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- “¡Que se baje...!”

“¡Que se baje, que se baje…!”, exigían, a grito pelado, desentendidos de las consabidas recomendaciones -usar cubre-bocas, guardar la sana distancia…-, decenas, quizá cientos de ciudadanos, el lunes, en Xalapa. No los animaba precisamente, al parecer, la intención de estrecharle la mano, ni de manifestarle su gratitud por los beneficios de los programas sociales, ni, mucho menos, de externarle su plena adhesión a los sabios preceptos de su flamante decálogo, que volvió obsoleto al milenario que Moisés recibió de manos de Dios en el Monte Sinaí. Intentaban, según las notas periodísticas alusivas al suceso, compartirle el dolor y la preocupación de un grupo de familiares de personas desaparecidas, porque los esfuerzos por encontrarlas, vivas o muertas, han sido estériles. Ni siquiera expresiones como “¡A la mamá del ‘Chapo’ sí la atiendes; a nosotros no!”, consiguieron indignar o conmover al aludido, cuyo vehículo continuó deslizándose entre la gente, imperturbable ante los gritos, con los vidrios subidos… Al día siguiente -ayer-, en su acostumbrada perorata, ofreció disculpas, dijo lamentar lo sucedido, explicó que “por la sana distancia no puedo exponerme ni exponerlos a ellos”, y advirtió que, dadas las circunstancias que son del dominio público, “no voy a poder tener comunicación directa con los ciudadanos” hasta nuevo aviso.

-II-

Bien. Enterados. Es lo pertinente. Se toma nota…

Lo cual no obsta, sin embargo, para preguntar qué sentido, qué utilidad práctica tienen las giras presidenciales -reanudadas la semana pasada-, con todo el despliegue logístico y mediático que requieren, si no habrá contacto directo, diálogo, planteamiento de inquietudes colectivas o incluso problemas personales, entre gobernados y gobernante.

-III-

En el fondo, bien vistas las cosas, aun si hubiera habido el diálogo que se le solicitaba, lo más probable es que el mismo hubiera sido vano. Se les habría escuchado, probablemente; se habría tomado nota de sus peticiones; se habría turnado la correspondiente solicitud a la dependencia Fulana o al funcionario Zutano para hurgar en archivos, remover expedientes, desempolvar carpetas arrumbadas, y notificar a los demandantes, con todo comedimiento, con la cortesía a que está obligado el servidor público con respecto al ciudadano, que las pesquisas continúan; que hay avances en las mismas; que no se ha cerrado ninguna línea de investigación; que oportunamente se les notificará en cuanto haya algo concreto… aunque por ahora, como en el desenlace de la fabulilla de El Parto de los Montes, “después de tanto ruido, haya solo viento”
 

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