Hablemos de borregos
El uso del término borregos para referirse a los Eurodiputados, por parte del presidente López Obrador, generó enorme revuelo por lo poco diplomático y visceral de una respuesta presidencial. Bien pudo haber puesto, por ejemplo, “los diputados han votado de manera inercial” o cualquier otra fórmula menos confrontativa, para eso existen diplomáticos. Pero no, el presidente se asesoró de su coach de comunicación social, Jesús Ramírez Cuevas, un manejador de redes sin experiencia en política internacional y experto en polarización.
No habían pasado 24 horas de este reclamo cuando los gobernadores emanados de Morena y sus satélites salieron, como borregos, a defender al presidente, presentándose pomposamente como políticos con una larga tradición en defensa de las libertades, particularmente la libertad de expresión (todo recordamos, por ejemplo, al incansable luchador social Cuauhtémoc Blanco exigiendo su derecho irrenunciable a mofarse del adversario, golpear a su mujer y coscorronear a sus críticos). Si el desplegado de las gobernadoras y los gobernadores morenistas -que puedo apostar que más de uno lo firmó sin leer- hubiese aparecido en los setenta, a nadie le hubiera extrañado: la cargada y el borreguismo eran intrínsecos al sistema del partido único y al presidente plenipotenciario.
Más allá del descalabro diplomático, uno más a la cuenta, el problema de fondo es que refleja a un presidente visceral que gobierna cada vez más solo. El gobierno es él y sus ayudantes, no hay gabinete ni colaboradores que lo contengan, nadie que le diga “No”. Aislado en la burbuja de Palacio, alimentado por el servilismo de quienes lo rodean, el presidente sufre, como lo han sufrido sus antecesores, de ceguera de poder.
Uno de los efectos más perversos del presidencialismo plenipotenciario, ese que decide incluso quién quiere que sea su sucesor, es que los allegados viven más preocupados por congraciarse con el jefe, de ser los beneficiarios de su mirada y convertirse en el ungido como sucesor, que en ejercer el cargo que se les ha conferido. Nadie quiere molestar al líder, todos adivinan su pensamiento, pero sobre todo nadie puede, ni quiere, contradecirlo.
La escena de la cargada del fin de semana, un tanto simpática de tan patética, tenderá a incrementarse hacia el fin del sexenio. Sin un partido que lo contenga ni una oposición, ni interna o externa, que le exija, el presidente será más propenso, por la simple deformación de la realidad que genera el poder, a la autocracia, la intolerancia y la confrontación.
La soledad del poder y el borreguismo son una pésima combinación que sólo auguran malas decisiones.