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Actitud ante la Muerte

Todavía no nos reponemos del impacto causado por la tragedia que ha consternado a México, donde fallecieron tantas y tantas personas, unas conocidas, otras anónimas y ya entramos a un mes donde se nos recuerda de lleno la realidad de la muerte.

Ahora más que nunca, es necesario tomar conciencia de que la muerte como meta y término de un camino, es una realidad insoslayable. Cuando hemos cumplido aquello que Dios nos pide, o lo que nos ha dado como vocación, tenemos la oportunidad de pasar a su Reino prometido a formar parte de su familia con la multitud de los Santos que recordamos el día 1º.

También celebraremos enseguida –el día2- la fiesta de los que ya se han ido dedicando altares, visitando sus tumbas, llevando flores y hacienco oraciones…

Todo esto es importante, para que las nuevas generaciones afimen sus vivencias en las tradiciones familiares y aprendan a caminar por senderos de excelencia apoyándose en valores sólidos, no en fantasías o supersticiones que a menudo son humo vacío o simplemente ecos de una publicidad desaforada que nos vende lo que no necesitamos..

Por eso La fiesta de los difuntos debería decir más a nuestro corazón ya que la fe nos invita a recordar a nuestros seres queridos como personas que pasaron a

la otra vida y que viven la en la plenitud que Cristo Jesús nos ha prometido.

* * *

Lo que hoy tenemos que reflexionar en serio es que lo verdaderamente grave es la muerte causada por la violencia. Este es el verdadero mal que nos aqueja y contra el cual debemos esforzarnos por erradicarla de nuestra cultura. Primero desterrarla de nuestro corazón, y progresivamente de nuestras palabras y actitudes.

Ya hemos visto y demostrado que somo un pueblo de raíz generosa y noble, de buenos sentimientos y capaces de mucha generosidad y amor sincero.

Por eso en nuestra familia, en nuestros ambientes más cercanos y en la sociedad en que nos ha tocado vivir, tendríamos que esforzarnos por desterrar toda violencia hasta que esto pueda permear todo nuestro mundo.

Es cierto que la violencia entró muy pronto en nuestro mundo, casi contemporáneamente con el pecado. Pero también es cierto que hemos crecido, hemos avanzado, hemos aprendido mucho y todo el progreso y la civilización adjunta, deberían ser capaces de hacernos comprender cuál es la verdadera grandeza humana al estilo de lo que Cristo Jesús nos enseñó.

Pero luego hay momentos en los cuales retrocedemos hasta llegar a los niveles más bajos de envilecimiento que ya no pueden ni siquiera llamarse humanos.

Todas las lágrimas lloradas en estos días de desastre son pocas comparadas con las que se necesitan para llorar una muerte violenta.

Pidamos a Dios que nos ayude a entender que nadie puede agrtedir y matar a otro ser humano sin desagradar a Dios: el único dueño y Señor de la Vida.

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