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¡Viva Las Vegas!
And I´m feeling, that tonight's gonna be a good night (x2)…, Black Eyed Peas.
GUADALAJARA, JALISCO.-Es pleno medio día, las pieles ya se perciben cobrizas, las faldas muy recortadas ondean por la calle. Ellas, libres, y en grupos recorren cerveza en mano, cigarrillo en el otro, y el blackberry en la cadera, el extensísimo boulevard llamado precisamente Las Vegas Boulevard.
Los turistas hombres, solteros y casados, en parvadas de cinco a diez, con bermudas tenis y playeras portando algún logo de moda se han dispuesto a vivir la ciudad.
Pasan las horas, el cielo se vuelve opaco y los destellos de la vida nocturna se abren como capullos luminosos. Todo se vuelve luz en plena noche. A estas horas entre los recién llegados y los ya bronceados, los ríos de cerveza son más caudalosos.
Todos deambulan sin rumbo fijo (así pareciera) jóvenes de todas partes de Estados Unidos, pasean familias con carreolas, germanos, parejas amorosas, afroamericanos con collares ostentosos, amigos en busca de diversión, estudiantes ardientes, ancianos viajeros, spring breakers, mujeres, adinerados, mujeres, mochileros… y más mujeres.
Mil olores en el ambiente
Por las mañanas al aire libre durante mi estancia en Las Vegas, los vientos traían consigo un marcado olor a carne de hamburguesa, en ocasiones era permanente, y no importa dónde esté uno, siempre habrá un olor a algo.
En el lobby de los hoteles se percibe un dulce olor a vainilla, fresa, chocolate y Channel, en las albercas a cloro y cerveza, dentro de los espectáculos a palomitas y pretzels; en los lugares de apuestas a lavanda y sudor; En los Seven Eleven a bronceador de coco y humedad, todo ello según el tipo de giro del establecimiento.
Desde lo alto de un edificio se puede ver, me atrevo a decir, a miles de turistas, que entretejen una extensa alfombra humana. Siempre en movimiento, expandiéndose en las zonas holgadas como estacionamientos y banquetones y luego comprimiéndose al grado de llegar a hacer una larga y tardada fila en pasos estrechos como en las esquinas donde construyen nuevos hoteles.
En general la gente se ve pequeñísima ante los imponentes hoteles-casino que se encuentran distribuidos a lo largo y ancho del boulevard más atractivo de Las Vegas.
“Ha de medir como 15 kilómetros de longitud”, me aseguró Vicente, mientras me hacía una cara como de asustado, al mismo tiempo que agitaba el brazo de manera exagerada para saludar a unos “pollos” como él suele llamar a las mujeres. Habíamos llegado al fin a la gran ciudad. Originario del DF, este viejo lobo de mar en las cuestiones de vuelos (y todo lo que tenga que ver con salir de la propia redacción) fue mi compañero obligado en un viaje precisamente para reporteros, él y otros siete más de distintas nacionalidades.
El punto era conocer la ciudad de Las Vegas y hablar de ello en nuestros distintos medios.
Cuando lo vi por segunda ocasión el mismo día que llegamos al hotel ya traía un en la mano un preparado de licores en un utensilio con forma de Torre Eiffel. Además traía puesta una ridícula gorra del hotel Excalibur. Pensé en lo rápido que se había aclimatado al lugar.
En el avión de Guadalajara- Las Vegas, Vicente se la pasó hablándome todo el tiempo de las virtudes de la gran Ciudad del Pecado, me dijo, ya saben, lo que se hace en Las Vegas se queda en Las Vegas, mientras cantaba alegre; Vivaaaaa las Vegas de Elvis Presley. Gracias a Dios me dieron un avión sin escalas.
“Waterwandola”
Con doble capa de bloqueador del 50 untado en todo el cuerpo, nos dimos a la tarea de recorrer todo el boulevard. Ahí vimos de todo; desde los que se paran horas para esperar el espectáculo gratuito que ofrecen algunos hoteles en sus exteriores, hasta algunos sin hogar que pedían dinero para sus necesidades básicas; me sorprendió que uno de ellos trajera un cartón colgado del cuello con las palabras Why lie?, I need a beer (porque mentir, necesito una cerveza).
El verano hace estragos en Nevada debido al intenso calor. A las 12:00 horas del segundo día, el sol caía a plomo, las aceras estaban a punto de retorcerse, las ropas de los paseantes, ligeras, casi transparentes, se pegaban sus cuerpos por el sudor.
En los puentes de la ciudad se oía a lo lejos y de vez en vez unos gritos, histéricos “¡¡waterwandola!!,¡¡ waterwandola!!… llévela bien fría”. Pensé que se trataba de una marca de agua embotellada. Efectivamente era agua a la venta, de forma clandestina, ofertada con un inglés masticado. Se trataba de tres latinos que aullaban a todo pulmón water one dollar (agua por un dólar). La marca no la recuerdo y no muchos le compraron su producto.
