.mx

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