Suplementos
Vida presente y vida futura
Jesús fue muy claro y enfático cuando enseñó que después de esta vida sólo queda la eternidad
Los saduceos eran un grupo religioso de los tiempos de Jesús que negaba la resurrección, y que con frecuencia debatían con los fariseos respecto a ese tema. Dentro de los argumentos que presentaban, consideraban lo difícil que sería conciliar la vida presente y la futura, tomando como referencia los hechos presentes; por ejemplo en el caso de las personas que se hubieran casado varias veces en esta vida, y que debían escoger con quien vivir en la otra vida. Puesto que este tema era muy difícil de contestar, gustaban de platear este acertijo en sus debates.
Cuando los saduceos percibieron que Jesús enseñaba acerca de la resurrección y una vida futura, decidieron atraparlo con el problema de un caso en el que una persona había tenido varios matrimonios, para confundirlo y así ponerlo en evidencia.
Esperaron el momento oportuno, y entonces le preguntaron su opinión sobre una mujer que se casó y enviudó sin tener hijos, razón por la cual, de acuerdo a la ley de Moisés, debía tomar como esposo a un hermano de su marido, para poder tener descendencia a nombre del primero. La mujer en cuestión no sólo enviudó del primer marido, sino que sucedió lo mismo con siete hermanos seguidos, y al final murió la mujer. Esto significó que en vida, y de acuerdo con la ley, la mujer tuvo siete esposos diferentes, cada uno con los mismos derechos legales sobre ella; entonces, de acuerdo a la suposición de que en la otra vida se repetirían los patrones de vida que llevamos en la actual, la pregunta era: ¿de quién de los siete hermanos sería la mujer, ya que todos la tuvieron por esposa?
La respuesta de Jesús no sólo resolvió el debate con los saduceos, sino que arrojó mucha luz sobre el futuro de la humanidad. ¿Qué es lo que Jesús enseñó?
En primer lugar, que sólo hay dos vidas: la presente y la eternidad. Contrario a lo que algunos piensan, los humanos no vivimos una serie de ciclos o reencarnaciones, a través de las cuales podemos mejorar nuestra condición de acuerdo a nuestro comportamiento; si así fuera, entonces Dios no habría enviado a su Hijo a salvarnos, sino que lo habría enviado para “mejorarnos”, para que en la siguiente vida nuestro estado fuera un poco mejor que el anterior.
Jesús fue muy claro y enfático cuando enseñó que después de esta vida sólo queda la eternidad, la cual pasaremos en el cielo o en el infierno, sin ninguna posibilidad de hacer cambios al respecto en el más allá.
En segundo lugar, Jesús enseñó que la vida en la eternidad no estará regida por las relaciones y valores humanos, tales como el matrimonio, la riqueza, la fama o las relaciones con gente importante. Todos, absolutamente todos los seres humanos, daremos cuentas personalmente ante Dios, sin ningún otro elemento atenuante o favorecedor, excepto nuestra fe en su hijo Jesús. Todas las descripciones que la Biblia hace del cielo muestran a un Rey que gobierna desde su trono, y en donde todos, absolutamente todos, viven para adorarlo y servirle. Nada hay tan falso como la idea de que en el cielo vaya a existir una especie de “colonia de humanos”, en donde vayamos a vivir con una especie de independencia de Dios, manteniendo nuestros intereses personales.
En tercer lugar, Jesús enseñó que la obra de Dios comienza en esta tierra y continúa en su presencia. Cuando Jesús afirmó que al presentarse Dios como el “Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob”, quería decir que es Dios de vivos y no de muertos; también daba a entender que la obra y la relación que comenzó con Abraham y sus descendientes (lo cual sucedió en la tierra), sigue vigente y activa en este momento, pero allá en el cielo, donde Dios habita. La muerte terrenal no termina esta relación, y lo mismo sucederá con los creyentes en la obra de salvación de Jesús.
Ángel Flores Rivero
iglefamiliar@hotmail.com
Cuando los saduceos percibieron que Jesús enseñaba acerca de la resurrección y una vida futura, decidieron atraparlo con el problema de un caso en el que una persona había tenido varios matrimonios, para confundirlo y así ponerlo en evidencia.
Esperaron el momento oportuno, y entonces le preguntaron su opinión sobre una mujer que se casó y enviudó sin tener hijos, razón por la cual, de acuerdo a la ley de Moisés, debía tomar como esposo a un hermano de su marido, para poder tener descendencia a nombre del primero. La mujer en cuestión no sólo enviudó del primer marido, sino que sucedió lo mismo con siete hermanos seguidos, y al final murió la mujer. Esto significó que en vida, y de acuerdo con la ley, la mujer tuvo siete esposos diferentes, cada uno con los mismos derechos legales sobre ella; entonces, de acuerdo a la suposición de que en la otra vida se repetirían los patrones de vida que llevamos en la actual, la pregunta era: ¿de quién de los siete hermanos sería la mujer, ya que todos la tuvieron por esposa?
La respuesta de Jesús no sólo resolvió el debate con los saduceos, sino que arrojó mucha luz sobre el futuro de la humanidad. ¿Qué es lo que Jesús enseñó?
En primer lugar, que sólo hay dos vidas: la presente y la eternidad. Contrario a lo que algunos piensan, los humanos no vivimos una serie de ciclos o reencarnaciones, a través de las cuales podemos mejorar nuestra condición de acuerdo a nuestro comportamiento; si así fuera, entonces Dios no habría enviado a su Hijo a salvarnos, sino que lo habría enviado para “mejorarnos”, para que en la siguiente vida nuestro estado fuera un poco mejor que el anterior.
Jesús fue muy claro y enfático cuando enseñó que después de esta vida sólo queda la eternidad, la cual pasaremos en el cielo o en el infierno, sin ninguna posibilidad de hacer cambios al respecto en el más allá.
En segundo lugar, Jesús enseñó que la vida en la eternidad no estará regida por las relaciones y valores humanos, tales como el matrimonio, la riqueza, la fama o las relaciones con gente importante. Todos, absolutamente todos los seres humanos, daremos cuentas personalmente ante Dios, sin ningún otro elemento atenuante o favorecedor, excepto nuestra fe en su hijo Jesús. Todas las descripciones que la Biblia hace del cielo muestran a un Rey que gobierna desde su trono, y en donde todos, absolutamente todos, viven para adorarlo y servirle. Nada hay tan falso como la idea de que en el cielo vaya a existir una especie de “colonia de humanos”, en donde vayamos a vivir con una especie de independencia de Dios, manteniendo nuestros intereses personales.
En tercer lugar, Jesús enseñó que la obra de Dios comienza en esta tierra y continúa en su presencia. Cuando Jesús afirmó que al presentarse Dios como el “Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob”, quería decir que es Dios de vivos y no de muertos; también daba a entender que la obra y la relación que comenzó con Abraham y sus descendientes (lo cual sucedió en la tierra), sigue vigente y activa en este momento, pero allá en el cielo, donde Dios habita. La muerte terrenal no termina esta relación, y lo mismo sucederá con los creyentes en la obra de salvación de Jesús.
Ángel Flores Rivero
iglefamiliar@hotmail.com