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Vida contemplative
Me encuentro lejos de la ciudad, en una vieja y misteriosa casona de gruesos muros cubiertos de pátina
Me encuentro lejos de la ciudad, en una vieja y misteriosa casona de gruesos muros cubiertos de pátina, y amplios corredores que limitan un hermoso patio central. Aquí, en este apartado rincón rodeado de naturaleza, es más fácil sentir el paso de las estaciones; hoy ha entrado el otoño.
Afuera es un verdadero agasajo, las flores del temporal de múltiples tonalidades, cubren los campos, los pintan, y caminar entre los mirasoles es hundirse en una fantasía de aromas y colores.
Los árboles irán perdiendo sus hojas lentamente hasta quedarse desnudos, pasarán de los tonos verdes a los ocres y amarillos y un suave colchón se formará sobre la tierra.
En Guadalajara es difícil percibir estas transformaciones, nuestro tímido otoño no tiene la espectacularidad de otras latitudes, pero hay sin duda algo especial que se nota de una manera sutil, en la luminosidad, en el clima...
Buscando en ciertos lugares es posible disfrutar de esta atmósfera otoñal, sobre todo en aquellos sitios en donde predominan las jacarandas y los fresnos, cuyo follaje adopta la coloración de la temporada y nos ofrece el bello espectáculo de sus hojas flotando en su trayecto descendente.
Para apreciarlo en su plenitud, convendrá pasear por algunas calles de la colonia Americana, o por determinados parques de la zona Poniente, o tal vez por el Campus del ITESO, que nos transporta a otros parajes.
Mientras tanto se acortan los días, la noche crece, se desempolva el suéter y el cobertor; las madrugadas suelen ser frescas. Hasta el estado de ánimo puede variar, con el inminente horario de invierno se acabarán las tardes soleadas y calurosas y la temprana obscuridad quizá provoque cierta melancolía.
Se acerca el fin del año, otro más que se nos va; no hay plazo que no se cumpla. La vida es sueño, ya lo dijo el gran Calderón de la Barca hace casi cuatro siglos, así que a soñar en grande, despegar las alas y volar por todo lo alto, para desde ahí ver al mundo girar sin descanso, siempre cambiante y majestuoso.
texto y foto: alejandro gonzález gortázar
Afuera es un verdadero agasajo, las flores del temporal de múltiples tonalidades, cubren los campos, los pintan, y caminar entre los mirasoles es hundirse en una fantasía de aromas y colores.
Los árboles irán perdiendo sus hojas lentamente hasta quedarse desnudos, pasarán de los tonos verdes a los ocres y amarillos y un suave colchón se formará sobre la tierra.
En Guadalajara es difícil percibir estas transformaciones, nuestro tímido otoño no tiene la espectacularidad de otras latitudes, pero hay sin duda algo especial que se nota de una manera sutil, en la luminosidad, en el clima...
Buscando en ciertos lugares es posible disfrutar de esta atmósfera otoñal, sobre todo en aquellos sitios en donde predominan las jacarandas y los fresnos, cuyo follaje adopta la coloración de la temporada y nos ofrece el bello espectáculo de sus hojas flotando en su trayecto descendente.
Para apreciarlo en su plenitud, convendrá pasear por algunas calles de la colonia Americana, o por determinados parques de la zona Poniente, o tal vez por el Campus del ITESO, que nos transporta a otros parajes.
Mientras tanto se acortan los días, la noche crece, se desempolva el suéter y el cobertor; las madrugadas suelen ser frescas. Hasta el estado de ánimo puede variar, con el inminente horario de invierno se acabarán las tardes soleadas y calurosas y la temprana obscuridad quizá provoque cierta melancolía.
Se acerca el fin del año, otro más que se nos va; no hay plazo que no se cumpla. La vida es sueño, ya lo dijo el gran Calderón de la Barca hace casi cuatro siglos, así que a soñar en grande, despegar las alas y volar por todo lo alto, para desde ahí ver al mundo girar sin descanso, siempre cambiante y majestuoso.
texto y foto: alejandro gonzález gortázar