“Hot girls”
Más adelante unos jóvenes trataban de entregar enormes cantidades de publicidad a los turistas, eran tarjetas de presentación con una foto de una dama y un teléfono, algo así como 555-1212- HOTGIRL. En esta publicidad se ofrecía sexo con una mujer por sólo 35 dólares. Cuando me animé a tomar una de estas tantas cartitas un hombre se me acercó y me aseguró que los 35 sólo eran para cubrir los gastos del taxi.
Esa noche con el grupo de reporteros fui a visitar diversos espectáculos nocturnos y algunos backstages para hacerles entrevistas y tomarles fotos a los artistas. Ahí me enteré que los americanos en general y sobre todo los empresarios aman a Elvis.
En cualquier rincón de la ciudad se pueden encontrar placas firmadas por el originario de Tupelo, fotos de su boda en Las Vegas, bufandas autografiadas, mechones de su copete con certificado de autenticidad entre otras.
Vicente no pudo asistir a ese evento debido a su grado de alcoholismo, pero como loco me acordé toda la noche de la canción de Elvis que taladró durante largo tiempo mi cerebro en el avión.
Al día siguiente muy temprano y ya repuesto, Vicente, quien hacía las veces de mi traductor, y yo, salimos del hotel para toparnos nuevamente con el Strip de Las Vegas, caminamos, entre poca gente aún, y a unos pasos a las afueras del hotel MGM hallamos en el concreto el Paseo de la Fama. Esas estrellas de bronce o de algún metal dorado que sirven para perpetrar la fama de personalidades latinas como Verónica Castro, El Chapo de Sinaloa, José José y hasta Tatiana. En el tiempo que estuve en el lugar sólo vi una adolescente tomarse una foto con su celular al lado de la estrella del Conjunto Primavera.
Luego pasamos por un lugar donde un policía hablaba con otro policía, la escena me llamó la atención debido a que uno de ellos era un agente armado perteneciente a La Guerra de las Galaxias que pedía propinas a cambio de fotos para el recuerdo. El segundo sólo se dedicaba a caminar tranquilamente por la acera.
Un Elvis Presley de origen mexicano, y el capitán Jack Sparrow también se encargaban de pedir propinas a los paseantes, pero en la acera de enfrente.
El ultimo día aposté en una maquina tragamonedas y gané 15 dólares que luego invertí en un disco, claro, de Elvis en Las Vegas. Pensé en aprenderme alguna canción para gritársela en la oreja a Vicente a nuestro regreso.
Saúl Núñez Cortés
Los turistas hombres, solteros y casados, en parvadas de cinco a diez, con bermudas tenis y playeras portando algún logo de moda se han dispuesto a vivir la ciudad.
Pasan las horas, el cielo se vuelve opaco y los destellos de la vida nocturna se abren como capullos luminosos. Todo se vuelve luz en plena noche. A estas horas entre los recién llegados y los ya bronceados, los ríos de cerveza son más caudalosos.
Todos deambulan sin rumbo fijo (así pareciera) jóvenes de todas partes de Estados Unidos, pasean familias con carreolas, germanos, parejas amorosas, afroamericanos con collares ostentosos, amigos en busca de diversión, estudiantes ardientes, ancianos viajeros, spring breakers, mujeres, adinerados, mujeres, mochileros… y más mujeres.
Mil olores en el ambiente
Por las mañanas al aire libre durante mi estancia en Las Vegas, los vientos traían consigo un marcado olor a carne de hamburguesa, en ocasiones era permanente, y no importa dónde esté uno, siempre habrá un olor a algo.
En el lobby de los hoteles se percibe un dulce olor a vainilla, fresa, chocolate y Channel, en las albercas a cloro y cerveza, dentro de los espectáculos a palomitas y pretzels; en los lugares de apuestas a lavanda y sudor; En los Seven Eleven a bronceador de coco y humedad, todo ello según el tipo de giro del establecimiento.
Desde lo alto de un edificio se puede ver, me atrevo a decir, a miles de turistas, que entretejen una extensa alfombra humana. Siempre en movimiento, expandiéndose en las zonas holgadas como estacionamientos y banquetones y luego comprimiéndose al grado de llegar a hacer una larga y tardada fila en pasos estrechos como en las esquinas donde construyen nuevos hoteles.
En general la gente se ve pequeñísima ante los imponentes hoteles-casino que se encuentran distribuidos a lo largo y ancho del boulevard más atractivo de Las Vegas.
