Vivir sin atajos a los cuarenta
“Sobriedad, me estás matando”, ópera prima de Raúl Campos, reúne a Octavio Hinojosa, Alfonso Borbolla y Maya Zapata en una comedia negra que aborda la adicción desde la incomodidad y el humor ácido
En “Sobriedad, me estás matando”, la risa nunca es cómoda. Es una risa que raspa, que se atora en la garganta, que llega justo cuando el espectador preferiría apartar la mirada. Para Raúl Campos, director de la película, y para el guionista Félix de Valdivia, esa incomodidad es el territorio natural de la comedia negra: el lugar donde el humor deja de ser evasión y se convierte en una forma de mirar de frente lo que duele.
La cinta, ópera prima de Campos en el largometraje, sigue a “Raffi”, un hombre que ronda los cuarenta años y que ha pasado casi dos décadas entrando y saliendo de centros de rehabilitación. Cuando es expulsado de su última clínica y su madre lo corre de casa, se ve obligado a refugiarse con “Trino”, su único amigo. La noticia de que “Inés”, el amor platónico de la preparatoria, está divorciada funciona como un disparador: tal vez aún haya tiempo de “arreglar” la vida, de desintoxicarse, de conseguir un trabajo, de volverse alguien digno de ser amado, aunque eso implique enfrentarse al horror de una existencia ordinaria.
Para Raúl Campos, director de la cinta, debutar con esta historia no fue casual. “Estoy muy contento de poder iniciar esta carrera como director de cine con una comedia negra, porque es el tono de comedia que Félix y yo hemos venido trabajando en la última década con distintos proyectos”, explica en entrevista para EL INFORMADOR. Y subraya que la película es, ante todo, el resultado de un trabajo colectivo: “Conté con un equipo y con una calidad de cómplices creativos de ensueño. Desde haber podido coescribir esta película con Félix y con Octavio, el protagonista, hasta poder sumar talentos, actores, actrices, productores, director de fotografía… armar un equipo tan sólido y colaborativo es una maravilla. Es una experiencia muy disfrutable esta primera película, y más teniendo la oportunidad de hablar con libertad en un tono y de un tema del que casi no se habla en el cine mexicano”.
Ese tema central de la película, las adicciones, atraviesa de manera silenciosa a casi todas las familias. El guionista Félix de Valdivia lo dice sin rodeos: más que recurrir a un drama devastador, la comedia negra fue el punto de partida ideal para darle forma a este proyecto. “Siempre tenemos a un amigo, un pariente o nosotros mismos que pasamos por ese camino”, dice el escritor. “Es un tema tan común, pero tan incómodo y poco hablado, que la comedia negra es el vehículo perfecto para abordarlo. Para hacerlo sin tapujos, sin lástimas, sin falsas emociones frente al problema, sino con crudeza y usando el humor como una forma de empatizar con esos humanos que, por más difíciles de querer que sean, tienen una razón para haber llegado a donde están”.
El terror de una vida cotidiana
Más allá del tema explícito de las adicciones, la película dialoga con un malestar generacional: la sensación de haber quedado a medio camino entre la promesa de una existencia excepcional y la realidad de una adultez precaria, emocionalmente inestable, atravesada por la comparación constante y la autoexigencia. “Raffi” no solo huye de la sobriedad química, sino de la sobriedad existencial: de esa vida sin anestesia, sin atajos, sin la ilusión de que algo espectacular vendrá a salvarlo.
La decisión central del guion fue no quedarse en el síntoma. “Las adicciones son solo el efecto, no son la causa. Para nosotros era muy importante atacar la causa, preguntarnos por qué la gente llega a ese punto”, explica el director. “Nadie quiere estar en un problema de adicción; están en un remolino del que no pueden salir. Eso vale la pena abordarlo y provocar conversación”. De ahí que la película no trate de clínicas, recaídas o protocolos médicos; tampoco busca aleccionar, sino mostrar el vacío que precede a todo eso: el miedo a enfrentar la vida sin anestesia.
La comedia negra, en ese sentido, funciona como bisturí. “Cuando tenemos un tema sensible, nos gusta encontrar dónde está la falla humana que sí tiene que ver con la voluntad del personaje”, señala De Valdivia. “Hay cosas que están fuera de tu control, como dónde naces, pero hay conductas que sí están dentro. Cómo le respondes a tu mamá, a tu amigo, a la persona que dices amar. Ahí es donde metemos el cuchillo y decimos: este tipo está siendo un idiota, hay que exponerlo, hay que burlarnos de esa parte de su conducta. No para humillarlo, sino para mostrar la falla”.
Lo gratificante de crear un personaje “difícil”
“Raffi” fue construido, deliberadamente, como un personaje difícil de querer. Campos y De Valdivia decidieron ir en contra de la lógica televisiva que exige empatía inmediata. “El reto era crear a alguien que al principio te costara trabajo soportar, y ver si al final podías decir: incluso este tipo tan odioso me importa. Queríamos tomar el camino opuesto: ¿cómo lo hacemos más antipático?, ¿cómo lo llevamos al límite?”. La apuesta era ética y narrativa: si el espectador lograba reconocer algo propio en ese hombre patético, entonces la película habría tocado una fibra real.
Detrás del conflicto individual aparece una lectura generacional. “Raffi” no solo huye de la sobriedad química, sino de la sobriedad vital. Le aterra una vida sin épica, sin excepcionalidad. “Parece que hoy una vida que no es extraordinaria no tiene valor”, dice Campos. “Y la película es una apuesta por volver a enamorarnos de las cosas más simples: la amistad, la familia, los vínculos. Más allá de esta presión por construir vidas envidiables todo el tiempo”.
De Valdivia lleva la reflexión más lejos y la conecta con una ansiedad contemporánea: “Todos compartimos ese deseo de vivir una vida extraordinaria que te vende Instagram cada segundo, y la frustración de no tenerla. Hay un filósofo que dice que la depresión es la enfermedad de los narcisistas, porque estás triste pensando que deberías estar en otro lugar, en otra vida mejor. ‘Raffi’ es, para nosotros, una mezcla de nuestros defectos, de nuestros miedos, de ese narcisismo patológico que estamos viviendo. Por eso es importante mostrarlo como patético, decirlo con todas sus letras. La alternativa es no reconocer el error”.
En esa mezcla de humor, incomodidad y melancolía, “Sobriedad, me estás matando” construye un retrato íntimo de la fragilidad masculina y de la dificultad de crecer cuando el mundo promete grandeza permanente.
Un estreno imperdible
Filmada en locaciones de la Ciudad de México, con un elenco que cruza generaciones y registros, la película observa a sus personajes sin absolverlos y sin condenarlos, con una cámara que acompaña más de lo que juzga.
La película llegará a salas de México este 29 de enero. No ofrece moralejas ni redenciones fáciles.
Lo que propone, en palabras e imágenes, es algo más riesgoso: mirar de frente el remolino, reírse de él y aceptar que, a veces, la verdadera prueba no es dejar la adicción, sino aprender a vivir sin el disfraz de una vida extraordinaria.
CT