Ideas

Diario de un espectador

Atmosféricas. Del pasado donde siempre sucede, ah Borges, llega una lluvia de este otoño friolento. Toda la noche fue achurada por las gotas persistentes y perfectamente verticales: las ventanas siguen abiertas al universal relente. El patio de la pérgola amanece brillante de agua, sus rojos emiten destellos desconocidos. La calle lleva una calmosa corriente que habrá, en un tiempo exacto, de llegar al río de San Juan de Dios, a la Barranca de Oblatos, al Río Grande de Santiago, al océano Pacífico; y luego probablemente a las costas de Borneo, de Mauritania, de las Islas Seychelles, donde solía habitar una princesa. Cosa de poner sobre la corriente callejera una mínima botella al mar…

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Expedición al pasado, incursión en un futuro conjetural y arriesgado. Ruinas, arquerías rotas, estanques desecados, portones derruidos, fantasmas que vagan por el patio y hacen enigmáticos guiños mientras desaparecen por quicios rajados. Pero subsiste, victoriosa, la capilla del Sagrado Corazón. Luego ver las luminosas sillas de palma de San Sebastián, seguir a Zapotlán, cumplir la escala en el mero portal para llegar a la tienda de las Arreolitas, internarse entre los devastados cerros devorados por las caleras, y al fin, los cañaverales maravillosos que ahora, tristemente,dejan el campo en favor de los aguacates de la codicia del “oro verde”. Y la otra casa, sacada en la imaginación del mismo Brideshead, con su invariable y larga entereza, su ingenio derrotado, los espectros de sus dos chacuacos derrumbados, la espadaña de otra capilla incólume, el zaguán amarillo, los corredores ligeros. El mirador de la bugambilia y el tequila, las risas de las muchachas, la reparadora y estupenda comida ranchera. Nada, vislumbres de lo que ha sido, columbramiento de lo que habrá de venir. El río Cobianes, el mismo y el nunca igual, fluye por la memoria.

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J’ai beaucoup aimé cette vie: Jean D’Ormesson. Uno de los escritores más queridos y longevos deFrancia se murió hace unos días. Jean D’O, como muchos de quienes lo tenían en sus afectos lo conocían cariñosamente, fue un gran personaje, y un prominente hombre de letras. “He querido mucho a esta vida”, una de sus últimas declaraciones, puede resumir su transcurso vital y existencial. Gran amante de las artes, la amistad y la conversación, era entre los franceses una figura pública. Era también un conspicuo y caballeroso “homme à femmes”, muy a la antigua y (en afortunadas veces) a la actual manera. Pocos libros pueden transmitir una sosegada joie de vivre como su Au plaisir de Dieu. El título es elocuente. También lo es el de otra obra: Voyez comme on danse. Se regresa a ellos –y a otros- una y otra vez. Sus títulos, cada uno, es todo un programa, sus resonancias son de una extraña belleza. Van dos, de grata memoria: C'est une chose étrange à la fin que le monde; de estas solas palabras se deriva la esencia de la obra: un reconocimiento de la extrañeza y la maravilla del mundo. O Un jour je m'en irai sans en avoir tout dit, una risueña aceptación del tránsito mortal, un recuento de su trayecto y sus gozos y sombras. Irse sin poder haberlo dicho todo. Vamos a extrañar a Jean D’O, como se extraña a los amigos ausentes, no pordesconocidos en persona menos necesarios a través de una literatura fascinante y siempre liviana.

La importancia de la ceremonia. Las honras fúnebres que el Estado francés, a través de su presidente, rindió al escritor fueron de una belleza (y la palabra es exacta) ejemplar. Elegancia absoluta, sordina que subrayaba la pompa y la circunstancia, sobriedad republicana que no puede evitar el panache heredado de siglos. Los inmortales de la Academia francesa au grand complet, algunos con su peculiar y vistoso uniforme. Los expresidentes (y Carla Bruni, esplendente en el duelo), el gabinete, la familia. El discurso de Macron fue impecable, aun brillante. Ciertamente dijo cosas memorables. La infinita diferencia de un jefe de gobierno que bien sabe leer y escribir. Las bandas militares interpretaron con limpidez a Mozart y a Fauré -parecía. El presidente depositó sobre el féretro, cubierto con la bandera tricolor y posado sobre el mismo suelo del espléndido patio de los Inválidos, el único objeto que D’Ormesson pidió que sobre sus restos reposara durante la ceremonia: un lápiz. Ni una cursilería, ni una figureta, ningún aplauso trivial, cero prensa. Una verdadera lección de civilización que nomás los necios serán capaces dedesdeñar: el de una ceremonia que exalta y conmemora, que hace visible para todos la trascendencia de la vida de un hombre que supo, a través de la literatura, engrandecer a su país,dejar un patrimonio para la humanidad por medio de sus letras y su transcurso vital.

