Sin máscaras: Lila Downs canta lo que otros callan
La cantante reivindica la canción como un acto de verdad frente a la violencia, la migración y las identidades fragmentadas
Para Lila Downs, subirse a un escenario nunca ha sido un acto neutral. En su caso, cantar implica una toma de postura. No solo artística, sino ética.
Desde sus primeras presentaciones, la intérprete entendió que la música podía ser algo más que un refugio emocional: un espacio para nombrar lo que incomoda.
“Siempre el foro musical es para mí una expresión del alma, de lo que uno está pasando como individuo, pero también es importante el contexto. Desde que empecé fui aprendiendo que intuía cosas de mi sociedad, de mi cultura, de la situación política que se está viviendo, y decidí no tratar de enmascararlo”, explica Lila Downs en una charla con EL INFORMADOR.
“Porque existe ese lado de la música que pretende decir: ‘Todo está bien y todo va a estar bien’. Y sí, está bien darse esas palmaditas. Pero en la música que yo hago también es necesaria la convicción, entender quién soy yo; en general, quiénes somos las personas, por qué estamos aquí, hacia dónde vamos, quién queremos ser”, agrega.
Esa convicción ha definido su trayectoria. En su obra, la violencia, la migración, el colonialismo o la discriminación no aparecen como consignas, sino como capas de una memoria viva. Su música funciona como un archivo emocional donde lo personal y lo colectivo se entrelazan.
Hija de madre mixteca y padre estadounidense, su identidad es también un territorio en disputa: una mezcla de privilegio, contradicción y resistencia.
“Yo tuve un contexto cultural muy afortunado porque tengo tres culturas importantes que influyen en mí, y hasta más, porque ser méxico-americana es otra forma de existir en la que no siempre se nos legitima. Entonces, cuando yo canto desde esa perspectiva, todavía estoy aguerrida”, explica.
“A veces me siento no vista. Afortunadamente, en mi identidad indígena como mujer mixteca ya existe un espacio donde se puede dialogar más. Quizá no está completamente aceptado, pero sí es un espacio de conversación, y eso es muy importante”.
Cantar lo que incomoda
Esa necesidad de diálogo se refleja con claridad en su trabajo más reciente. Lejos de los temas habituales de la música popular, Downs ha decidido mirar hacia lo cotidiano: aquello que rara vez se canta.
“Una de las canciones de mi nuevo disco es ‘El jardín del placer’, que habla de la basura. Aquí vivimos una situación complicada; estuvimos un mes sin que levantaran la basura y fuimos conscientes de la cantidad que generamos. Ahí empezamos a separarla y a darnos cuenta de esa obligación que todos tenemos. Tengo un amigo activista que me dice: ‘Lila, no hay basura, lo que hay es flojera’. Y tiene razón. Él hace arte a través de la basura. Es un tema importante”.
A ese universo se suman otros temas igual de concretos: las plantas endémicas, los saberes locales, la pesca tradicional.
“Otro tema es sobre las plantas endémicas de México y América, como el pochote o la ceiba sagrada. Y otra canción es sobre la pesca, sobre el arilete, una especie endémica de atún de mi región, donde crecí en parte, en Puerto Ángel y Zipolite”.
En su propuesta, lo cotidiano adquiere una dimensión política: lo que se nombra existe, y lo que se canta permanece.
La tradición como materia viva
Pero su trabajo no solo mira hacia el presente. También dialoga con el pasado. La tradición, para Downs, no es un objeto estático, sino una herramienta viva que se transforma con cada interpretación.
“Con el son jarocho o la música afro-oaxaqueña que heredamos, como la chilena costeña, hay una poesía que alude a nuestra realidad. Me parece importante reinterpretarla porque a veces no es música muy conocida ni siquiera a nivel estatal. Hablar de la chilena costeña hace que la gente esté más consciente de que existe en nosotros esa raíz afromestiza”.
“Luego está la canción vernácula mexicana, las canciones de José Alfredo Jiménez, de Cuco Sánchez. Vale la pena reinterpretarlas porque nos hablan de nuestra identidad. Si venimos de algo tan fuerte, tan campesino, tan rural, eso habla de algo interno en nosotros”.
En ese ejercicio, la música se convierte en un puente entre generaciones, pero también en una forma de resistencia cultural.
Más allá del escenario
El compromiso de Lila Downs no termina en la música. A lo largo de su carrera, ha acompañado causas vinculadas a la migración, los derechos de los pueblos originarios y la justicia social. Una postura que, reconoce, tiene raíces personales.
“Me convertí en una gran defensora de los artesanos y artesanas que no eran tomados tan en cuenta; ahora creo que ya hemos revitalizado esa visión”, comparte.
Abrirse paso en ese camino tampoco ha sido sencillo. La industria musical -históricamente dominada por hombres- le ha exigido negociar constantemente su voz.
“Es más difícil hablar para algunas mujeres. Tenemos que mesurar a veces nuestros mensajes; lo lindo de ahora es que estamos en otro momento en el que podemos ser francas y honestas. Es una decisión en la que tú dices: ‘de ahora en adelante voy a hablar la verdad’, y eso cuesta porque luego algunos te dan la espalda”.
Esa decisión de hablar -aun con el costo que implica- atraviesa toda su obra.
Entre la curiosidad y el estereotipo
Cuando esa música cruza fronteras, la conversación cambia. En el extranjero, la recepción de lo mexicano oscila entre el interés genuino y la simplificación.
“Se abrió mucho con Peso Pluma. Hay un romanticismo histórico con la vida clandestina en la música. Pero también están nuestros elementos simbólicos, lo espiritual, lo milenario de nuestros ancestros. Es una oportunidad para tomar el micrófono desde muchas expresiones de México”.
“¿Cómo lo perciben afuera? Hay de todo. En Francia sentí que nos veían como algo exótico, y eso no me encantó. En Alemania pensaban que solo hablamos de la muerte. La muerte es importante, pero no siempre. Ir rompiendo esos estereotipos nos toca a cada músico desde su poesía”, finaliza.
CT