2023, ¿qué nos espera?
Los años nuevos suelen venir cargados de esperanzas. Nada más humano y al mismo tiempo nada más irracional: el devenir no se inmuta con el calendario ni las torpezas que hayamos cometido en los últimos meses se borrarán a golpe de uvas, sean enteras tragadas una a una a toda velocidad o en caldo fermentado o destilado. En el año que comienza cosecharemos lo sembrado: estabilidad macroeconómica junto con posible inestabilidad política, con las consecuencias que ello puede traer para la economía.
Nadie tiene duda que el momento de México es inmejorable a causa del famoso nearshoring, la cercanía que tenemos con el mercado más grande del mundo y que por razones geopolíticas y de logística nos convierten en el candidato ideal para la reubicación de empresas maquiladoras y productoras de bienes de consumo. La estabilidad macroeconómica y un manejo de las finanzas públicas sumamente ortodoxo y hasta ahora disciplinado, hacen también pensar en un buen año para la economía mexicana. La inversión extranjera directa quizá no se reflejará en el crecimiento en este año, pero sí dejará las bases para años venideros.
El nubarrón que puede ahuyentar o posponer decisiones de inversión es político. La inseguridad y la batalla por el INE y sus consecuencias en la democracia mexicana están atravesadas por una visión política que puede desalentar la economía y el desarrollo del país. El nombramiento ayer de la ministra Norma Lucía Piña como presidenta de la Corte es sin duda una buena señal en cuanto a la independencia del Poder Judicial y por lo mismo hace pensar que algunas de las reformas electorales, aprobadas sin ver por los diputados y avaladas con algunos parches los senadores, no pasarán el corte constitucional. Los momentos de alto riesgo político serán el nombramiento de consejeros electorales en el primer trimestre, las elecciones de Estado de México y Coahuila en el segundo y el destape de las corcholatas en el tercero.
Si el nombramiento de los consejeros se hace sin consenso, si las elecciones, particularmente la del Estado de México, pueden convertirse en elecciones de Estado, con la mano del Presidente, gobernadores y funcionarios morenistas metidas hasta el fondo, y si los precandidatos de Morena, las corcholatas, se minan los unos a los otros, como de hecho está sucediendo, podemos tener un escenario político muy adverso para el desarrollo del país. Todo ello aderezado con un problema de seguridad que no da visos de ceder ante los abrazos del Presidente.
El 2023 tiene todo para ser un buen año, si nuestra clase política, del Presidente para abajo pasando por líderes de las cámaras, la Corte, el partido gobernante y los partidos de oposición son capaces de levantar la mirada un poco más allá del 2024.
diego.petersen@informador.com.mx