Ethel Krauze o el arte de nombrar lo innombrable
La escritora presenta su novela “El terror de las puertas”, donde la curiosidad infantil se enfrenta al peso de los secretos familiares
En su nueva novela, “El terror de las puertas”, la escritora mexicana EthelKrauze deja que la narrativa se escurra a ese territorio complejo de la literatura que es la intimidad familiar. A través de la mirada de una niña que comienza a descubrir el mundo adulto, la autora construye un relato de iniciación donde los secretos, los silencios y las tensiones domésticas revelan tanto como lo que se dice abiertamente. La casa de todos los días se convierte en un escenario lleno de umbrales simbólicos: puertas que se abren, puertas que se cierran y puertas que, una vez cruzadas, no permiten volver jamás al punto de partida. La puerta abierta es, como todo conocimiento, un poco de alumbramiento y otro más de dolor.
La historia se sitúa en el México de los años sesenta, un periodo que para muchas familias representó una transición profunda entre el orden social de la posguerra y las transformaciones culturales que marcarían a toda una generación. Mientras la protagonista observa los cambios en su casa -las tensiones entre sus padres, las decisiones de sus hermanos, los gestos y silencios de los adultos-, el país también atraviesa un momento de agitación que culminaría en la represión del movimiento estudiantil de 1968.
En la novela, sin embargo, esos acontecimientos no se narran de forma directa. La autora prefiere seguir la lógica de la memoria infantil: fragmentaria, llena de intuiciones certeras como dardos -ella lo sabe todo- pero también de preguntas que nadie responde. Esa elección narrativa permite que la tensión se construya desde lo implícito.
Se adentra en la chispa creativa
En entrevista con EL INFORMADOR, Krauze explica que el origen de la novela no fue un plan estructural ni una idea preconcebida, sino la aparición de una voz que marcó el ritmo del relato.
“Esta es una novela que surgió de una manera tan fascinante como espontánea. Incluso el título me surgió de inmediato; no lo pensé. No está previamente diseñada. La propia voz de la protagonista fue guiando todo. Yo solo seguí su voz, me monté en su voz y la seguí”, asegura la escritora. “Ella me fue guiando en el camino de esta apertura de puertas y rápidamente entendí que el sentido de las puertas era simbólico. También era físico, pero sobre todo simbólico. Tenía que ver con el crecimiento, con la pérdida de la inocencia, pero también con el profundo cambio que se dio en los años sesenta en nuestro país -y en el mundo en general-. Hablando de nuestro país, ahí lo podemos ver reflejado”.
La metáfora de las puertas recorre todo el libro. Avanzar en sus páginas es ir abriendo cada una junto con la protagonista. Algunas son concretas -las habitaciones de la casa, los espacios que cada miembro de la familia intenta proteger-, pero otras pertenecen al ámbito del cuerpo, del lenguaje o de la conciencia. Cada puerta marca una transición: la infancia que se pierde, el descubrimiento del deseo, el primer contacto con las contradicciones de los adultos.
Sin embargo, el elemento que sostiene la tensión del relato es el silencio. Todo aquello que no se dice y cuyo peso enturbia el aire. Las palabras fantasmas que habitan los espacios. En la casa de la protagonista se insinúan conflictos, traiciones y miedos, pero casi nunca se nombran de forma explícita. El terror, sugiere la novela, no está en lo que ocurre sino en aquello que permanece oculto.
Para Krauze, esa dimensión del silencio está profundamente ligada a la experiencia social de las mujeres. “Además de que yo misma soy mujer, he trabajado mucho con mujeres dando talleres. Entre las cosas de las que me doy cuenta está la enorme cantidad de silencios en los que hemos vivido las mujeres. Se nos ha considerado guardianas de los secretos de la familia. Nosotras no solo cuidamos a los niños o a los enfermos, también cuidamos la sobrevivencia de la casa y los honores”, comparte la autora. “Cuando decimos que vamos a cuidar nuestro honor, en realidad no es el nuestro: es el de la gente que nos rodea, el de la familia. Entonces estamos acostumbradas a leer los silencios. Y siempre es mucho más temible lo que no se dice y lo que no se nombra que lo que francamente se expresa. En la novela se trata precisamente de eso: de todo lo que no se dice”.
Esa lógica también se refleja en una decisión formal significativa: salvo la abuela, ningún personaje tiene nombre. La autora opta por esa ausencia para permitir que el lector proyecte su propia experiencia dentro del relato.