“Ha de medir como 15 kilómetros de longitud”, me aseguró Vicente, mientras me hacía una cara como de asustado, al mismo tiempo que agitaba el brazo de manera exagerada para saludar a unos “pollos” como él suele llamar a las mujeres. Habíamos llegado al fin a la gran ciudad. Originario del DF, este viejo lobo de mar en las cuestiones de vuelos (y todo lo que tenga que ver con salir de la propia redacción) fue mi compañero obligado en un viaje precisamente para reporteros, él y otros siete más de distintas nacionalidades.
El punto era conocer la ciudad de Las Vegas y hablar de ello en nuestros distintos medios.
Cuando lo vi por segunda ocasión el mismo día que llegamos al hotel ya traía un en la mano un preparado de licores en un utensilio con forma de Torre Eiffel. Además traía puesta una ridícula gorra del hotel Excalibur. Pensé en lo rápido que se había aclimatado al lugar.
En el avión de Guadalajara- Las Vegas, Vicente se la pasó hablándome todo el tiempo de las virtudes de la gran Ciudad del Pecado, me dijo, ya saben, lo que se hace en Las Vegas se queda en Las Vegas, mientras cantaba alegre; Vivaaaaa las Vegas de Elvis Presley. Gracias a Dios me dieron un avión sin escalas.
“Waterwandola”
Con doble capa de bloqueador del 50 untado en todo el cuerpo, nos dimos a la tarea de recorrer todo el boulevard. Ahí vimos de todo; desde los que se paran horas para esperar el espectáculo gratuito que ofrecen algunos hoteles en sus exteriores, hasta algunos sin hogar que pedían dinero para sus necesidades básicas; me sorprendió que uno de ellos trajera un cartón colgado del cuello con las palabras Why lie?, I need a beer (porque mentir, necesito una cerveza).
El verano hace estragos en Nevada debido al intenso calor. A las 12:00 horas del segundo día, el sol caía a plomo, las aceras estaban a punto de retorcerse, las ropas de los paseantes, ligeras, casi transparentes, se pegaban sus cuerpos por el sudor.
En los puentes de la ciudad se oía a lo lejos y de vez en vez unos gritos, histéricos “¡¡waterwandola!!,¡¡ waterwandola!!… llévela bien fría”. Pensé que se trataba de una marca de agua embotellada. Efectivamente era agua a la venta, de forma clandestina, ofertada con un inglés masticado. Se trataba de tres latinos que aullaban a todo pulmón water one dollar (agua por un dólar). La marca no la recuerdo y no muchos le compraron su producto.
“Hot girls”
Más adelante unos jóvenes trataban de entregar enormes cantidades de publicidad a los turistas, eran tarjetas de presentación con una foto de una dama y un teléfono, algo así como 555-1212- HOTGIRL. En esta publicidad se ofrecía sexo con una mujer por sólo 35 dólares. Cuando me animé a tomar una de estas tantas cartitas un hombre se me acercó y me aseguró que los 35 sólo eran para cubrir los gastos del taxi.
Esa noche con el grupo de reporteros fui a visitar diversos espectáculos nocturnos y algunos backstages para hacerles entrevistas y tomarles fotos a los artistas. Ahí me enteré que los americanos en general y sobre todo los empresarios aman a Elvis.
En cualquier rincón de la ciudad se pueden encontrar placas firmadas por el originario de Tupelo, fotos de su boda en Las Vegas, bufandas autografiadas, mechones de su copete con certificado de autenticidad entre otras.
Vicente no pudo asistir a ese evento debido a su grado de alcoholismo, pero como loco me acordé toda la noche de la canción de Elvis que taladró durante largo tiempo mi cerebro en el avión.
Al día siguiente muy temprano y ya repuesto, Vicente, quien hacía las veces de mi traductor, y yo, salimos del hotel para toparnos nuevamente con el Strip de Las Vegas, caminamos, entre poca gente aún, y a unos pasos a las afueras del hotel MGM hallamos en el concreto el Paseo de la Fama. Esas estrellas de bronce o de algún metal dorado que sirven para perpetrar la fama de personalidades latinas como Verónica Castro, El Chapo de Sinaloa, José José y hasta Tatiana. En el tiempo que estuve en el lugar sólo vi una adolescente tomarse una foto con su celular al lado de la estrella del Conjunto Primavera.
Luego pasamos por un lugar donde un policía hablaba con otro policía, la escena me llamó la atención debido a que uno de ellos era un agente armado perteneciente a La Guerra de las Galaxias que pedía propinas a cambio de fotos para el recuerdo. El segundo sólo se dedicaba a caminar tranquilamente por la acera.
Un Elvis Presley de origen mexicano, y el capitán Jack Sparrow también se encargaban de pedir propinas a los paseantes, pero en la acera de enfrente.
El ultimo día aposté en una maquina tragamonedas y gané 15 dólares que luego invertí en un disco, claro, de Elvis en Las Vegas. Pensé en aprenderme alguna canción para gritársela en la oreja a Vicente a nuestro regreso.
Saúl Núñez Cortés