No somos iguales
No somos iguales, algunos malaleche dirán que es el mantra más repetido en las mañaneras. Sí, una y otra vez he dicho que mi familia y mi Gobierno son de otra pasta moral, que eso es lo que nos distingue de los que gobernaron antes, de los corruptos, de los hipócritas que no tenían valores, de los que asignaban todo el presupuesto sin licitar. No, no, perdón, borren esto último: en eso sí somos iguales, pero por las razones correctas.
No me cambien de tema. Les decía, nosotros no somos iguales.
Inauguramos el Tren Maya, esa portentosa obra pública pagada con dinero de los mexicanos y que terminará costando el doble de lo presupuestado, tal como sucedió con la Línea 3 del Tren Eléctrico de Guadalajara y que se construyó en tiempos de los iguales. Coincidencias de la vida y la obra pública. Ellos se robaron el dinero; nosotros simplemente no sabemos cómo explicarlo. A la inauguración no invitamos al pueblo, que ya tendrá tiempo para subirse al tren cuando esté terminado. Tampoco a los periodistas, por chismosos, criticones y traidores. Ya sé que no aplauden, pero yo no lo voy a repetir, porque esa frase ya la dijo el más reciente de los iguales. En el tren íbamos sólo los poderosos: militares, gobernadores, funcionarios, empresarios, dueños de medios de comunicación. Nadie más. Los otros, los hipócritas conservadores, habrían invitado a uno que otro que no fuera de las élites para disimular. Nosotros no disimulamos, porque no somos iguales.
Si un funcionario decide casarse y dar una fiesta digna de las mejores manifestaciones de poder será expulsado del paraíso. César Yáñez y Santiago Nieto salieron del gabinete por gastarse su dinero en hacer una fiesta como las de los otros. Ambos fueron acusados de ser iguales, de no predicar con el ejemplo el evangelio obradorista: en verdad en verdad os digo que con un par de zapatos basta; no seáis aspiracionistas, lo importante no es lo material, ni las marcas. Sólo los que no somos iguales, los que pertenecemos al núcleo de poder y la familia presidencial tenemos derecho a las fiestas extravagantes, vestidos, zapatos y cinturones de marca (no me hablen de buen gusto porque en gustos se rompen géneros y se parten madres, así que no me cuquen). Ya les había dicho que la señora al parecer tiene dinero y ella sí puede gastárselo como quiera, porque está casada con uno de los que no son iguales. Nomás no pregunten de dónde, porque en Pemex ya acabamos con la corrupción (y con la producción ahí vamos, no nos la hemos acabado, pero casi. No se puede hacer todo en seis años).
No, no somos iguales. Cualquier parecido con los anteriores es mera coincidencia, son sólo aires de familia, la familia revolucionaria, la familia del poder que aunque se vita de rojo, azul, verde naranja o guinda lleva consigo el gen del poderoso.
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