“Me fui dando cuenta de algo interesante: los personajes no tienen nombre propio, salvo la abuela. Porque la abuela es verdaderamente el eje. Las abuelas siempre han sido consideradas como la maceta que está ahí en la casa, la abuelita detrás del delantal que hace la comida. Pero en realidad tienen un papel fundamental. La abuela es la que resuelve. Al final empuja a todos a vivir su propia libertad. Por eso es la única que tiene nombre. El terror se muestra a través de lo que no se dice. Es una regla de implícitos. Cuando llegó el momento de ponerle nombres a los personajes pensé: ‘No les puedo poner’. Cada lector tiene que ponerse su propio nombre, leerse allí”.
El terror -y la verdad- de escribir
Dentro de la novela, otro elemento clave es el cuaderno de tapas negras de la protagonista. En él, la niña comienza a escribir aquello que no puede decir en voz alta: lo que le gustaría ser. Lo que le gustaría que le dijeran. Lo que le gustaría que fuera la vida. Ese gesto íntimo introduce una reflexión sobre el acto mismo de escribir. Para Krauze, la literatura es uno de los pocos espacios donde la verdad personal puede aparecer sin filtros.
“Es el único espacio donde no puedes mentir. Uno puede hacer ficción, pero ficción no es lo mismo que mentira. En la vida cotidiana uno se la pasa diciendo mentiras. Si vemos para qué se utiliza el lenguaje hoy día en la sociedad, muchas veces es para ocultar”, asegura.
“El lenguaje político es un ejemplo claro: nadie dice lo que piensa. Pero tampoco en el lenguaje social solemos decir lo que pensamos. El único lugar donde eso ocurre es en esa intimidad donde estás tú contigo. Cuando necesitas escribir es porque necesitas ser congruente contigo mismo. Necesitas que lo que piensas y sientes sea también algo que digas y de lo cual dejes testimonio, aunque sea para ti en un cuaderno cerrado. Eso da miedo porque ahí tienes que enfrentarte a ti mismo. Pero al mismo tiempo es fascinante: es un miedo fascinante”.
La autora también rechaza la idea de que escribir sobre la vida familiar implique necesariamente una traición.
“No creo que sea traicionar; creo que es al revés. Todo el mundo está ávido de decir lo que siente y lo que piensa. Nos han educado a guardar secretos. Pero basta rascar un poco para que cualquier persona quiera ser escuchada. Si no hay nadie que escuche, entonces aparece la escritura. Las familias que dicen que ‘la ropa sucia se lava en casa’ en realidad están tratando de ocultarla. Pero escribir no es traicionar: es honrar lo que la familia verdaderamente desea. La gente quiere ser libre, y no se puede ser libre con secretos y silencios. Siempre debe haber alguien que vaya adelante abriendo brecha, y esa es la persona que escribe”.
Aunque la novela no es autobiográfica, Krauze reconoce que el contexto generacional que retrata está muy cercano a su propia experiencia.
“Obviamente me tocó vivir esa franja de los años sesenta, más o menos a esa edad. La novela está inspirada en la infancia y adolescencia de muchas de nosotras. Nos tocó vivir cómo el mundo fuera de la casa iba cambiando: la revolución sexual, la llegada de la píldora, las minifaldas, los movimientos estudiantiles”, recuerda Krauze.
“Tanto las mujeres como los jóvenes comenzaron a darse cuenta de que eran sujetos sociales. El joven ya no era solo un adulto en ciernes, y la mujer ya no era solamente el objeto sexual del hombre. Todo eso está ocurriendo afuera mientras dentro de la casa las estructuras familiares también cambian”.
Durante el proceso de escritura, la autora experimentó también un retorno a su propia memoria creativa. “Me conecté profundamente con la voz de la chica. La seguí, la seguí y me enamoré de esa mirada curiosa, de esa capacidad de metaforizar, de entrar al mundo con las palabras. Me recordó a la chica que yo era, a los diarios que escribía a mano. Volví a mis cuadernos y a escribir con letra manuscrita, la letra Palmer. Algo del espíritu de esa jovencita escritora de trece años se me contagió”, finalizó.
Con “El terror de las puertas”, Krauze ofrece una novela que explora el momento en que la infancia se fractura y la conciencia comienza a abrirse paso entre silencios. En ese tránsito, las puertas que aparecen a lo largo del relato no solo marcan espacios físicos dentro de la casa, sino también los límites invisibles entre lo que una familia calla y aquello que, tarde o temprano, termina por decirse.
CT