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Es un tópico usual entre la bienpensantía desdeñar las ceremonias y las solemnidades. Ser informal y “antisolemne” pasa por ser buena onda. Cuestión, quizá, de conocimiento y reflexión. La ceremonia sirve para poner un acento, un énfasis, a lo extraordinario, a lo muchas veces inefable; es lo que marca una indispensable diferenciación de los actos y los días. Es una comunión, un reconocimiento de que algo más alto une a la comunidad. Y la solemnidad, cuando lo es de a de veras, sea ésta simple o suntuosa, levanta el espíritu y lo hace comprender circunstancias excepcionales, darle dignidad y recogimiento a la vida. Ceremonia y solemnidad, como en el viejo Instituto de Ciencias: Solemne proclamación de premios y dignidades…, se comenzaba, mientras el colegio entero, colmando el patio, veía desfilar primero a la escolta, y luego a la sucesión de brigadieres y ediles, rematada por el nombramiento del Príncipe del Colegio. Sí, así eran las ceremonias jesuitas hace apenas cuarenta años. Ahora priva un talante cuachalote, “fresco y divertido”, que vuelve a días y años un mazacote continuo de trivialidad, deun “espíritu” en que todo da más o menos lo mismo, rematado con patéticas y tumultuarias francachelas de graduación, si acaso.

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Lección de jardinería y de arquitectura mozárabe y mediterránea, y de muchas cosas. Es el célebre poema de José Zorrilla, Oriental, recitado alguna vez en los colegios. Ahora medio olvidado, regresa aquí por el puro placer del texto, por su música extraordinaria, por su trasfondo de caballerosidad, llano romanticismo y épica. Va, completo:

Corriendo van por la vega
a las puertas de Granada
hasta cuarenta gomeles
y el capitán que los manda.
 Al entrar en la ciudad,
parando su yegua blanca,
le dijo éste a una mujer
que entre sus brazos lloraba: 
 
“Enjuga el llanto, cristiana
no me atormentes así,
que tengo yo, mi sultana,
un nuevo Edén para ti.

 
Tengo un palacio en Granada,
tengo jardines y flores,
tengo una fuente dorada
con más de cien surtidores,
y en la vega del Genil
tengo parda fortaleza,
que será reina entre mil
cuando encierre tu belleza.
Y sobre toda una orilla
extiendo mi señorío;
ni en Córdoba ni en Sevilla
hay un parque como el mío.
Allí la altiva palmera
y el encendido granado,
junto a la frondosa higuera,
cubren el valle y collado.
Allí el robusto nogal,
allí el nópalo amarillo,
allí el sombrío moral
crecen al pie del castillo.
Y olmos tengo en mi alameda
que hasta el cielo se levantan
y en redes de plata y seda
tengo pájaros que cantan.


Y tú mi sultana eres,
que desiertos mis salones
están, mi harén sin mujeres,
mis oídos sin canciones.
Yo te daré terciopelos
y perfumes orientales;
de Grecia te traeré velos
y de cachemira chales.
Y te daré blancas plumas
para que adornes tu frente,
más blanca que las espumas
de nuestros mares de Oriente.
Y perlas para el cabello,
y baños para el calor,
y collares para el cuello;
para los labios…¡amor!


“¿Qué me valen tus riquezas
-respondióle la cristiana-,
si me quitas a mi padre,
mis amigos y mis damas?
Vuélveme, vuélveme, moro
a mi padre y a mi patria,
que mis torres de León
valen más que tu Granada”

 Escuchóla en paz el moro,
y manoseando su barba,
dijo como quien medita,
en la mejilla una lágrima:

“Si tus castillos mejores
que nuestros jardines son,
y son más bellas tus flores,
por ser tuyas, en León,
y tú diste tus amores
a alguno de tus guerreros,
hurí del Edén, no llores;
vete con tus caballeros” 

Y dándole su caballo
y la mitad de su guardia,
el capitán de los moros
volvió en silencio la espalda.

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